“El único y su propiedad”, de Max Stirner

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 Por Layla Martínez.

Edición de “El único y su propiedad” de Valdemar

Max Stirner nunca existió. Ese nombre es solo el seudónimo de un personaje gris y tenebroso del que únicamente sabemos que cada noche bebía durante horas antes de salir a deambular por un Berlín que estaba a punto de ser incendiado por el levantamiento de 1848. Su trayecto no parecía tener otra guía que las fuerzas oscuras que laten debajo del suelo de todas las grandes ciudades, pero, de alguna manera, esas fuerzas acababan empujándole cada noche a la puerta de la pensión en la que vivía. No dormía muchas horas, pero eran suficientes para aguantar el anodino trabajo con el que se ganaba la vida, un puesto de profesor en un colegio para señoritas de clase alta. A los treinta y cinco años, cuando consigue el trabajo como profesor, ya había enterrado a su mujer, a su hijo y a su madre, que había arrastrado problemas mentales durante toda su vida. Todo lo demás que sabemos de Stirner son solo hilos sueltos, notas a pie de página de escritos que nunca existieron, citas que él nunca dijo, referencias en los cuadernos de notas de otros autores. Como aquella noche en algún momento de 1841, cuando un insolente Engels de apenas veintiún años le miró desde el otro lado de la mesa donde solían reunirse e improvisó unos versos en sus libreta: “Mirad a Stirner, miradlo, el tranquilo enemigo de toda coacción. Por el momento bebe todavía cerveza, pronto beberá sangre como si fuera agua”. 

 

“El único y su propiedad” como libro filosófico

La obra más importante de Stirner, “El único y su propiedad”, puede ser entendido como un ensayo filosófico. A lo largo del libro, Stirner desarrolla una crítica demoledora de todas las instituciones, a las que considera meras formas de sometimiento del individuo. El individuo es lo único que existe: todo lo demás son solo formas de dominación de unos sujetos sobre otros. Esta dominación no solo se ejerce a través de instituciones como el Estado o la religión, sino también a través de ideas supuestamente emancipadoras como la libertad, la verdad o la justicia. A Stirner no le interesa el cambio social, no tiene ningún sentido sustituir unas formas de dominación por otras. Lo que le interesa es la demolición de toda idea de sociedad. No es un revolucionario. Es un francotirador. 

El individualismo extremo de Stirner le llevará a no reconocer ninguna forma de organización, ni siquiera las que tienen como objetivo un supuesto fin de la explotación de unos grupos sociales sobre otros, como pueden ser las asambleas de trabajadores o los partidos y sindicatos revolucionarios. Sin embargo, esto no quiere decir que el individualismo de Stirner sea complaciente con el sistema: la labor de demolición de todo lo existente que despliega en su obra hace también imposible toda forma de autoridad y de dominación. Su interés exclusivo por el individuo no es una excusa para promover la explotación económica, como sucede en el Liberalismo y el Neoliberalismo, sino una forma de dinamitar la sociedad en su conjunto, incluidas sus estructuras económicas. Ello hará que la obra de Stirner siente las bases del nihilismo y el anarquismo individualista, a las que influirá enormemente a pesar de que algunos de los autores más representativos de estas corrientes ni siquiera citen al alemán en sus obras. Posiblemente el caso más famoso fue el de Nietzsche, que afirmó haber leído a Stirner en algunas de sus cartas personales pero nunca reconoció la autoría de algunas de las ideas que plasmará en sus libros, como por ejemplo la muerte de Dios, que ya había sido proclamada por Stirner. “El único y su propiedad” será condenada a una existencia oscura y marginal, con una influencia que nadie querrá reconocer. Quizá porque nunca fue un libro. Quizá porque, en realidad, era una especie de artefacto. 

 

“El único y su propiedad” como artefacto

Max Stirner, 1841

Además de como un ensayo filosófico, “El único y su propiedad” puede ser entendido también como un artefacto político (1). Es decir, como un dispositivo que, a pesar de mostrarse con la forma de un libro, en realidad no busca ser leído, sino provocar unos determinados efectos. Si analizamos la obra, parece evidente que a Stirner no le preocuparon nunca sus posibles lectores. Su ensayo no busca exponer con claridad unas determinadas ideas, sino que éstas van apareciendo y desapareciendo a lo largo de toda la obra, la mayor parte de las veces de forma inconexa y sin una lógica aparente. Su prosa está muy alejada del tono habitual de los ensayos, especialmente de los ensayos de mediados del XIX, y no hay ninguna cita ni ninguna referencia a otro autor que le ayude a sostener sus argumentaciones. Incluso la propia extensión de la obra no depende de las necesidades de ésta: sus más de cuatrocientas páginas se deben a que, según la ley alemana de aquel momento, a partir de las trescientas cincuenta los censores no revisaban las obras. Pero además, si repasamos la historia del libro, la hipótesis de que en realidad se trata de un artefacto político cobra aún más fuerza. Numerosos pensadores -entre ellos Habermas- la han considerado el delirio de un psicópata, una especie de alucinación febril producida por la mente de un enfermo. Otros, como Marx, dijeron del libro que era la muestra de la putrefacción del “espíritu absoluto”, un “caput mortuum” en descomposición. Quizá de esa forma estos autores buscaban librarse de los efectos del artefacto, escapar a los posibles cambios y mutaciones experimentados tras su lectura. No tenemos la suficiente información sobre Stirner para saber cuáles eran los efectos que buscaba, si era consciente de que estaba construyendo un dispositivo o si el libro acabó mutando por si solo con el paso del tiempo. Sobre dichos efectos solo podemos elucubrar, elaborar teorías atroces acerca de la posibilidad de que Stirner fuese el primero en intuir que lo único que existe en realidad es la nada o que vivimos en un holograma.(2) También es posible que los efectos estén aún por llegar, que de momento solo se hayan producido a un nivel microscópico, generando mutaciones casi imperceptibles en la cadena genética de los lectores. Es posible que sus efectos solo puedan descubrirse después de haber leído el libro y después de dejar que sus palabras muten en nuestro interior. 

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(1) La teoría de los libros como artefactos políticos está tomada de una idea mencionada en “La facción caníbal” de Servando Rocha (La Felguera Editores, 2012)

(2) http://www.tendencias21.net/Nuevos-calculos-computacionales-apuntan-a-que-el-universo-es-un-holograma_a28475.html

 

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