La emocionante aventura de ‘El cojo de Inishmaan’

Por Horacio Otheguy Riveira

 

Gerardo Vera pone en escena —con talentosa mano invisible y magnífico reparto— una obra insólita que provoca risas nerviosas y emociones profundas.

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Irlanda, 1934. Una aldea al borde del mar. Un grupo de personajes entre sensibles, feroces y entrañables porque están llenos de capas que ocultan sus verdaderos sentimientos. El misterio les acompaña, o la sorna o el sarcasmo o la estupidez, girando alrededor del joven Billy que resiste los golpes, busca su salvación, su libertad y el amor que le redima:

 — No me digáis Billy el cojo, no os burléis de la desgracia ajena.

 — ¿Por qué no, si es divertido?

 — ¿Por qué no, si te llamas Billy, y eres cojo?

 Billy en una aldea irlandesa, un ángel en busca de afecto que cuando arroja piedras al mar ilumina su corazón y oímos perfectamente el vigoroso estallido de su rabia golpeando en las caudalosas olas. La vida como un canto amargo que se sobrelleva interpretando lo que no se es, entre mascaradas… sin posibilidad de escape. Una obra importante con apariencia de sainete irreverente, en el que hombres y mujeres bregan con el viento en contra de su tristeza legendaria.

Una tristeza legendaria con ropaje de comicidad

El gran teatro irlandés tiene una peculiaridad: sólo refleja los conflictos de sus clases bajas, de los trabajadores que se mantienen con lo mínimo y sobreviven entre sueños y miserias, entre ilusiones y terribles conflictos.

El autor de El cojo de Inishmaan, Martin McDonagh (1970), tiene varias obsesiones muy personales que desarrolla con un estilo excepcional: el absurdo de la vida cotidiana, la repetición morbosa de situaciones y palabras, la parodia del nacionalismo irlandés, y —sobre todo— la maldición de los padres terribles, algo que le une a otros grandes dramaturgos  compatriotas como Eugene O´Neill —estadounidense hijo de irlandeses—, Sean O´Casey, Brendan Behan, Samuel Beckett o Brien Friel: poetas del teatro en los que la lucha por sobrevivir siempre se mantiene al borde del abismo, en busca de algo que salve a la miserable humanidad de penurias ancestrales. 

 De McDonagh aplaudimos en Madrid dos versiones de una de sus obras mayores, La reina de belleza de Leenane (dirección de Mario Gas con la gran Vicky Peña y la madre de la actriz, memorable Montserrat Carulla; y otra con dirección de Álvaro Lavín con estupendas Gloria López y Maite Brik): duelo madre-hija y el amor que ronda y la libertad que llama a la puerta y un asesinato que todo lo resuelve entre risas negras, entre lágrimas incoloras.

 Esta vez, en torno al misterioso asunto de Billy, el joven huérfano contrahecho al que todos se turnan en proteger o despreciar, se desarrolla un drama atípico en el que se da el doble juego de un viaje interior y exterior de un muchacho desolado en busca de la aceptación social y sobre todo de una chica preciosa que se esfuerza por ser un marimacho especializado en una guerra abierta contra todo el mundo, especialmente contra los curas “que me tocan el culo”: mal hablada, grosera, implacable arroja-huevos sobre la cabeza de su hermano, y pega patadas en los genitales de los hombres. Es Helen, la bella criatura símbolo de un amor imposible que de pronto parece capaz de iluminar el mundo entero.

Me gusta más Poncio Pilatos que Jesús. Es que Jesús siempre me ha parecido un creído.

Sobresaliente reparto 

Mientras Billy se busca a sí mismo en el pasado (queriendo saber cómo fue el verdadero final de sus padres) y en el futuro, lleno de ansias, en el presente se ocupan de él dos hermanas que le adoptaron en cuanto le vieron bebé con un brazo muerto y un pie deforme. Dos mujeres de las que no sabemos más que una está a punto de resquebrajarse de tan sensible y amorosa (sublime Marisa Paredes expresando conmovedora fragilidad), y que la otra se aferra a la tierra con su cuerpo robusto y su humor a prueba de balas (Terele Pávez, tantos años sin verla en escena, cuando en este mismo escenario asumió al Don Juan de Zorrilla, ya viejo y final, y fue largamente ovacionada).

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Luego está el siniestro contador de noticias de pronto asombrosamente tierno y valiente (Enric Benavent en otra de sus muchas creaciones; interpretación cómica que cuando lanza su órdago emotivo nos deja taquicárdicos); el buen barquero que no tolerará una afrenta y reaccionará como un salvaje (Marcial Álvarez con el bravío talento de crear una participación breve con el nervio magistral de un gran protagonista).

También contamos con la anciana borrachuza que ha decidido no morir nunca (Teresa Lozano desbocada y milagrera con los brazos encendidos, la voz envolvente), el médico prudente, amante de su oficio, comprensivo y cariñoso (Ricardo Joven, con el formidable temple y la voz que siempre le acompañan; sin ir más lejos, admirable en la reciente versión de La loba); el joven tontorrón (acertado Adam Jezierski en una especie de bufón que recibe los golpes) y afeminado —“el cura no me ha tocado el culo, el culo no”— que humilla a Billy con perversa inocencia y es atropellado por la brutalidad de su propia hermana.

 Mención aparte para el difícil trabajo de Ferrán Vilajosana como Billy, auténtico alma pater de la función en busca de su propio destino, dispuesto a todo para ir más allá de lo posible y lo imposible. Y a su lado, la muy belicosa Helen, deseosa de que le permitan demostrar toda la ternura de la que es capaz (Irene Escolar impactante gamberra con irresistible encanto, después de su loable participación en funciones muy aplaudidas: Oleanna, De ratones y hombres y La chunga).

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Gerardo Vera, maestro-director

 Una función que ha de verse con el asombro y la conmoción propias de un texto superior. Eso sí, montado por Gerardo Vera con algo de enorme valor en estos tiempos: como si no estuviese. Tras larga y rica experiencia en representaciones de muy diverso signo, aquí ha encontrado la ocasión de aplicarse con la austeridad de un monje y el rigor de un estudioso severísimo.

 Bien apoyado en una espléndida traducción y versión de José Luis Collado —gran conocedor de estos ambientes y su peculiar lenguaje—, Vera montó una puesta en escena asombrosa de puro invisible: parece que no está presente en el discurrir tan poético de las palabras repetidas, las situaciones reiteradas, tan propias del teatro irlandés —con ecos de Samuel Beckett—, para dejar transcurrir los episodios que padecen estos personajes en la piel de estupendos actores. Una puesta en escena tan sencilla que parece ausente. Una puesta en escena tan magistral que se mueve entre bambalinas con la exquisita sencillez del director que recrea artesanalmente la voz del autor sin estridencias.

Y además el mar, violento, monótono, febril y esperanzado en videoescenas sutiles. El mar, una y otra vez proyectado sobre telones que nos recuerdan que estamos en el teatro, ese gran comunicador que nos abraza… cuando ya parece que no hay abrazo posible.

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El cojo de Inishmaan

 Autor: Martin McDonagh.

Traducción y versión: José Luis Collado.

 Dirección: Gerardo Vera.

 Intérpretes: Marisa Paredes, Terele Pavez, Enric Benavent, Ferran Vilajosana, Adam Jezierski, Irene Escolar, Marcial Álvarez, Ricardo Joven, Teresa Lozano.

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar.

Iluminación: Juan Gómez Cornejo.

Videoescena: Álvaro Luna.

 Música: Luis Delgado (con la colaboración de Garrett Wall).

Fotos: Javier Naval.

Lugares y fechas: Teatro Español. Sala principal. Del 18 de diciembre de 2013 al 26 de enero de 2014. Teatro Infanta Isabel, desde el 31 de enero al 20 de abril de 2014.

 

 

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