Vuelve Jesús Noguero en “Kafka enamorado”

Por Horacio Otheguy Riveira

 Una reposición esperada con un gran actor al servicio de un montaje sobrecogedor con reparto artístico y técnico que consolida una profunda peripecia poética.

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Franz Kafka nace en 1883 en la ciudad de Praga cuando pertenecía al imperio austrohúngaro —hoy capital de la República Checa, antes Checoslovaquia—, y muere en Kierling, Austria, 1924, a los 40 años, sacudido por la tuberculosis. Su periplo por la vida está cargado de conflictos interiores en un contexto de seguridad burguesa familiar. El amor y el deseo sexual son gozos de los que padece más que disfruta. Sus biografías dan cuenta de tormentos nunca resueltos, que él creía que se debían a una pasión enfermiza por la literatura, por una imperiosa necesidad de dedicarse en cuerpo y alma a escribir textos que a su vez nunca le satisfacían.

Y en esas que un amigo incondicional, perfectamente adaptado a la vida que le toca, Max Brod, le edita la obra que Kafka quiso quemar, y una mujer sumamente atractiva, Felice Brauer, deliciosamente entregada, comparte con él una correspondencia encendida y unos abrazos ilusionados… pero apenas consigue migajas de las emociones de Franz, abriendo fugaces senderos a través de su paralizante neurosis.

En este teatro especialmente sensible, urdido con mano firme por su autor, Luis Araújo, y el director José Pascual, se compagina una síntesis documental de poderosa riqueza teatral: la palabra viva, sucinta, milagrosa, en giros y sutilezas, los gestos adecuados, una medición estricta como una coreografía que en manos de profesionales tan admirables fluye con una naturalidad musical en un concierto de conmovedoras composiciones.

Da igual si el espectador conoce la obra y/o la biografía de Kafka: la maravilla escénica es muy completa, puede ser cualquiera, un transeúnte desconocido, el vagabundo aquel o uno mismo perdido en oscuridades y vendaval de preguntas y respuestas.

 Una tragedia familiar con un padre implacable

 En la primera escena un padre despótico impone baños de piscina a un niño con miedo al agua: germen de la dicotomía trágica de quien se convertirá en un genio literario luchando contra sí mismo, un hombre incapaz de amar, más bien muy necesitado de huir o de vivir encerrado entre libros, tratando de escribir textos que desprecia. Una personalidad compleja, ejemplarmente volcada en escena.

Sesenta y cinco minutos de gran teatro en una sala pequeña: la voz templada de actores excelentes con una dirección que lo ha mimado todo hasta el último aliento (y hay que considerar que el último aliento es impresionante), en un contexto donde la luz y la música se confabulan como añadidos e inquietantes personajes, y un actorazo como Jesús Noguero brinda un valioso caudal de matices, con una voz de bella sonoridad, de musicalidad fascinante en el reducido espacio de la sala, en la apreciación poética de lo esencial de la vida y obra de uno de los mayores escritores del siglo XX.

Junto a su formidable interpretación (recientemente también se le aplaudió en Bodas de sangre), Beatriz Argüello (inolvidable creación en Noche de reyes —Shakespeare, según Eduardo Vasco—), es un prodigio de matices: la distante muchacha del comienzo, la amable joven dispuesta a lanzarse al mundo, la enamorada a tientas, su propia amiga Grete con quien Franz descubre la pasión sexual para redescubrirla en los brazos de Felice, y abandonarla poco después. Personajes que conmueven y encantan por igual.

Por su parte, Chema Ruiz (espléndido en Agosto) es Max Brod, el leal amigo que le edita su primer texto, Contemplaciones; también interpreta personajes menores y a la vez imprescindibles para la trama, siempre con un porte y una voz cautivantes: un sastre, un uniformado que ordena y estremece, y un botones que espera inútilmente la propina de un escritor distraído, de fuera del mundo; y al final de la función, en una escena especialmente potente, lee el comienzo de La Metamorfosis, el cuento de Kafka más veces adaptado al teatro (junto con su novela El proceso):

 Tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa despertó transformado en un asqueroso insecto…

 

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Hay aquí una labor de equipo de exquisita musicalidad; no sólo en las voces de los actores. También es fundamental todo lo demás: las luces de Pilar Velasco con efectos minuciosos, la escenografía de Alicia Blas Brunel (inspirada estación de tren, tan íntima y cálida, y a ratos siniestra convirtiéndose a su vez en otros ambientes) y música celestial del maestro Luis Delgado, eminentemente atmosférica.

El director José Pascual continúa afinando su noble oficio de orquestador de pasiones singulares. Sus últimos trabajos han tenido aplaudida variedad: desde la divertida farsa de David Mamet, Noviembre (parodia salvaje de George Bush Jr al frente del gobierno estadounidense) hasta otro Mamet especialmente inquietante en La anarquista, gran fracaso en Broadway, buen éxito en la Sala Pequeña del Español, en Madrid, donde se ofreció dos veces en enero y mayo, con un gran trabajo de Magüi Mira y Ana Wagener.

En esta puesta en escena es muy destacable la bellísima carga erótica de algunos encuentros sin siquiera un hombro desnudo. Tres sesiones de besos: primero de acercamiento tibio, prometedor, con Felice; luego besos desenfrenados con caricias sobre la ropa de Grete, y después besos encendidos en el retorno a Felice: personajes que se aman en escena con el abundante ropaje de comienzos del siglo XX y la infatigable desnudez de los poetas, de los que buscan a tientas la salida de su infortunio… y no la encuentran…

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Kafka enamorado

Autor: Luis Araújo.

Director: José Pascual.

Intérpretes: Beatriz Argüello, Jesús Noguero, Chema Ruiz.

Escenografía: Alicia Blas Brunel.

Vestuario: Rosa García Andújar.

Música: Luis Delgado.

Lugar: Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa.

Fechas: Del 17 de enero al 2 de marzo de 2014.

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