José Luis Gómez accede a la RAE con el discurso “Breviario de teatro para espectadores activos”

 

«Quizás lo único cierto aquí es lo que tan concisamente dice don Emilio Lledó en muchos de sus discursos: «Somos memoria y lenguaje ». ¿Quién es el autor de las palabras que están en el aire y que se quedan en el cuerpo para constituirse con ellas? La esencia del actor se constituye en esta paradoja y este la asume dentro de su cuerpo para constituir la verdad espiritual de su mundo. El actor sabe que las palabras que utiliza no son suyas, pero en momentos de gracia lo olvida y cree profundamente que lo son.»

 

jose-luis-gomezEl actor y director teatral José Luis Gómez ha tomado hoy posesión de su plaza (silla «Z») en la Real Academia Española (RAE). Ha aprovechado su discurso de ingreso, Breviario de teatro para espectadores activos, para «hablar del hacer del teatro […], de las cosas de mi oficio como yo las he aprendido y este se ha forjado en mí, como lo trato de ejercer e intento transmitir». En nombre de la corporación, el nuevo académico ha sido recibido por Juan Luis Cebrián, quien ha destacado que «es un auténtico honor para nosotros poder incorporar a esta Academia las cualidades humanas de José Luis Gómez, junto con su maestría artística y su categoría intelectual. Bienvenido sea en su condición de intérprete de la lengua, y como auténtico creador que es».

 

José Luis Gómez (Huelva, 19 de abril de 1940) fue elegido el 1 de diciembre de 2011 miembro de número de la RAE, en la que ocupará la silla «Z». El anterior titular de esta plaza fue Francisco Ayala, fallecido en noviembre de 2009. Gómez ha querido destacar que se encuentra «endeudado con la fortuna de heredar el sillón Z, que hasta hace poco correspondía a la sabiduría centenaria de don Francisco Ayala». La candidatura de José Luis Gómez fue presentada por los académicos Juan Luis Cebrián, Emilio Lledó y Francisco Nieva.

 

El discurso de ingreso en la RAE de José Luis Gómez, como bien indica su título, está centrado en el teatro. A continuación se reproduce un extracto. Para leer el discurso completo: http://www.rae.es/

 

Breviario de teatro para espectadores activos

«Es comprensible la presencia continuada en esta casa, desde su fundación, de personalidades distinguidas que dedicaron su vida, con acierto y excelencia, a la filología, la gramática, la creación y la traducción literaria, la medicina, la física y la biología, la jurisprudencia, la historia, el periodismo, la filosofía, la arquitectura, la economía y otras nobles actividades humanas, pues sus saberes enriquecieron y ayudaron a determinar el cuerpo de la lengua que esta Academia tiene a su cuidado. El teatro, sin embargo, no tuvo similar representación como oficio mismo, pese a ser la lengua su principal herramienta, sino a través de la creación literaria de notables dramaturgos, de los que es extraordinario exponente hoy don Francisco Nieva, y don Fernando Fernán Gómez, quien además de magnífico escritor también fue cómico, y de los más grandes.

La constatación de este hecho me llena de zozobra: cómicos, lo que se dice cómicos a secas, no los hubo antes. Mi presencia aquí y ahora, por lo tanto, puede deberse a un error y en ese caso, que puedo imaginar, no sabría bien dónde meterme.

Pero podría también tratarse de una novedad: que esta Academia ha decidido contar entre los suyos con un representante de los que, día a día, se supone que usan la lengua de modo esmerado, dando vida a los textos de escritores que enriquecen nuestra sensibilidad y nuestra visión del mundo. Si es así, me siento autorizado a proseguir, con las necesarias precauciones y, cómo no, la imprescindible audacia.

En cualquier caso, del error o del acierto, los máximos responsables serían don Juan Luis Cebrián, don Emilio Lledó y don Francisco Nieva, quienes, honrándome con amistosa inclinación y benevolencia, propusieron mi candidatura para el sillón Z, vacante tras la muerte de don Francisco Ayala y, cómo no, ustedes, señores académicos, que admitieron y refrendaron su propuesta. A ellos y a ustedes vaya mi gratitud.

Nadie puede discutir el ingente trabajo que la Academia ha desarrollado, a través de sus miembros, en torno a la lengua española, pero quizás ese trabajo se haya centrado, sobre todo, en la palabra escrita. En el proyecto inicial de esta institución figuraba también el estudio de la retórica y la oratoria, ámbitos que, seguramente a causa de la enorme tarea pendiente en otros campos, no han llegado a desarrollarse. Solo en tiempos recientes se han empezado a utilizar, para los estudios, fuentes orales.

Pero ya don Gaspar Melchor de Jovellanos aconsejaba en su Memoria sobre las diversiones públicas publicada en 1812, aunque leída ocho años antes, la urgente creación de una academia, a imitación de la de Parma, con el fin de, más allá de la enseñanza y estudio del arte de la escritura dramática, instruir a los nobles —las élites— y a los actores, y de ahí al pueblo, en un más sensible y acertado uso del idioma hablado. Bien nos hubiera valido.

El uso del español en nuestro país sufre deterioro; nos asombra, por comparación, la justeza del habla de las gentes de Latinoamérica; la alocución escénica en nuestros escenarios no está a la altura de otras grandes tradiciones análogas europeas; el manejo de la lengua hablada en la política nos lleva, a veces, a parpadear con estupor.

Se pueden rastrear las causas de estos hechos en la evidente discontinuidad de nuestras instituciones en la historia y en la posibilidad de no haber hecho lo suficiente para colmar los vacíos que el pasado nos dejó.

No es ocioso traer al recuerdo el dato de que, con pocos años de diferencia y al tiempo que las recomendaciones de Jovellanos eran pasadas por alto o relegadas, Napoleón Bonaparte, también en 1812, durante el sitio de Moscú y quizá desde una tienda de campaña, encuentra la ocasión de firmar el decreto que regularía las actividades de la Comédie Française, donde, desde entonces, se ha cuidado con esmero tanto la gran dramaturgia francesa como la lengua que la sostiene.

Desde luego, ya Goethe, en la corte de Weimar y al frente de su teatro, más allá de programar las grandes obras de su tiempo y del pasado, entre ellas El príncipe constante de Calderón, teorizó y puso en práctica principios del habla escénica en alemán que, a su vez, recogían experiencias anteriores. Podrían añadirse ejemplos de otros muchos reformadores.

Estos datos, si bien nos ayudan a comprender los hechos, no nos excusan de hacer lo que queda por hacer. Puede, entonces, que la Real Academia Española, en su devenir, haya dejado un resquicio por el que se pueda colar, sin hacer ruido, un cómico a secas. A ver qué pasa. Y aquí estoy.

Por cierto que la palabra cómico, tan querida por nuestro Fernán Gómez, de mi profesión y de una gran parte del público, no me era familiar hasta que me topé con ella, a mi vuelta de los largos años de «vagabundeo y aprendizaje» fuera de España. Parece que el término se generalizó en el siglo xviii y vino a sustituir a otros como farandulero, comediante o histrión, que ya citó con gracia mi ilustre antecesor. Recuerdo que yo no quería ser cómico, quería ser actor, que me parecía más respetable, y llegar a interpretar un día a Hamlet o a Segismundo.

Al volver constaté que muchos de nuestros mayores actores, referentes obligados, utilizaban y habían generalizado el nombre de cómicos para designarnos profesionalmente. Es un término ambivalente, según se use, y se utiliza tanto con ternura y empatía como con desprecio. Mi profesión sabe de eso: ha vivido la utilización o el rechazo durante siglos. Llamarse cómico incluye tanto la conciencia de la precariedad y el desamparo como el disimulado orgullo, consciente o no, de su función simbólica. Hoy hago mío ese sentir pese a no haber vivido las circunstancias que lo generaron.»

 

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