‘La nieta del dictador’ descubre a un monstruo inesperado

Por Horacio Otheguy Riveira

Un reencuentro tierno que se va tornando enfermizo. Lo que era amable y divertido en la infancia escondía un horror impensable.

La constancia en el amor ante el delicioso general se convierte en un arma de doble filo. Por un lado se regocija en un sentimiento de eterno agradecimiento como si nada malo pudiera suceder, y por otro va creciendo como un árbol venenoso el runrún del abuso de poder ligado al placer sexual de la tortura con violaciones incluidas. La constancia en el amor se encuentra con la siniestra aparición del espejo moral: donde todo parecía sublime se destruía a otras chicas como ella, la protegida y bienamada.

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Ella llega con sus encantadoras maneras de niña bien a la sala donde su abuelo sobrevive entubado, respirando apenas, y con un olor apestoso.

 

Hola, abuelito, ¿no me reconoces?, soy tu princesita…

 

Y va y viene, deambula, retoma recuerdos a lo largo de días que se suceden sin transición en un fluido encadenado de momentos, a veces interrumpidos por diapositivas de dictadores (hay dos muy significativas: el hoy Rey Juan Carlos junto a Franco, y luego, ya monarca, sonriéndole al dictador argentino Videla), y voces de mujeres que desde la calle gritan su consigna hacia la ventana del enfermo: “Dictador… asesino… dictador… asesino…”.

 Allí en la calle miran hacia arriba y lanzan su sentencia. Cuando llueve no. Continúan allí pero no gritan, dejan que la lluvia y su llanto interminable formen una fuente de energía capaz de inundar las arterias del anciano decrépito y dejarle a solas con cascadas de continuo sufrimiento.

 Las madres de los desaparecidos al principio son despreciadas por la dulce muchacha que considera que seguro que no están desaparecidos, sino

escondidos con los comunistas de China o de Rusia que ya no es comunista, pero quien tuvo retuvo …

Aunque alguno hubo que matar, ¿no es verdad, abuelito? Algunos sí, claro…

Lidia Otón logra sacar adelante con admirables matices un trabajo muy difícil en el que las edades y los secretos de una niña se enlazan con los temblores de una mujer que empieza a vivir al descubrir un auténtico infierno a su alrededor.
En la imagen, lee en voz alta una novela del oeste, la preferida del “buen dictador con bigote pequeñito”.

 

El cuerpo de la nieta va lento, delicado, por momentos parece que sobrevuela la alfombra, y en otros sus pies calzados en elegantes zapatos que no se atreven a plantarse enteros: sentada los mueve de puntillas, extasiada ante el recuerdo de aquella infancia en la que todo eran juegos alrededor del gran árbol en el espléndido jardín, animados los encuentros por “el general cojo” que tanto se divertía y la divertía… hasta que en el presente todo cambia para la nieta del dictador y para millones de personas que ven por televisión el juicio a aquel divertido militar que no se separaba del militar duro pero justo (“hay dictadores justos, abuelito, los que como tú y Franco tienen un bigote pequeño, sí, yo tengo una teoría sobre los bigotes de los dictadores…”).

 Aquel encantador bribón cuya cojera ella imitaba entonces y ahora, rodeado de alegres niños, es juzgado por un Tribunal que aprueba emitir el juicio por televisión y así “la princesita” se entera de que hubo niñas de 15 años consideradas peligrosas activistas comunistas que fueron violadas reiteradamente antes y después de ser torturadas, algunas de las cuales fueron luego asesinadas, pero las que sobrevivieron tuvieron voz para denunciarle, incansables en su lucha para encerrarle en una cárcel.

 El general cojo es en realidad un personaje ausente, pero del que se habla tanto como para adquirir el relieve de un protagonista en esta función en la que La nieta del dictador es voz y presencia en la piel de una actriz excepcional como Lidia Otón, junto a un gran veterano del teatro nacional, Ramón Pons (autor de un muy recomendable libro de memorias, “Mientras el cuerpo aguante”, con prólogo de José María Pou).

 Ante la parálisis del nonagenario y la suciedad de su cuerpo putrefacto, una mujer sobreprotegida entre monjas; una mujer destinada a servir a la causa de la barbarie de estado, pero que ahora regresa para confesarse a sí misma que la guerra acaba de empezar. Una guerra que le sabrá a dolorosa victoria sobre su propia historia de mujer engañada que de pronto una noche siente en sus delicadas manos la sangre de las niñas torturadas hasta la muerte.

Este tema ha sido tratado bastante en la literatura y el cine (en el teatro no recuerdo ningún título). Y hay al menos tres obras muy recomendables. Dos películas y una novela.

1. La historia oficial, de Luis Puenzo, con Norma Aleandro y Héctor Alterio, Argentina, 1985: la buena profesora de historia argentina con una hija adoptada, casada con un militar. Una de las abuelas de la Plaza de Mayo la lleva a comprender su silenciosa complicidad con una barbarie que negaba.

2. La caja de música, de Constantin Costa Gavras, con Jessica Lange, Armin Mueler-Stahl, Estados Unidos, 1989: un ciudadano norteamericano, buen padre de familia y estupendo abuelo es acusado de colaboracionismo con los nazis en su Hungría natal. Su hija que le adora es la abogada que le defiende de esa acusación en los tribunales hasta que le estalla en la cara una historia de impresionante resultado.

3. El caso Collini, novela del penalista y escritor alemán Ferdinand von Schirach editada en alemán en 2011 y en 2013 por Ediciones Salamandra: nieta y nieto adoptivo habrán de descubrir una situación “sepultada” en la reconstrucción de Alemania después del nazismo con precisa documentación sobre el pasado nacionalsocialista del Ministerio de Justicia de la República Federal de Alemania.

 

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La nieta del dictador

 Autor: David Desola

 Director: Roberto Cerdá

 Intérpretes: Lidia Otón, Ramón Pons (1940-2014)

 Voces: Nélida Molina, Olga Martínez, Virginia Riezu, Maite de la Morena, Rosa Manteiga, Xisca Ferrá, Carmen Ruiz, Rosa Carreras, Alessandra López de Calle

 Agradecimientos: Chevi Muraday, Federico Ruiz, Carlota Ferrer

 Escenografía: Susana de Uña

 Vestuario: Alberto Valcárcel

 Fotografía: Teresa Seguí

 Banda sonora: Mariano Marín

 Composición musical: Fernando Egozcue

 Lugar: Teatro El sol de York.

  Fechas: Del 13 al 23 de marzo, de jueves a domingos.

 

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