Rompenieves (2013), de Bong Joon-ho

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Por Jaime Fa de Lucas.

rompenievesBong Joon-ho: dícese del director coreano conocido por la excelente Memories of Murder (2003) que tras algunos intentos de superación cualitativamente dudosos (The Host, 2006; Tokyo!, 2008; Mother, 2009) se desmorona por completo con esta Rompenieves. Quizás ha pensado que a falta de pan, buenas son tortas –el equivalente en su idioma–, es decir, a falta de creatividad o de algo digno que contar, invoca al espíritu de Hollywood y todos contentos. Seguramente la recaudación sonría, ya que un público tolerante con el efecto y la banalidad quedará satisfecho, sin embargo, los más cinéfilos no podrán dejar de lanzar improperios hacia la pantalla cada vez que la atrocidad y el mal gusto se materialicen.

Rompenieves parte de una idea bastante interesante: la temperatura de la Tierra ha bajado de forma drástica, todo está congelado, y sólo se conserva la vida dentro de un tren que da vueltas alrededor del planeta. Ahora bien, el desarrollo de todo esto es nefasto. Bong Joon-ho pone todo el peso en la estética y el efecto y no tiene en cuenta elementos como el rigor narrativo o la coherencia. Estamos ante un metraje ridículo y banal, falto de profundidad y significado. Lo más triste es que el énfasis estético y los efectismos tampoco resultan del todo originales, ya que por un lado “parafrasea” a Terry Gilliam en la vestimenta y los decorados –que recuerdan mucho a Brazil (1985) y a 12 monos (1995)– y por otro diseña las situaciones y los personajes con la escuadra y el cartabón de Wes Anderson –excentricidades e inverosimilitudes que animan mucho el cotarro pero que se indigestan–. Así, tenemos una película cuyo elemento más salvable –la estética– tampoco es 100% cosecha coreana.

La banalidad comienza con la necesidad del director de dividir el tren en clases sociales. Los más pobres al final del tren y los más ricos delante. Ya para empezar uno se pregunta: si existe un tren que sólo puede salvar del Armagedón a un número determinado de personas ¿no irán en él todos los ricos, o como mínimo las figuras más importantes de la sociedad? ¿Habría gente de clase baja en el tren? Lo dudo. Claro… cómo han llegado esas personas hasta ahí no se explica. Aceptando que con el paso del tiempo se ha generado un desequilibrio, ¿por qué tiene que haber un ejército dentro del tren que intimide a los pobres? Bong Joon-ho crea un conflicto basándose en una oposición buenos-malos –pobres-ricos– que no encaja con el contexto. Aparte de que es un conflicto muy básico y demasiado obvio, no tiene sentido, ¿qué van a hacer los pobres, robarte la litera? Vale, digamos que los pobres viven en malas condiciones y quieren mejorar su estilo de vida… entonces el espectador tiene que asumir que alguien ha construido un tren para salvar a la humanidad y ha diseñado un vagón para pobres, con malas condiciones, lo cual resulta ridículo. Aparte, la estética a lo Terry Gilliam de los vagones de los pobres resulta algo disonante con la modernidad del resto del tren.

¿Efectismos? Todos los que quieras, desde conductas excéntricas hasta violencia gratuita, pasando por giros que rozan la estulticia. El guión es pésimo. La escena de la curva en la que bueno y malo se disparan de un vagón a otro a través de los cristales… y los cristales se rompen y no pasa nada –teniendo en cuenta que en una escena anterior, en un alarde de excentricidad, le sacan el brazo a uno y se le congela en pocos minutos–. La escena en la que los militares se ponen gafas de visión nocturna… que es el primer objeto que yo metería en un tren que pretende salvar a la humanidad… A partir de aquí estoy por romper la reseña tradicional y hacer una lista de despropósitos –con algo de spoiler– para echarnos unas risas:

rompenieves reparto– Llevan 17 años con la lucha pobres versus ricos y de repente los pobres se dan cuenta de que las armas que lleva el ejército no tienen balas –que ya es tener poca capacidad de observación–. Pero tranquilos que luego para que no falte acción, en un giro inesperado, las armas sí tienen balas. Aquí se ve lo ridículo de una escena en la que todo el ejército va con machetes y porras para frenar la revuelta… ¿por qué no usar las balas antes y nos ahorramos los machetes?

– Según los pobres van avanzando hacia la parte delantera –donde reside la crème de la crème– van descubriendo los vagones. Y a cada cual más espectacular: un restaurante pijo, una escuela, un jardín botánico, un acuario –inverosímil totalmente, sobre todo por temas espaciales–, una discoteca… Lo que no vi fue una granja. Ten en cuenta que los pobres llevan 17 años comiendo barritas negras hechas de insectos –no vamos a cuestionar ahora su valor nutricional–. Porque claro, a alguien se le ocurrió meter un cargamento de insectos para alimentar a los más desfavorecidos –que se jodan–, es algo lógico, ”¿Metemos animales para hacer una granja?”, “quita quita, insectos a cascoporro”.

– El tren es hipersofisticado pero tienen que secuestrar a un niño para que haga las funciones de un mecanismo que se rompe. Y se ve al niño sacando algas negras de un orificio –como cuando las mujeres de la casa se duchan y dejan el desagüe lleno de pelos–. Claro, el tren tiene capacidad para moverse perpetuamente, transformar la nieve en agua, etc., pero si se rompe una pieza tiene que ir un niño a cubrir el puesto –no quedan ferreterías abiertas–.

– Matan al mejor amigo del protagonista y éste ni se inmuta, ni un sollozo, pero luego golpean a una mujer que está por ahí y se le ve preocupadísimo, al borde del colapso.

– Cuando llegan a las puertas del último vagón –donde está el monstruo final– el espectador sufre un chaparrón de tonterías, se cortocircuitan las neuronas, el cerebro deja de funcionar y ya no sabes con qué órgano estás viendo la película. Resulta que hay una puerta que sale al exterior y resulta que la quieren derribar con la droga que circula por el tren –¿?– que resulta ser un explosivo muy fuerte –¿?– porque viendo un avión antiguo que había en una montaña –¿?– se han dado cuenta de que la capa de nieve ha bajado, por lo que la temperatura ha subido –se dan cuenta de eso pero no de lo de las balas en 17 años–. Por si esto fuera poco, una de las chicas que llega hasta el final, justo antes de traspasar al vagón del jefazo, se queda sopa en el suelo –¿?– para luego levantarse y dar un giro a la situación. Por si faltaba algo, de repente aparecen por detrás, con todo tipo de armas, los que estaban en la discoteca bailando tan tranquilos –¿?–.

Y muchas otras más estupideces que no incluyo para no saturar al personal. Una película infame, que transita por el reino del cliché y la ignominia cinematográfica. Se podría haber sacado mucho más partido a la idea con un poco más de sensibilidad y de buen hacer narrativo. Para poner la guinda al pastel, el metraje concluye con un sentimentalismo y una justificación racional de todo lo sucedido que levanta escalofríos a la mismísima ridiculez en persona. Lamentable. Sólo faltó que el animalito que aparece al final tan pancho por la nieve empuñara una Coca-Cola y saludara a los del tren guiñando un ojo… tampoco hubiera desentonado tanto.

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