El Barroco de Mark Morris

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Por Eloy V. Palazón

El Teatro Real está dedicando su final de temporada a la danza. Primero fue la Compañía Nacional de Danza, con un programa heterogéneo donde cabía todo y cuyo resultado no fue del todo satisfactorio (aunque brillaron las coreografías de William Forsythe y de Mats Ek), y a ésta le ha seguido la compañía de Mark Morris.

Ésta ha traído una coreografía sobre música de Haendel: L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato. Una propuesta que cumplió 25 años el pasado año, se creó en 1988, y que fue su primera gran obra belga, cuando entró en el Teatro de la Monnaie para sustituir al gran Maurice Béjart.

El coro y orquesta titulares del Teatro Real estuvieron dirigidos de forma eficaz por Jane Glover, con una interpretación del coro superior a la orquestal y con unos solistas que, con gran expresividad, supieron mantenerse en un plano discreto entre la masa sonora, dejando el protagonismo a los bailarines. Es de reseñar el compromiso de Morris con la música en directo puesto que la actuación de la Compañía Nacional de Danza lo hizo con música enlatada, algo totalmente impropio de una compañía que se llama a sí mismo nacional. Pero tal vez la culpa no sea de la compañía, sino de la dedicación y la sensibilidad que tiene este país para la danza (una pista: casi cero, y el “casi” es por los que se dedican a ello). Resulta curioso, y con esto me salgo de la reseña específica del evento, que las funciones de ópera estén con aforo completo en muchas ocasiones y en las de danza casi se regalen las entradas. La educación musical en España es deficitaria, pero la de danza es inexistente. Y esto es un drama cultural… (Pero como la cosa seguirá así seguramente, a pesar de algunos atisbos de genialidad en nuestro panorama de la danza, sigamos con la reseña.)

Cuando uno, generalizando un poco la cosa, se sienta a ver esta coreografía no sabe si pensar que los movimientos son tan simples y hay tan poca tensión que el tedio se apodera de la mente o es que los ritmos incesantes guían los movimientos de manera dictatorial: durante la cacería vemos en cinco ocasiones seguidas la misma escena. Hemos de suponer que la imaginación de Mark Morris es rica en recursos y que eso lo hace por imposición musical. Aún así, todo se reviste de gran simplicidad, una y otra vez. No hay alardes técnicos, no los hay, pero todo está muy calculado, demasiado… Ahora no sé si el tedio me vino por la simplicidad o por el exceso de cálculo.

Encima de la escena el gran trabajo fue el escenográfico, que con su gran colorido y dinamismo jugó un gran papel. La escenografía como coreografía, y ahí es donde vemos más sentido al conjunto.

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