Omar (2013), de Hany Abu-Assad

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Por Jaime Fa de Lucas.

omar cartelEl director israelí de origen palestino Hany Abu-Assad, tras su aclamada Paradise Now (2005) y su devaneo en The Courier (2012), nos trae Omar, película que guarda bastantes semejanzas con la primera. Un grupo de chavales palestinos dispara a un soldado israelí e inmediatamente se ve envuelto en una persecución silenciosa en la que los servicios israelíes tratan de dar con el tirador. Un film bastante rocambolesco, que se nutre del cliché y de las escenas de acción hollywoodienses para al final no profundizar nada en el conflicto israelí-palestino, incluso permitiéndose alguna que otra inverosimilitud y algún ademán efectista.

El mayor problema de la película es que Abu-Assad se preocupa demasiado por el espectador y así pasa lo que pasa, que hay overbooking de efectismos, que el guión va de giro en giro –papá papá, llévame a la noria– y una historia que empieza bien acaba deshaciéndose como un m&m, no en tu boca al servicio del paladar, sino derretido por el calor que emite tanta parafernalia. Un claro ejemplo de esto son los diálogos, que si bien es cierto que tienen algún punto de humor interesante, en su gran mayoría intentan ser ingeniosos y acaban resultando bastante artificiales.

Las escenas del principio, en las que Omar utiliza una cuerda para sortear el muro que le separa de su amada –llegando a esquivar las balas de los guardias–, muestran el arrojo del protagonista así como la fuerza del amor, un sentimiento que no teme a la muerte. Puesto así suena muy bonito –mamá mamá, ¡qué romántico!–, pero según avanza la película nos damos cuenta de que el gesto es puro efectismo, si el chaval fuera paseando hasta su casa tampoco pasaba nada, no cambiaría la historia en lo más mínimo. Se aprecia claramente que esas escenas son prescindibles puesto que su único objetivo es generar un efecto en el espectador.

La historia de amor que acompaña a los jóvenes rebeldes palestinos está construida para dar, gratuitamente, una dimensión romántica al conflicto. Si estás metido en temas tan serios como que te persiguen los israelíes por haber disparado a un soldado, lo último que te preocupa es construir un hogar, formar una familia y decidir el nombre de los churumbeles. Aun tapándonos los ojos y dando crédito a la relación amorosa, ésta destila tal ingenuidad e infantilismo que no encaja con la seriedad de lo ocurrido por otro lado –el disparo al soldado israelí–. Y si nos ponemos a hacer sangre con los clichés y los estereotipos de la relación –con el posterior lío de faldas incluido– nos quedamos solos.

omarVoy a subir la apuesta nombrando algunos clichés: llaman a la puerta y la chica abre con el bebé en brazos, postura que en ese momento molesta mucho al protagonista –fui capaz de predecir el cliché, mi novia está de testigo–; el típico gesto de hacer rayas en la pared para contar los días en la cárcel; alguna que otra frase de pastelería; persecuciones inspiradas en Hollywood, aderezadas con saltos por la pared y paseos por el tejado como en el videojuego Assassin’s Creed. Y todavía puedo subir más haciendo hincapié en las situaciones forzadas o mal desarrolladas: se pelea con otros presos porque le llaman traidor –las autoridades israelíes y el propio grupo de chavales no sabe quién es el traidor, pero los presos que están aislados sí–; después de la pelea se hace el duro delante de la enfermera sin sentido; las heridas de la cara cambian como la marea, unas veces aparece ensangrentado y al rato está intacto, así sucesivamente.

Más errores –ojo spoiler–: el amigo miente y le dice que ha dejado preñada a la otra y finalmente le roba la novia por ese motivo. Omar, antes de dejar que el otro se case con la chica, podría haberle preguntado a ella si lo del embarazo es verdad. Se cree la mentira del amigo sin rechistar, sin preguntar a la chica a la que ama y cuya complicidad mutua es considerable. Es más, la pareja no se da ni un beso en toda la película, pero luego Omar se cree fácilmente que el otro se la ha beneficiado. Harto inverosímil. Subo la inverosimilitud: Omar sale de la cárcel para ayudar a los israelíes e intenta engañarlos, pero los israelíes se dan cuenta y hacen una emboscada en un bar, entran un montón de hombres armados y casualmente solo le pillan a él, los otros dos se escapan. A partir de ahí la película pierde todo el sentido y lo único que hay es giros y más giros.

Las actuaciones… ni fu ni fa, los actores cumplen su papel sin desentonar demasiado. Quizás se podría haber añadido algo más de color o expresividad a las personalidades, ya que el tono de los personajes parece muy similar, no hay demasiada distancia entre su carácter. La banda sonora pasa inadvertida hasta el punto de que ni siquiera la recuerdo. Decorados, localizaciones y demás resultan bastante creíbles.

La película tiene un guión tan nefasto que todo el conflicto se podría haber resuelto antes, si el chaval que está compinchado con los israelíes –que no se sabe hasta el final– les hubiera dicho quién es el tirador. La idea es alargar la película como se pueda, generar una trama retorcida, que dé para unos cuantos golpes de efecto, algún sentimentalismo, alguna pirueta y que el desenlace sorprenda. Creo que lo más grave de todo es que no hay ningún tipo de reflexión seria acerca del conflicto entre israelíes y palestinos. Utilizar un tema tan espinoso y que en la actualidad causa tantas muertes para hacer una película que no intenta dar luz, pacificar o buscar soluciones, me parece cuanto menos cuestionable.

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Una respuesta a Omar (2013), de Hany Abu-Assad

  1. no tienes ni idea de lo que hablas, por que no te dedicas a ver torrente

    maria
    2 agosto 2014 at 21:30 pm

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