Terapia de blues. John Mayall en L’Auditori

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Por Nil Rubió

John Mayall cumple ochenta y un años a finales de noviembre, y aún está celebrando la gira del cumpleaños anterior, exprimiendo a base de lo que mejor sabe hacer, cada uno de sus años desde hace ya muchos. Fue a finales de los cincuenta de siglo pasado, cuando puso su mirada en el blues, música hija de un continente esclavizado, desarrollada después más allá del Atlántico, que caló muy hondo en muchos británicos de su generación, que adoptaron, homenajearon y moldearon, contribuyendo al estatus legendario de muchos de sus exponentes a un lado y otro del océano, con maestros y discípulos, bandas y solistas, base de la que evolucionó el rock en todas sus acepciones. Su labor en popularizar ese sonido, en pulir un blues rock con sello propio, su inconfundible voz, destreza a los teclados, harmónica y guitarra, y su gran ojo para rodearse, descubriendo, proyectando o sacando lo mejor de músicos ya míticos como Eric Clapton o Mick Taylor. En la ochentena, con una discografía enciclopédica y con el reconocimiento unánime de público y colegas, el estatus de leyenda pocas veces ha tenido un sentido tan pleno, como para echarse a un lado, sentarse y disfrutar de una existencia apaciguada de jubilado. No es el caso de Mayall.

Un concierto de John Mayall a finales de 2014 no es un mero ejercicio de nostalgia o un evento museístico como lo que ofrecen la mayoría de sus coetáneos. Lo que se ve, se escucha y se siente, en cerca de dos horas de puro vigor, es la mejor esencia del blues rock presentada con una energía, habilidad y convencimiento inigualables. Ni un ápice de cansancio en un Mayall siempre de pie, ni un momento para tomarse un respiro. Con su característico rostro de ratón del blues en busca de todos sus recovecos, ahora con el pelo más blanco que nunca, recogido en una coleta, con su figura un poco encorvada por el peso de la edad, su sencillez en presentarse, agradecer la calidez del público, aplaudir humildemente, reaccionando sonriente, complacido ante el despliegue de sus compañeros. Solos a la harmónica que dejarían exhausta a cualquier persona no acostumbrada en dejar escabullir el alma hacia el instrumento, teclados que suenan sutiles o percutores cuando la canción lo precisa, a veces cabalgando ambas herramientas sonoras a la vez, con la naturalidad del maestro, y como siempre, rodeado de músicos de primerísimo nivel, a los que va cediendo protagonismo y van emergiendo del amalgama sonoro. Todos estadounidenses, pues ya hace unas décadas que Mayall hizo de Laurel Canyon su hogar y de California y Chicago su zona de influencia. Rocky Athas a la guitarra, camisa negra, pelo lacio a lo Tom Petty, un tejano que maravilló con su domino apabullante del instrumento en todos los registros que hicieran falta, con solos kilométricos, fieros pero con técnica exquisita, que arrancaron aplausos continuados. Greg Rzab, con gorro, pelo rubio largo y caminar desaliñado, tenso y sobrado al bajo, que en ‘Chicago Line’ (pieza extensa que dio rienda suelta a la improvisación de los cuatro), dio una amplia muestra de gestos técnicos que convirtieron su bajo en una herramienta de sonido espasmódico. Siempre junto Jay Davenport, bestia a la batería, formado en el jazz y fusion, contenido en el groove del blues rock y el funk, llenando huecos con aplomo y calidad, desatado también en tremendos solos recibidos con honesto asombro y disfrute por parte del propio Mayall.

Repasó temas nuevos y otros más clásicos, de su repertorio o de referentes como Sonny Boy Williamson o Freddie King, entre los que cayeron ‘Someone’s Acting Like a Child’, ‘Nothing To Do With Love’, ‘Floodin In California’, ‘Mama Talk To Your Daughter’, ‘Dirty Water’, ‘Not At Home’, ‘You Know That You Love Me’, ‘Help Me’… Volvió para ejecutar un bis de agradecimiento, con la pieza antológica ‘All Your Love’, del álbum Bluesbreakers en el que participó un joven Clapton, que dio por finiquitado un concierto que testimonió la mala salud de hierro del blues y de una de sus figuras encarnadas, más vehículo o parte de algo intangible que ya intérprete en sí, un viejo pero electrizante John Mayall que suscitó la admiración unánime del público. A la salida, algunos mitómanos empedernidos (admiradores de la época pero también cierta presencia de jóvenes “extemporáneos”) no dudaron en aprovechar la oportunidad que brindó el cuarteto de charlar con ellos, conseguir una firma en las carátulas pulidas a base de tiempo de sus desgastados vinilos, fotografías e intercambiar impresiones, hasta que la efervescencia del momento y la curiosidad de la congregación fue rebajándose hasta la despedida. Pequeña parada de John Mayall entre su tour británico, de su inacabable idilio con el blues, promesa de volver lo más pronto posible. Lo esperaremos.

John Mayall. XVI Banc Sabadell Festival del Mil·lenni. L’Auditori, Barcelona 18/11/2014

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