Hedda Gabler: pasiones congeladas en elegante diseño

Por Horacio Otheguy Riveira

La obra de Henrik Ibsen de 1890 —padre del teatro psicosocial contemporáneo— es representada por un magnífico elenco, víctima de una puesta en escena muy fría con muchas sugerencias y pocas emociones.

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Cayetana Guillén Cuervo, la dama burguesa que va de frustración en frustración, y detrás los tres hombres que giran a su alrededor: José Luis Alcobendas, Jacobo Dicenta y, sentado, Ernesto Arias

 Los magníficos actores se mueven como marionetas, excesivamente marcados sus movimientos, en una puesta de teatro a la vista, con los actores esperando detrás, entre sombras, para reaparecer en primer plano con sus personajes, y un pianista mudo que va y viene sin otro objetivo que acompañar la acción eventualmente; la partitura interpretada por Jorge Bedoya la compuso Ángel Galán, habitual colaborador en los trabajos de este director,  y muchas veces él mismo omnipresente en escena ante un piano (por ejemplo en aquella extraordinaria versión de El castigo sin venganza o en Las bizarrías de Belisa, maravilloso debut de la Joven Compañía del CNTC).

La música es aquí el único toque de calidez, de moderada emoción en un espectáculo en el que el apasionante drama de Ibsen escapa derrotado, abandonando a Hedda en una serie de movimientos y tensiones petrificadas.

Cayetana Guillén Cuervo trabaja su personaje con un enorme esfuerzo de composición, transmitiendo sus oscuras emociones en un quiero y no puedo que le va muy bien al personaje. Espléndidamente vestida por Lorenzo Caprile, cada vez que cambia de vestido se desnuda en la densa penumbra del fondo del escenario, el lugar donde los actores se instalan antes de entrar en escena, y se vuelve a vestir con modelos de idéntico diseño; todos sus trajes son iguales: sugieren una mortaja en vida, la que no tardará en obtener, finalmente, la desesperada y preciosa dama.

Una idea muy rica en torno a un personaje con aires de señora pija aburrida que juega con las pistolas de papá, y a la vez profundamente neurótica, alguien que besa y acaricia a su egocéntrico y bonachón marido (contraste siniestro en una gran creación de Ernesto Arias), aunque insista en decir que no le ama.

Un desfile de modelos sin rastro de ironía, en un cuerpo que padece la falta de abrazos que ella brinda no sólo al marido que dice no amar, sino también a su débil contrincante, una muchacha que ama al ex amante: sus encuentros con esta chica pobre que acaba de abandonar al marido, oscilan entre el toque fraternal y los abrazos libidinosos.

Si parecen mortajas sus vestidos, la escenografía simula un gran panteón. El ambiente es negro marmóleo desprovisto de muebles, en el que las sillas las acarrean los actores. Todo arrastra hacia un teatro simbolista (quizás con lazos interesantes presentes ahora mismo en la cartelera con Maurice Maeterlinck, la extraordinaria Trilogía de la ceguera en el Valle Inclán).

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Ernesto Arias, espléndido ingenuo absorbido fatalmente por su trabajo. Cayetana Guillén Cuervo, tan hermosa, tan contradictoria, tan enamorada de las armas de su padre, el coronel Gabler.

 Amantes, maridos, generosa tía que lo ha dado todo, un juez calculador y presuntuoso, y en medio Hedda Gabler, la más deseada, hija de un coronel que le ha dejado unas pistolas que ella adora, suspirando ante la noble valentía de quienes son capaces de quitarse la vida.

Es una diva insatisfecha que deambula premuerta entre gente con variados intereses en un ambiente mortífero. ¿Estamos todo el tiempo en un funeral, pero sólo nos daremos cuenta una vez que salgamos del teatro?

Muchas preguntas fuera de escena. Estamos ante una versión muy personal que el director intenta explicar en el programa de mano, pero la deja más oscura aún, más desvaída. Allí escribe que el personaje no es fácil de comprender, pero el equipo de esta función “mantiene la ilusión cada día de entender algo más a Hedda”. Desde luego, no ha iluminado ninguna zona oscura, sino que la ha oscurecido aún más. Pero, bueno, son decisiones de dirección. Es esta la obra de Ibsen junto con Casa de muñecas, más versionada y experimentada. La última versión de Hedda en Madrid fue en 2012 con Laia Marull y Pablo Derqui en La Abadía, con dirección de David Selvas: una visión  opuesta absolutamente, encarada como un thriller centrado en la personalidad de una histérica malvada.

Esta vez, los formidables actores se encuentran prisioneros de una concepción demasiado intelectualizada que no deja vivir en libertad a los personajes, excepto en el caso ya mencionado de Ernesto Arias y del sibilino juez que compone Jacobo Dicenta, quien tiene a cargo la mejor escena de la última parte, de donde surge el desenlace.

José Luis Alcobendas (en la piel de un autodestructivo amado por tres mujeres completamente diferentes) y  Cayetana Guillén Cuervo comparten  la dificultad de asumir los personajes fundamentales de la función con unas limitaciones de movimientos tremendas. Todo el tiempo se tiene la sensación de que cada vez que se mueven en situaciones clave, lo hacen al servicio de una coreografía estricta que impide la menor empatía.

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Autor: Henrik Ibsen

Versión: Yolanda Pallín (No se menciona traductor)

Dirección: Eduardo Vasco

Ayudante de dirección: José Luis Massó

Intérpretes (por orden alfabético): José Luis Alcobendas, Charo Amador, Ernesto Arias, Jacobo Dicenta, Cayetana Guillén Cuervo, Verónika Moral

Pianista: Jorge Bedoya

Escenografía: Carolina González

Vestuario: Lorenzo Caprile

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Música: Ángel Galán

Caracterización: Sara Álvarez

Espacio sonoro: Eduardo Vasco

Coproducción: Centro Dramático Nacional,

Mucha Calma y Noviembre Teatro

Lugar: Teatro María Guerrero

Fechas: Del 24 de abril al 14 de junio de 2015

Teatro Accesible: Funciones con accesibilidad para personas con discapacidad auditiva y visual: jueves 28 y viernes 29 de mayo

Encuentro con el público: Sábado 23 de mayo

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