‘La vida es un cuento’: un ejercicio de sanación

Por @chitor5 @libresdelectura

Escritor, director de cine y de teatro, actor, mimo, marionetista, compositor, escultor, pintor, filósofo, sanador psicomágico,… Jodorowsky lo es todo y es nada, es una gota en el vacío consciente de que sin ella ese vacío no existiría. Leer al chileno es entrar en una espiral ascendente hacia la conciencia más intrínseca y natural del ser humano; leer a Jodorowsky es un ejercicio de sanación.

Siruela obsequia al mundo editorial con un compendio de cuentos de este artista nacido en Tocopilla cargados con la misión de encender la chispa que todos tenemos, anhelante de ser prendida. Muchos conocerán ya Cuentos mágicos y del intramundo o El dedo y la luna, y habrán podido disfrutar de esta faceta cuentista del escritor. Aquí, Jodorowsky completa El tesoro de la sombra, una recopilación de cuentos que publicó en 2005 y que, tras su publicación, decidió ampliar hasta acabar siendo, ya en 2015, La vida es un cuento. Gracias a un bonsái que dejó de podar para ofrecerle la libertad que durante tanto tiempo se le había quitado, Jodorowsky se dio cuenta de que debía haber hecho lo mismo con El tesoro de la sombra, de que le había cortado las alas, las ganas de expandirse. Y de esa libertad nace La vida es un cuento, un manual de enseñanzas vitales donde el autor ha querido pasar lo más desapercibido posible para que el lector no note su sello, algo totalmente imposible en la literatura – y en todas las demás artes – de Jodorowsky.

Y es que Jodorowsky, como él quiere que todos pensemos de nosotros mismos, es único, único en todo lo que hace, incluso en el vivir. La vida es un cuento nace tras la visualización metafórica del mundo, de la cultura, de los estigmas sociales, como aquellos jardineros que podan los árboles de la ciudad de forma geométrica, al igual que hace el entorno con nuestra mente. Es por ello que la literatura de Jodorowosky intenta – y consigue – no tanto abrir las puertas de la mente sino destrozarlas, hacerlas desaparecer. Tras leer al chileno ya es imposible dejar de pensar, y él lo sabe. Por eso, ofrece su libro, su obra, como un dispensario farmacéutico al que todos pueden presentarse para coger de él – de cada cuento – lo que más necesiten. Como la literatura zen, Jodorowsky ha sabido conseguir ser capaz con sus composiciones de plantar en el lector una semilla de sabiduría que, sin este ser consciente, crece en algún momento de la vida de este lector, sola, sin esfuerzo, de forma natural.

Leer a Jodorowsky supone el esfuerzo de una voluntad, supone atreverse a romper con todos aquellos tótems y tabús freudianos que nos empapan día a día, con la visión de un mundo donde el ego es el protagonista. Koanes, haikús, la Bíblia, metagenealogía, psicomagia, esoterismo, Esopo, Las mil y una noches,… Esto y mucho más dentro de un libro que, como toda la obra de Jodorowsky, no dejará a nadie indiferente. Inspirando armonía desde la imagen de portada, este libro, incluso, nos regala un aroma que se aferra a los dedos del lector como si quisiera avisarnos de que todo lo de esta lectura, incluso lo más insignificante como es el olor de sus páginas, queda. Queda Jodorowsky, quedan sus palabras y, sobre todo, siempre y para siempre, queda la Literatura.

«La vida es un cuento, un cuento divino, pero un cuento. Cuando se entra en el cuento, se derriban los muros de la racionalidad y se abren las puertas del inconsciente, y entonces se empieza a encontrar, de manera amable y simpática, lo que da la felicidad.» Alejandro Jodorowsky.

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