Carmen Conesa iluminada por Juanjo Llorens en una obra maestra de Max Aub

Por Horacio Otheguy Riveira

 

Un espectáculo imprescindible, en el que el esfuerzo de la intérprete se ve recompensado por una puesta en escena donde todos los elementos están al servicio de su talento y el del autor. Emocionante comunicación teatral sobre la capacidad del ser humano para afrontar los peores golpes, y aferrarse al odio para consolidar su esperanza de una nueva existencia.

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En Viena, una mujer sola, sirvienta de nazis en su propia casa, habla con su marido muerto, le cuenta episodios compartidos y del presente, de cotidiana crueldad. En escena: un cuerpo firme y una voz templada sin lágrimas, con la fortaleza de quien no quiere el consuelo de nadie. Carmen Conesa compone con voz envolvente el mundo interior-exterior de Emma Blumenthal en una atmósfera de sobrecogedora belleza.

Un recorrido por el amor y el odio en busca de la libertad, acompañada siempre por una iluminación de Juanjo Llorens que convierte el reducido espacio en que se mueve el personaje en infinitos matices, emociones extrasensoriales, paisajes terroríficos y áreas bellísimas por los que percibimos la propia ciudad a merced de los bárbaros, sumergida también en la lucha de los resistentes.

 

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Una pieza teatral para una sola voz en un territorio inhóspito, bajo una estructura de gran pulcritud dramática, forjada en breves parlamentos seguidos de cerca por un juego de luces que lo mismo envuelven a Emma entre tinieblas que la iluminan por dentro para confraternizar con el desasosiego y la esperanza, en un duelo contenido a conciencia.

No sólo porque la puesta en escena de Ignacio García (Enrique VIII y la cisma de Inglaterra) domina con singular elegancia un distanciamiento “plástico” bien avenido con su propio espacio sonoro, sino porque hay una interacción excepcional con el despliegue de posibilidades lumínicas. Esta comunicación tan plena entre texto, actriz e imágenes en medio de una casona señorial semidestruida adquiere una fuerza teatral que también logra comunicar con algo más profundo todavía: el hecho de que la historia haya sido escrita mientras el autor padecía el acoso y derribo de los nazis, en el mismo año en que transcurre, el fatídico 1939, del que logró huir.

Así, Aub crea un personaje femenino hecho de muchas mujeres en igual situación, con el aporte de su propia experiencia “en caliente”, y en ese ardor del sufrimiento vivo se permite crear —sin pasión que le ciegue—; el horror cotidiano es demasiado poderoso como para limitarlo con palabras y gestos desgarradores. La voz de la desolación rechaza el consuelo posible que en realidad podría ser bienvenido, pero como no hay vía libre, es necesario fortalecerse, afincar los buenos recuerdos, y hacer del presente un odio infinito que convierta cada mañana en una esperanza cierta. Aunque los días y las noches están llenos de traiciones, delatores, de ensañamiento y golpes bajos.

Pero da igual, no importa, o sí importa demasiado, y es que en De algún tiempo a esta parte la vulgar consideración de que el odio es cosa mala que no deja vivir, se convierte en una fortaleza día a día más invencible. ¿Al terminar la guerra Emma habrá muerto o formará parte del ejército irresistible que devolvió al mundo la confianza en sus propias fuerzas?

 

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Max Aub Mohrenwitz se volcó de lleno en la segunda República española, y tras unos azarosos años perseguido por propios y extraños, se dedicó a escribir siempre en castellano, historias de España, de México y acontecimientos universales. Un hombre con cuatro nacionalidades que escogió el castellano: francés por parte de madre y nacimiento en París; alemán por parte de padre; español por radicarse la familia en Valencia, y mexicano por exilio y residencia hasta el final de su vida, en 1972, con 69 años (cuando murió de un síncope mientras jugaba a las cartas con Luis Buñuel).

En España no se estrenó hasta que lo puso en escena Juan Carlos Pérez de la Fuente en el María Guerrero (1997): una puesta en escena formidable para San Juan, nombre del barco que recorrió mundo en busca de un puerto para judíos que huían del nazismo. Y fue otra vez Pérez de la Fuente, quien volvió a traer “al gran olvidado del teatro español” dando su nombre a una de las salas de Matadero, y facilitando la producción de una gloriosa antología de textos en las que Juan Calot representó al escritor con admirables matices, al frente de una estupenda compañía: Tengo tantas personalidades que cuando digo “te quiero” no sé si es verdad. 

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Ahora, en este De algún tiempo a esta parte, la complejidad de la función encuentra una prodigiosa capacidad de síntesis. Hay ritual sacro y ateo, una católica con sangre judía, hay desalmada violencia sobre inocentes, el encendido recuerdo de amores fenecidos, noche de cristales rotos, carcajadas hirientes, robo despiadado para alimentar una tiranía que se quiere mundial… Mas todo esto se relata en manos del único personaje con una sorprendente armonía visual (el director es, también, un gran director de óperas, y eso se nota en todos sus espectáculos “sin canto”, por la disponibilidad de múltiples elementos fascinantes recreados con sencillez de maestro).

Un campo audiovisual a lo largo del cual se desplaza el talento de Carmen Conesa, desprovista por completo de sus histriónicos recursos de actriz-cantante con los que nos ha conmovido de muchas maneras en su bien nutrida carrera (Madre Coraje¡Qué desastre de función!, por nombrar dos funciones muy distintas). Está aquí despojada de cualquier gesto o emoción capaz de alterar la inmensa paz interior que necesita su personaje para salir a flote y no facilitar al enemigo ni un instante de satisfacción.

Y lo hace cambiando de trajes en manos de otro maestro, Lorenzo Caprile, gracias al cual cada vestido tiene su parte de símbolo, de piel transformada, hasta el blanco del final: un traje debajo del otro, cambios a la vista del público en espacio limitado donde se une la destrucción de una gran casa en otro tiempo de magnífica existencia familiar; espacio peligroso por donde se mueve la prisionera, como si su base fuese el borde mismo de un precipicio (escenografía de Nicolás Bueno, tan lograda que por momentos todos podemos sentir ese peligro, esa angustia).

El diseño de iluminación de Juanjo Llorens me impacta una vez más por su capacidad de adaptación a distintos géneros y en cada uno “firmar” con estilo propio: así aportó insólita estética a la genial crudeza de Misántropo, al circo salvaje del Cabaret Maldito, y fascinante belleza al de por sí hermoso circo de las Navidades del Price 2015, mientras en estos momentos prepara la puesta de luces del esperado Hamlet de Miguel del Arco en el Teatro de la Comedia.

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Autor: Max Aub

Dirección: Ignacio García

Ayudante de dirección: Amparo Pascual

Intérprete: Carmen Conesa

Iluminación: Juanjo Llorens

Figurinista: Lorenzo Caprile

Escenografía: Nicolás Bueno

Fotos: Javier Naval

Una producción del Teatro Español

Encuentro con el público el martes 2 de febrero a las 21,40 (aprox.).

Entrada libre hasta completar aforo.

Teatro Español. Sala Margarita Xirgu. Del 28 de enero al 6 de marzo de 2016.

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