‘En tierra ajena’, de Josep Solanes

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Por Ricardo Martínez Llorca

En tierra ajena. Exilio y literatura desde la “Odisea” hasta “Molloy

Josep Solanes

Acantilado

Barcelona, 2016

326 páginas

-En tierra ajena (Josep Solanes)_cubierta

 

“Numerosas son las especies que han organizado en colectividades la vida de sus miembros: van desde las de los insectos sociales hasta la humana. El hombre es un animal social, uno entre tantos. La manera como dispone de la socialidad es, sin embargo, única.

“… Las sociedades que forman se distinguen, entre otras cosas, por la parsimonia con que ellas se aplican la socialidad. Se la escatima, se la dispensa meticulosamente, quizás porque se le da un valor extremo que, como todo lo que cuesta mucho, hay que administrar con avaricia. En todo caso es en ellas que se dan en mayor número las exclusiones y se dispone de más variados modos de hacer efectiva la segregación (…) ellos son los que han inventado las castas, los guetos, las cárceles, la marginalidad, las deportaciones, el exilio, las “desapariciones”.

“(…)

“Hay una forma de rechazo, el exilio (…) El exiliado es el paradigma del hombre. Se considera a los exiliados como hombres por excelencia, y son muchos los pueblos que hacen remontar su linaje hasta algún real o fabulosos exiliado. Es decir, la sociedad rechaza a los que se desvían del modelo escogido para todos, y, una vez ahuyentados los que se desvían, se declara que son ellos precisamente quienes representan a todos”.

Así comienza este ensayo de Josep Solanes, (Pla de Santa María, 1909 – Valencia, Venezuela, 1991), con esta aporía sobre el exilio y el sentimiento de ser humanidad. Josep Solanes se exilió a Francia tras la Guerra Civil, hasta que en 1949 se instaló en Caracas, donde se convirtió en un referente de la psiquiatría. Sus trabajos literarios, sus ensayos, concernían a la herida abierta que es la figura del exiliado. Como ejemplo más representativo está este volumen, En tierra ajena, en el que se habla de aquello que se deja atrás, de la nostalgia inevitable, ya sustrato de la existencia del exiliado. Pues no son solo las tierras y las gentes lo que se abandona. También todo lo aprendido, las costumbres, los códigos, lo que servía para comunicarse con el vecino y con el desconocido. Todo eso es una materia inservible que se encierra en los cajones de la melancolía. De ahí esa necesidad de este hermoso texto sobre la realidad del exiliado, tomándose, sin pretenderlo, a sí mismo como referencia, para elaborar un mapa de la condición humana, en la que el exiliado es paradigma, por ser social y por ser, inevitablemente, individuo dentro de una sociedad que no es la suya, es decir, la de su infancia.

“¿Conclusiones? No concluimos: sólo el libro concluye. Lo vemos como a una nave de la que vamos a desembarcar. Anclada en el puerto quedará la nave: el agua que la estuvo soportando seguirá corriendo”.

Con esta epifanía hacia la condición del exiliado como hombre que busca unas respuestas que no existen, Solanes cerrará este ensayo sobre las raíces, sí, pero sobre todo sobre la experiencia vital. La condición de exiliado no tiene por qué ser únicamente geográfica. Pero sí es, en la mayoría de las ocasiones, consecuencia de una guerra. Y hay muchas formas de batalla, tantas como unidades de vida.

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