Manchester frente al mar (2016), de Kenneth Lonergan

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Por Jordi Campeny.

En los últimos días a uno se le ha pasado por la cabeza la memez de que se lleva atesorando mayor nivel de cine en lo que llevamos de 2017 que en todo el año pasado entero. De la última obra de arte de François Ozon, Frantz, a la conmovedora y hermosa Loving, de Jeff Nichols. De Comanchería a la irrenunciable La La Land –tan encumbrada como absurdamente vapuleada–. De la excelente nueva criatura de Shyamalan, Múltiple, a la interesantísima y huidiza propuesta de Oliver Laxe, Mimosas. De Dolan, flagelado hasta sangrar, a Maren Ade.

A todas estas propuestas se le suma, y sobresale, Manchester frente al mar; dolorosa, compleja e imponente obra maestra sobre la posibilidad –o no– de seguir viviendo cuando la vida nos arrebata lo que más amamos y el dolor y la culpa son tan lacerantes que no te permiten ni respirar. Sin aspavientos, la película muestra el acontecer silente de un hombre condenado; con una mirada limpia de prejuicios y maniqueísmos, sin fórmulas preestablecidas ni las habituales claves del melodrama. Honestidad frente al dolor estéril, respeto a sus criaturas y al espectador, incomparable poder de conmoción.

Partiendo de un material altamente sensible, auténtico campo minado, Manchester frente al mar narra el drama de sus protagonistas esquivando cualquier atisbo de cliché –quizás sólo las escenas en el bar–, con una puesta en escena naturalista y austera que rehúye la afectación y la pornografía sentimental tan lamentablemente habituales en tantos dramas parecidos –aunque la película no se parezca a ninguna–. Pone los pelos de punta pensar qué podría haber salido con otras manos, otra sensibilidad, que no fueran las de Kenneth Lonergan.

Lee Chandler es un solitario encargado de mantenimiento de edificios de Boston que se ve obligado   a regresar a su pueblo natal tras enterarse del fallecimiento de su hermano Joe. Allí se encuentra con su sobrino de 16 años, de quien tendrá que hacerse cargo, y con un pasado atormentado y trágico que lo obligó a separarse de su mujer. La película, con una narración fragmentada a base de flashbacks que permiten ir conociendo la herida interior de su protagonista, empieza ofreciéndonos piezas orientativas para acabar situándonos, sin posibilidad de escapatoria, en el centro mismo de su devastación emocional.

Uno de los múltiples méritos del film es el tono empleado por Lonergan, respetuoso y subordinado al dolor de las almas rotas que lo habitan. Sin estridencias, sin levantar la voz, sin pulsar las gastadísimas teclas melodramáticas habituales para provocar el llanto en el espectador, la película nos muestra una serie de situaciones anodinas y exentas de dramatismo que, incluso, sorprendentemente, consiguen hallar leves fugas cómicas sin forzarlas lo más mínimo. Uno se asombra al reírse, en ocasiones, en medio de este microcosmos desgarrado, hecho trizas. Y es que así puede ser la vida. La puta vida. Y así debería mostrárnosla el cine, si es que no se ha olvidado todavía de su encomiable labor de representación de la realidad.

Aparte de su evidente condición de obra mayor y de la extraordinaria dirección de Lonergan, Manchester frente al mar no sería lo que es sin el trabajo de su trío protagonista: el joven Lucas Hedges, pura vitalidad y dolor agazapado esperando la situación más anodina para desbordarse, Michelle Williams en una de sus mejores interpretaciones y un Casey Affleck soberbio que es pura contención y desasosiego: huraño, silencioso y abatido. Todos los textos y subtextos escondidos tras su mirada encogen el corazón del espectador.

Difícil salir indemne de Manchester frente al mar, en definitiva. E imposible que caigan en el olvido algunas de sus secuencias, como el encuentro fortuito de sus dos protagonistas, quienes, tras haberlo compartido todo, son incapaces de expresar nada; o esta escena central en la que se precipita la tragedia envuelta en el adagio de Albinoni. Manchester frente al mar es una película-puñetazo de la que puede costar sobreponerse; es un relato minimalista sobre cualquier vida que, en un momento determinado, se derrumba y se convierte en un cráter. Es un aullido sordo que no emociona; conmociona. Y abrasa.

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2 respuestas a Manchester frente al mar (2016), de Kenneth Lonergan

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  2. Maravillosa crítica. Inolvidable película. Sí, conmociona y mucho!!

    Lidia Martín Juvanteny
    9 febrero 2017 at 9:37 am

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