“Yo no soy mi cerebro”, de Markus Gabriel

Por Oriol Alonso Cano.
La ligazón entre la experiencia y el cuerpo, o, mejor dicho, entre la manera en que experimentamos la realidad, y su trabazón con los mecanismos cerebrales, configura una de las problemáticas más acuciantes de la historia de la filosofía. ¿Es la experiencia humana un epifenómeno, un vástago bastardo de los diferentes procesos cerebrales o bien, por el contrario, hay un cierto margen de independencia entre ambos fenómenos? También podríamos preguntarnos: ¿hay imbricación mutua y la experiencia modifica la actividad cerebral, así como el cerebro influye en nuestro experienciar de la realidad? Las planteemos como queramos, todas estas cuestiones han acosado a la filosofía desde su origen.

Sin embargo, es a partir de mediados del siglo pasado, donde el abordaje de la experiencia ha sufrido un drástico viraje. Si anteriormente la filosofía era la disciplina que se encargaba de desentrañar sus resortes, en la actualidad será la neurociencia el paradigma que ha ocupado ese lugar. Y este cambio metodológico -con toda la ambigüedad y dificultad que conlleva situar a la filosofía en el campo de lo estrictamente metodológico- implica un reguero de efectos de alto alcance epistemológico y ontológico. El más evidente radica en la manera de acercarse a la experiencia humana. Para el discurso neurocientífico, esa aproximación deberá regirse por los exclusivos parámetros científicos, ya que la experiencia tiene una entidad estrictamente física y, en consecuencia, es identificable y analizable desde los criterios propios de la cientificidad (dominio del experimentalismo, predominio de las aproximaciones cuantitativas…).

La experiencia se considera, por un lado, como el resultado de los múltiples procesos que se producen en nuestro cerebro y, por el otro, dicha actividad debe identificarse de la forma más rigurosa posible a través de los diferentes mecanismos experimentales (análisis de las imágenes obtenidas por los diversos tipos de Resonancias Magnéticas, TEP…) que se tienen en la investigación neurocientífica. En última instancia el objetivo es establecer las leyes que expliquen el vínculo entre esa topología (cerebral) y la manera en que se gesta y desarrolla la experiencia. Dicho en otras palabras, se trata de identificar los lindes de la experiencia y estipular el patrón normativo de su formación y funcionamiento.

Contra esta concepción se rebela vehementemente Markus Gabriel, uno de los filósofos más mediáticos de Alemania, cuestionando este imperialismo (neuro)científico detectando y mostrando sus limitaciones y aporías, tratando de recuperar la experiencia para el terreno de la filosofía e introduciendo un nuevo marco para entender la libertad y, de este modo, eliminar el determinismo al que nos conduce ineludiblemente la perspectiva neurocientífica.

Para realizar este itinerario pondrá en escena concepciones de Kant, Fichte, Schopenhauer, Freud, entre otros muchos, sirviéndose de una prosa ágil, accesible y generosa para con todos aquellos que desconocen las problemáticas que se dilucidan a diario en los limitados muros de la academia. Es digno de agradecimiento que Gabriel pretenda acercarse a través de su discurso a un público más amplio al estrictamente erudito y académico. Loable es dicha tentativa puesto que, en última instancia, trata de aproximar de nuevo la filosofía al lugar del que irrumpió: la calle.

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“Yo no soy mi cerebro. Filosofía de la mente para el siglo XXI”
Markus Gabriel
Pasado y presente, 2016
317 pp., 23 €

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