“Clavícula”, de Marta Sanz

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Por Javier Sánchez Zapatero.

Marta Sanz

Clavícula

Anagrama, 2017

201 pp.

Resulta complicado escribir sobre Clavícula. Quizá lo más obvio sea decir que es un libro sobre el dolor, pero lo cierto es que es mucho más que eso. Como ya hiciera en La lección de anatomía, Marta Sanz realiza un ejercicio impúdico y sincero a través del que se desnuda ante el lector, exponiéndose como sujeto y objeto de una narración que tiene como punto de partida la irrupción de un extraño dolor: durante un vuelo, empieza a sentir una sensación desconocida hasta entonces, una molestia en una zona indeterminada de su cuerpo, por encima de las costillas, que poco a poco se va haciendo más intensa y agobiante.

A partir de ese momento, gracias a una estructura fragmentaria formada por brevísimos capítulos a medio camino entre la lírica, la narración y el ensayo, se van sucediendo anécdotas domésticas, conversaciones con amigos y familiares, narraciones de visitas a médicos, reflexiones sobre el dolor y la muerte, alusiones al tabú de la menopausia, confesiones sobre el miedo ante lo que el futuro pueda deparar… Como si de las teselas de un mosaico se tratase, cada una de estas pequeñas piezas van conformando una imagen de la autora, capaz de mostrar con plena coherencia la descomposición orgánica que le produce el dolor s través del fragmentarismo textual, haciendo así de Clavícula una obra híbrida, complicada de catalogar y clasificar; un relato que rompe con la habitual pretensión globalizadora de aprehender la realidad; una autobiografía que no sigue las características habituales de la literatura del yo; un collage formado por cartas, correos electrónicos, poemas, relatos o artículos pero intensamente dominado por la presencia de un cuerpo y una voz que tratan de mostrar su identidad y su posición ante el mundo… Demostrando que en la buena literatura la forma siempre importa más que el contenido, ese autorretrato está marcado por la normalidad, puesto que Sanz nos introduce en su esfera doméstica y nos revela un mundo que puede ser el de cualquiera de los lectores, alejado de la pomposidad, la grandilocuencia y el preciosismo artificial a la que muchas veces imponen las convenciones del texto literario.

El valor social resulta de suma importancia en la obra, puesto que, a pesar de centrarse en una peripecia vital que marca la fragilidad de quien no sabe a qué se expone –porque peor que el propio dolor son la imposibilidad de transmitirlo, la incertidumbre sobre sus causas, la consciencia que nos da sabernos seres finitos o el patetismo al que en ocasiones nos induce–, Clavícula es una muy personal crónica de nuestro tiempo. Como es habitual en toda su producción, Sanz utiliza su obra para hablar de cómo vivimos y cómo sentimos, otorgando así a su malestar físico una dimensión colectiva y alegórica, como si lo que ocurre en su cuerpo fuera el diagnóstico de una sociedad marcada por la precariedad, la desigualdad y la exclusión, y dominada por la imposición de un ridículo e individualista pensamiento positivo que obliga a teñir incluso al dolor de un tono esperanzador –de ahí que en el texto se critique ese mantra de que a la enfermedad se la vence con optimismo con el que se culpabiliza a quienes no pueden superarla–. El malestar social se observa en el retrato de un contexto marcado por el desempleo de su pareja, la crítica al actual funcionamiento de la sanidad pública –en la que pacientes como Sanz van pasando de médico de médico mientras el dolor les corroe–, el conformista adocenamiento al que los poderes y los medios de comunicación someten a la ciudadanía, la cosificación de los seres humanos, y en concreto de las mujeres, en el mercado laboral o la necesidad de exhibirse hasta mostrar cuál es la situación de sus finanzas, porque lo que somos está también marcado por las circunstancias económicas y materiales de nuestra vida.

No obstante, junto al estremecimiento, al sufrimiento empático e incluso la identificación que el lector sentirá ante el dolor individual y colectivo de la autora, en Clavícula también hay lugar para el humor –autoparódico en algunas ocasiones, descacharrante en otras, pero siempre inteligente y lúcido– e incluso para el amor, personificado en el círculo familiar, afectivo y sentimental que la quiere, apoya y consuela en los momentos más duros de su trance. De este modo la obra adquiere una dimensión catártica que llena de sensibilidad y ternura una lectura que duele e indigna, pero al mismo tiempo reconcilia con la vida y con la literatura.

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