Elogio a la vida, de Alexandra David-Néel

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Por Owen L. Black.

París, la primavera estaba a unas semanas de acabarse, pero en la ciudad de la luz aquellas semanas de mayo de 1968 no iban a ser tranquilas.

Sobre los adoquines de sus calles, cientos de jóvenes corrían de un lado a otro, junto a ellos multitud de obreros y tras todos, las fuerzas de seguridad francesas. Desde hacía unos meses se venía fraguando un malestar social ante la situación del país. El desempleo aumentaba cada día, las condiciones laborales eran cada vez peores y además, estaba la guerra. Las desastrosas y sangrientas campañas de Indochina y África que simbolizaban el fin de un sueño, el colonialismo de los países europeos a lo largo y ancho del mundo.

Mientras todo esto sucede sin pausa, una centenaria mujer vive entre recuerdos y miles de papeles en un estudio donde ha pasado las horas, lentas y provechosas, en las últimas décadas de su vida. Es entonces cuando vuelve a surgir el anhelo de la lucha que ya recorrió su cuerpo en su juventud. Por ello decide participar y aportar su pequeño grano de arena a la causa, quiere que reediten su manifiesto de vida, aquel breve documento que escribió 80 años antes, entre clases de universidad, charlas y contactos con los intelectuales de su época.

Fue así como los jóvenes de mayo del 68 conocieron las palabras de Alexandra. En este segundo artículo dedicado a la obra de esta autora, quiero escribir sobre un texto que todo el mundo debería leer durante su juventud, Elogio a la Vida de Alexandra David-Néel.

Este pequeño manifiesto escrito en 1888, esconde entre sus escasas 120 páginas los propósitos vitales de su autora y toda una declaración de intenciones del nuevo modelo de ser humano que se aproximaba a los albores del siglo XX y los desafíos que se le plantearían.

Enmarcada en el estilo de los múltiples manifiestos que pululaban a finales del XIX entre los diversos grupos artísticos y culturales de los jóvenes intelectuales, el de Alexandra es quizás uno de los más extremos en su planteamiento y también de los más libres.

A lo largo de sus seis capítulos, la autora va descomponiendo a todas y cada una de las autoridades (tanto políticas como morales) que constriñen al hombre y no le dejan actuar con libertad. Y en cada uno de estos mismos capítulos se va liberando de todas esas cadenas.

No reconoce estado, ni forma alguna de agrupación, salvo la que permita la felicidad de cada individuo. Es por ello que Alexandra no estaba interesada en el derecho al voto y siempre se oponía a ello. Incluso dentro de su círculo feminista en torno a la publicación La Fronde, creada por Marguerite Durand (1864-1936), una de las pioneras del feminismo francés.

Tampoco reconocía ningún Dios, ni jerarquía eclesiástica de ningún tipo. Para ella, educada en un colegio católico de Bruselas, solo veía en la religión la opresión y coacción mediante el miedo, del inocente frente al poderoso. Y todavía veía más esta opresión sobre las mujeres.

Educada por su padre y siempre en contacto con la intelectualidad de la época, pronto se hizo asidua al círculo del geógrafo Élisée Reclus (1830-1905), uno de los impulsores de los movimientos de izquierdas en Francia.

Alexandra, criada entre el bienestar social de la posición de su familia y el acceso al conocimiento, pronto se dio cuenta de que la vida de mujer casada y sin ocupaciones de las chicas de su posición se le quedaba corta. Y cuando empiezas a saber más y comienzas a observar la realidad de otra forma, ya no se puede parar de andar por la senda que has escogido.

En Elogio a la Vida se aprecia el comienzo de esa senda. De cómo la joven rebelde que con apenas 20 años reniega de todo y quiere ser libre, sin nada ni nadie que le señale la dirección que debe tomar en la vida, comenzará su aventura vital con la redacción de este libro, donde mezcla y analiza todo lo que ocurría en su época.

Escrito en 1888, no se publicaría hasta diez años más tarde en la revista Temps Nouveaux. En el texto se recoge su apoyo a la lucha obrera, su educación entre las aulas de la universidad y los círculos que frecuentaba y sus incipientes pasos hacia el mundo oriental.

Porque si a primera vista parece solo un texto anarquista de juventud, entre el análisis de sus páginas se puede encontrar mucho más. Para un lector con cierto conocimiento en el mundo asiático no le pasará desapercibido como describe la libertad del ser humano y su unión con el todo siguiendo los preceptos más básicos del Tao.

Esta curiosa mezcla de influencias que expone la autora solo responde a una única lealtad, la ciencia y el conocimiento. Baluarte en el que creía Alexandra sin lugar a dudas como la única solución del ser humano para la prisión que él mismo se había creado.

Ella pidió que lo reeditaran al final de su vida, cuando con 100 años aún tenía fuerzas para vivir y quería dejar un mensaje a esos jóvenes del 68. Yo pido hoy que se lea de nuevo por todos aquellos que quieran conocer el pensamiento de una mujer que rompió sus propias barreras, y para que se escuchen sus palabras de hace 130 años y sigan llegando a nosotros todavía hoy, así como un ciclo constante de vida que siempre da vueltas sobre sí mismo, sin avanzar hacía ningún punto.

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