Relato Culturamas: El ataúd de los sueños, de Eduardo Viladés

Os estáis animando otra vez, querid@s autor@s, a inundarnos semanalmente de relatos. Eso, que hace más difícil la elección, también lo convierte en un reto más interesante. Gracias por vuestra participación.

 

Esta semana os presentamos El ataúd de los sueños, de Eduardo Viladés, un dramaturgo que aquí nos muestra su faceta narrativa, aunque intuimos las posibilidades escénicas de la historia. Se trata de un relato de construcción de la personalidad, de pesos de la infancia, al final, como nos lo presenta el propio autor, de aceptación de un@ mism@.

 

Esperamos que lo disfrutéis y que os animéis a comentarlo. Podéis descargarlo aquí El ataúd de los sueños, Relato Culturamas 27 abril

 

Y recordad que nuestra convocatoria sigue abierta para tod@s

Lector, escritor, los relatos de Culturamas te esperan

 

EL ATAÚD DE LOS SUEÑOS

 

EDUARDO VILADÉS

 

Le recuerda a una de esas películas de terror que veía cuando era pequeño. Sus padres le obligaban a bajar el volumen de la música porque el vampiro o la momia de turno adquirían connotaciones burlescas sin el apoyo de la melodía.

Sin sonido, uno hasta se reía cuando sacaban sus afilados dientes o mostraban la tela podrida que envolvía el cuerpo. En particular, le viene en mente una escena de El misterio de Salem’s Lot, de Stephen King, cuando un niño de unos cinco años aparece levitando en el exterior de la habitación de su hermana quien, incauta, abre la ventana sin saber que su hermanito tiene mucha sed.

Ahora el que levita es él. No tiene cinco años ni va vestido con un pijama. La verdad es que no sabría decir a que momento de su vida pertenece esa imagen fija, aunque no corresponde a su infancia. Pero tampoco a la actualidad. Tiene el pelo ensortijado, a lo Shirley Temple, y la cara sonrojada como si hubiese tomado el Sol una tarde entera. Un murmullo envuelve el ambiente. Es una fiesta o reunión de amigos. Todos visten de negro pero están riéndose, con un cubata en la mano, y algunos bailan al son de música pop de los ochenta. Están distribuidos en dos grupos alrededor de una especie de mesa de roble marrón. Él quiere hablar con ellos porque les conoce pero no puede descender de las alturas. Se siente como una Madonna renacentista, flotando entre nubes con sus feligreses debajo. Ni siquiera es capaz de extender las manos para acariciar a alguno de los asistentes; acariciarles porque les quiere, porque ve a su madre, a su padre, a su hermano, a sus amigos, pero una muralla hecha de nubes de tormenta le impide tocarles. Una muralla que, a la vez, dificulta que distinga perfectamente los detalles de la escena que se perfila ante sus ojos. Sabe que su madre, su padre y algunos amigos están presentes e incluso hablando entre sí, cuando es consciente de que no se conocen de nada, aunque no es capaz de escuchar sus conversaciones ni identificar sus rasgos con claridad. Le sorprende que no dejen de reírse, como si estuviesen en una fiesta o celebración. Qué curioso que en la mesa de roble macizo que divide en dos a la muchedumbre nadie apoye su copa. Ni que ninguno de los asistentes dirija su mirada hacia ella, como si estuviese maldita o desprendiese algún mal olor.

De repente, la barrera de nubes se difumina, como cuando en teatro un ventilador dispersa el humo que ha dado fuerza dramática a una escena. El humo se queda a ambos lados de la mesa de roble, tapa por completo a los invitados, distribuidos en forma de V, y el centro de la secuencia se despeja: “Manuel Gutiérrez, 9 de mayo de 1970 – 11 de enero de 2017”.

Suena el despertador. Son las siete y media de la mañana. Otra vez el mismo sueño.

Hace dos semanas que se desvela en mitad de la noche con la misma sucesión de imágenes. Después, se le hace difícil volver a dormirse y pasa el día en el trabajo asaltado por microsueños en los que la instantánea de su ataúd, de mil formas y colores, le devuelve a la realidad. No se quita de la cabeza que los protagonistas del sueño parezcan estar felices por su muerte. Cuando era pequeño le abordaban imágenes similares en mitad de la noche. Vislumbraba a su madre yendo a recogerle al colegio y encerrándole en una mazmorra con el beneplácito de la profesora, quien esbozaba una maléfica sonrisa mientras tiraba la llave a una alcantarilla. Valenciano de pro, escudriñaba a su grupo de amigos quemándole vivo en una de las fallas de la plaza del Pintor Segrelles, donde vivía de pequeño. O a su padre, cirujano, abriéndole en canal encima de la mesa de operaciones bajo la atenta mirada de los alumnos de Medicina a los que daba clase. “¿Cómo os apetece que diseccionemos el hígado?”, diría su padre, añadiendo un pequeño detalle sin importancia: “Es mi hijo, por cierto, pero bebía más vodka que agua, de manera que su hígado intacto tampoco nos serviría de mucho”.

Ha hablado de estas pesadillas con Puri, su amiga y amor platónico, y con su madre, quizá las dos personas más importantes en su vida. Ambas le han dicho lo que ya sabe desde hace tiempo (solo él mismo puede enderezar su vida, pero hay que querer) y le han recomendado algo que también sabe desde hace mucho tiempo: volver a terapia.

De Puri lleva mucho tiempo enamorado, aunque ella lo desconoce. Su tono militar al hablar, con frases cortas pero solemnes, ese pelo rubio recogido en una coleta, sus labios carnosos y la camisa blanca escotada dejando entrever un sujetador negro de encaje le vuelven loco. Se la imagina en el baño de una cafetería a las doce de la noche, con el bar lleno y música de los sesenta de fondo. Un baño sucio, lleno de condones por el suelo, con las baldosas mugrientas y el retrete rezumando agua. La empujaría contra el muro. Su camisa blanca se ensuciaría al restregarse por la pared húmeda mientras que él le bajaría las bragas y tocaría sus entrañas con la punta de sus dedos. Poseerla, besarla, descubrir esas senos en erupción constante. Quizá de esa manera se le iría toda la tontería y dejaría de experimentar esos microsueños que le recuerdan que el único capaz de conseguir que los demás le quieran y le respeten es, precisamente, él mismo.

 

  • Tú has sido siempre tu peor enemigo, no me descubres nada nuevo-, dice Puri.
  • Lo sé, pero con el paso de los años cada vez tengo más miedo a coger al toro por los cuernos. Es como si me hubiese conformado con lo que tengo-, le contesta Manuel, que no deja de fijarse en su canalillo.
  • ¿Te gustas mis tetas?
  • ¡Qué cosas tienes!
  • Es una faena ser especial, Manuel. Tú y yo somos iguales, solo que en mi caso hace tiempo que acepté que soy especial. La mayor parte de la gente no me soporta porque me tildan de presuntuosa, pero me respetan. Mucho. A ti no te respeta nadie porque te quitas mérito constantemente, favoreciendo que el mediocre se crezca. ¿No te das cuenta de que se lo pones en bandeja?

 

Desde que era niña, Purita había destacado. A los dos años ya hablaba perfectamente, a los cuatro había escrito su primer libro de relatos y a los seis se defendía en cinco idiomas casi como un nativo. Precoz también en materia sexual, las malas lenguas hicieron que su adolescencia fuese dura. Era conocida como la hurgamandera repelente, mala combinación en un pueblo de apenas 5.000 habitantes, de ahí que a los 18 años sus padres la mandaran a Harvard a estudiar, donde se graduó cum laude en ingeniería molecular.

 

  • La verdad es que lo veo. Un buen lingotazo de vodka, algún tema de Madonna de los años ochenta y una buena mesa de roble macizo en la que apoyar el cubata-, asegura su madre, muy dada a escenificar lo que dice con pomposos movimientos de manos.
  • Lo paso muy mal, mamá.
  • Yo ya te comentado alguna vez que si te da un pampurrio te incinero, que me da mucha pereza ver cómo te entierran, de manera que quédate tranquilo, cariño, porque está claro que se trata solamente de un sueño.
  • Siempre consigues que me sienta mejor, mamá. Gracias.

 

Purita y su madre son muy amigas. De hecho, los padres de Puri recomendaron a su madre que mandara a Manuel al extranjero cuando comprobaron que ambos eran más inteligentes que la media. En un país en el que la envidia está a la orden del día y en el que avanza el lerdo en menoscabo del brillante, era la solución más adecuada. Purita lo consiguió, pero Manuel se quedó en casa por decisión propia. En esto, eran distintos. Manuel tuvo miedo a destacar. Purita, no. Al contrario, se regodeaba en su punto diferencial y le encantaba provocar a los demás. Era una persona libre. A Manuel esta parálisis vital estaba pasándole factura. Le daba miedo ser él mismo, despuntar, expresar sus sentimientos. A pesar de todo, por su propia naturaleza, llamaba la atención allá por donde fuese. Una vez, una de sus terapeutas le dijo que era un niño índigo, un término acuñado por la corriente psicológica de la nueva era que describe a personas de un estadio evolutivo superior al resto.

 

  • Cariño, ya no estás en edad de ser el ciego de tu vida, sino el lazarillo de los demás-, le dijo un día su madre.

 

Pensó mucho en estas palabras de su madre. Y en las enseñanzas de Purita. Solo le faltaba creérselas y aplicarlas. Uno no despunta en la vida si no empieza por sí mismo.

La referencia más antigua que existe sobre los juegos se remonta al siglo V antes de Cristo, cuando Herodoto narra la historia de los lidios, quienes emplearon el juego de las tabas y los dados como distracción para superar la hambruna.

¡Jugar! La clave podría residir en el juego.

Recuerda que cuando era niño siempre estaba organizando actividades lúdicas con sus amigos y con sus primos. Le encantaba escribir una obra de teatro improvisada y escenificarla el día de Nochebuena ante sus abuelos. O comprar varias cartulinas en la librería del barrio y crear un colorido mural que después explicaba a sus tías, que se miraban las unas a las otras con expresión contrita. Tiene que volver a jugar. Purita no dejó de hacerlo nunca. Tampoco su madre. De ahí sus sabios consejos, unas advertencias que le martillean constantemente en la cabeza. Jugar y dejarse llevar caiga quien caiga. Decir tonterías, gritar, instalarse en la locura sana propia de las mentes privilegiadas, institucionalizar el desequilibrio como modo de vida. Dejó de hacerlo en algún momento entre la niñez y la edad adulta. “Es hora de empezar a mover las fichas de mi ajedrez”, se dice a sí mismo, al tiempo que se observa en el espejo, se lanza un beso y se ríe cariñosamente de la imagen que contempla.

 

SOBRE EL AUTOR:

 

Eduardo Viladés

http://eduardoviladesteatro.blogspot.com.es

www.eduardovilades.com

 

Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés (1976) cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración. Sus obras se representan en España, México y Estados Unidos. Formado en la escuela Cuarta Pared de Madrid y en el departamento de guión teatral de la Universidad de Valencia. Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo (Licenciado Universidad de Navarra, Máster en Valencia, Máster en Urbino), área en la que cuenta con más de 20 años de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. También es experto en periodismo de moda y tendencias y documentales de sensibilización social, un artista polifacético. El ataúd de los sueños es uno de sus innumerables relatos. Trata del despertar a la vida real y aceptarse a uno mismo.

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