‘Hijos del Nilo’, de Xavier Aldecoa

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Hijos del Nilo

Xavier AldeKoa

Península

Barcelona, 2017

306 páginas

Para todos los que crecimos aprendiendo los párrafos malditos de los libros de texto de Fernando Lázaro Carreter y sus acólitos, resulta que hay que distinguir entre el fondo y la forma en un párrafo, una crónica, una novela, una poesía o lo que sea que uno lee. Echando sal a la herida, hasta se nos proponía unos modelos de análisis de texto todo muy encorsetado. Cuando resulta que, a fin de cuentas, fondo y forma son lo mismo. Cuando Sid Vicious cantó On My Way, misma partitura y misma letra que la popular de Frank Sinatra, estaba diciendo casi lo contrario que la otra versión. Basta leer uno de los libros de Xavier AldeKoa (Barcelona, 1981) para corroborar que eso que en España tanto se ha alabado como el estilo, es el exceso de estilo. Estos viajes por el Nilo en la mente de Azorín no habrían sido los mismos viajes. De hecho, en lugar de viajar, habríamos leído. Aldekoa no adorna los textos. No comente errores y permite que los sucesos se expliquen por sí solos. De tal forma que nadie conseguiría tanta contundencia cuando se nos habla del caso de un niño soldado o una mujer violada. La potencia de los hechos está en la naturalidad de la voz. Y esta la pone en donde es necesaria: en los que no saben leer ni escribir, en los que viven en lugares que no son ni siquiera fronterizos, que no existen, donde la necesidad animal de seguir respirando lleva a que cada segundo de vida sea una epopeya. Porque si algo admira Aldecoa, es la épica extrema de la supervivencia, de la carencia de futuro y la memoria de un pasado que es una maldición.

El libro está dividido en dos partes. En la primera de ella, Aldekoa narra varios episodios que sucedieron en diversos viajes a los países recorridos por el Nilo donde apenas nos atreveríamos a poner el pie rodeados de un ejército. Uganda o Sudán del sur, por ejemplo. De hecho, los silencios extremecedores de los ejércitos de la ONU durante las matanzas y violaciones no nos dejarán dormir la noche siguiente a la lectura. A no ser que uno tenga horchata corriendo por las venas. Aldekoa da cuenta de su aprendizaje a viajar por estos lugares, la astucia necesaria, a la par que admira a la mujer africana. Como en casi todos los lugares del Tercer Mundo, mientras el hombre guarda la puerta de la casa, la mujer mantiene la dignidad de la familia: dobla el espinazo trabajando, cría a los niños indefensos, viaja kilómetros a buscar agua. Aldekoa limpia sus crónicas para compartir con ellos la pobreza y casi hasta su forma ya espectral, de la poca humanidad que les deja lo que han vivido.

La historia de Uganda e Idi Amín, la violencia de Sudán del sur incluido el nacimiento de Al Quaeda, los grupos armados, los rebeldes, la convivencia extrema con la muerte, hasta el punto de obligar a alguien a asesinar a su familia, todo eso, no impide que encuentre solidaridad en los límites de la herida, y nos conmueva. Así hasta que llega a una segunda parte, en la que emprende un viaje desde Etiopía acompañando a su hermano antropólogo y haciéndose pasar por tal. De esta forma, puede charlar con mayor libertad que si fuera periodista. Sólo así conoce el lado oscuro de Etiopía y su ley del silencio. Así es como da fe de la fuerza con que se vuelve a levantar gente que apenas puede mantenerse con vida. También atraviesa Egipto y comenta cómo se ha visto afectado el país tras la primavera árabe, que cambió todo para que todo permaneciera igual. Incluso en el país más conocido y donde los medios parecen tener algo más de libertad, el patrimonio de las piedras recibe mejor trato que los humanos. El éxito de los libros de Xavier Aldekoa es más que merecido. Como lo fue, por ejemplo, el de Alfonso Armada. Esperemos poder seguir viajando con él en el fondo y en la forma, leyendo sus libros y crónicas.

 

Martínez Llorca y sus grietas de luz

 

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