Alien: Covenant (2017), de Ridley Scott

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Por Mario Blázquez.

Vuelve a engañarnos, Ridley.

Esto no es una crítica de Alien: Covenant. Es un manifiesto, un pacto, casi un contrato vitalicio. Porque con Alien, a los que disfrutamos de su primera y segunda entrega, en VHS, incluso alguna de ellas en cine, nos pasa como con las nuevas entregas de Star Wars: nos encanta dejarnos engañar. Al menos, durante un par de horas, lo que dura el efecto sedante. Ante la noticia de una nueva entrega, las sensaciones oscilan entre el escepticismo, el temor, hasta desembocar en el autoconvencimiento días antes del estreno. Sabemos que el riesgo de profanación es alto, pero acudimos y, a ser posible, el mismo día del estreno.

Ridley Scott lleva tiempo alternando nuevas películas (Red de mentiras, El consejero, Exodus: Dioses y reyes, Marte) con retoques de sus obras más notables como Blade Runner (he perdido ya la cuenta de las versiones Director’s Cut que ha sufrido) o Alien. Si ha vuelto a ella, y más después del relativo descalabro de Prometheus, puede interpretarse como una rectificación, pero Prometheus no era la obra, Alien, la película de 1979, lo era, y esa no había que tocarla. La unanimidad suele ser un indicio fiable y, si Alien, como todas las buenas películas, sigue siendo un referente y sigue, a pesar de los años, ya casi 40, resistiendo ante las grandes producciones, no ya solo como clásico incontestable, sino también como ejemplo de buen cine y buen hacer, es por algo.

El problema de Alien: Covenant es que su punto de partida ya era complicado. Por un lado, hacer olvidar el fallido experimento de Prometheus, su obligada antecesora; y por otro, regresar al universo Alien, algo que se percibe incluso en los títulos de crédito, donde trata de homenajear a su matriz. La tan denostada Prometheus (aunque no creo que tanto, ni que lo merezca) ya era un híbrido que pretendía abrir una nueva historia basada en la creación de la humanidad, pero Alien: Covenant ya no podía seguir ese camino errado, debía desmarcarse de él, cargarse de un plumazo todo ese planteamiento. Así pues, Alien: Covenant ha dado como resultado una especie de hijo bastardo de Prometheus, y no reconocido por Alien. Una forzada precuela y secuela que deja no pocas dudas sobre el futuro de la saga.

Pero lo peor de todo es que ni se trata de una película espectacular, ni consigue dar miedo, supuestamente, los dos propósitos que se había marcado Ridley Scott. Tampoco ha funcionado ese intento de crear un personaje a la altura de la teniente Ripley, por mucho que se haya trabajado en copiar todos sus pasos. No sé si Katherine Waterston es buena o mala actriz, pero, desde luego, no es Sigourney Weaver.

Aun así, no todo es desastroso en Alien: Covenant: es oscura, tiene una parte filosófica interesante (los primeros cinco minutos son un claro homenaje a Blade Runner), no tiene tres finales, y tiene a Fassbender, que se apodera totalmente de todos los planos, incluso en los que no está. No hay factor sorpresa, pero ofrece lo mínimo con lo que conformarse: acción, guiños (también repeticiones), sangre ácida y corrosiva, dobles mandíbulas, huevos latentes y una tripulación de estúpidos y héroes. No es desdeñable, pero sí prescindible. No aporta nada a la saga porque, si de algo adolece, es de ahogarse en su autocomplacencia.

Con todo, tocará esperar a dentro de tres, cuatro años. Si Alien regresa, volveremos a no saber si se tratará de una secuela de Alien: Covenant, o una precuela, tal vez, de nuevo, el propio Ridley Scott siga sin saberlo. Entonces Alien: Covenant ya no nos parecerá tan mala. Prometheus quizá ya roce la reivindicación de obra de culto incomprendida. Renegaremos y fingiremos que no vamos a ver más, pero iremos, a ser posible, el día del estreno. No hay nada más placentero que dejarse engañar, durante dos horas, sobre la ceguera que provoca el pasado.

Vuelve a engañarnos, Ridley.

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