Colossal (2016), de Nacho Vigalondo

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Por Jaime Fa de Lucas.

Si por algo se caracteriza Nacho Vigalondo es por la originalidad de sus ideas, algo que ya se ha visto en obras anteriores como Los cronocrímenes u Open Windows. Siempre intenta aportar algo diferente y eso es algo que se agradece. Colossal no quiere ser menos: se establece una relación directa entre los ataques de un monstruo gigante a Seúl y las vicisitudes de la protagonista que reside en Estados Unidos. Si bien la premisa resulta bastante atractiva y los primeros pasos de la película son relativamente coherentes, el desarrollo de todo esto, así como su conclusión, son bastante pobres.

La protagonista vuelve al pueblo de su infancia para intentar poner orden en su vida, después de que su novio la echara de casa. Allí se reencuentra con una amistad del colegio y hace un par de amigos más. Y, por supuesto, descubre que hay una conexión espacial entre un parque del pueblo y Seúl, donde aparece el monstruo. A partir de aquí la incoherencia se materializa como si del monstruo se tratara, con la misma cara de susto para el espectador que para el habitante de la capital surcoreana.

El nacimiento de lo incoherente: la protagonista decide acostarse, no con su amigo de la infancia, que le hace todo tipo de favores y hasta le da trabajo, sino con el amigo de éste con el que ni siquiera interactúa en pantalla y no hay ni un atisbo de química. Así, la conducta de la protagonista es antinatural, contraintuitiva, inverosímil, y lo que es peor, revela que estamos ante una ficción, las costuras del guion de Vigalondo a la vista, pues esto sirve para impulsar ese roce entre los dos personajes que más adelante dará pie a un conflicto. Hay que mencionar que tras el intercambio de fluidos, este hombre pasa a ser un muñeco –más muñeco si cabe todavía–, no dice nada, no aporta nada, no hay desarrollo emocional con ella… lo que potencia otra vez esa sensación de que estamos ante una serie de artilugios narrativos.

No obstante, el principal problema de Colossal es que en ningún momento se aprecian las motivaciones de los dos personajes centrales. Se advierten las artimañas del guion, pero no lo que mueve a los personajes. Ella comparte lo del monstruo y el parque con su amigo de la infancia y éste descubre que él también aparece en Seúl, en forma de robot. Desde ese momento se dedica a hacer el mal y a divertirse con la miseria ajena. ¿Por qué? ¿Está enamorado de ella pero no le hace caso? Se insinúa algo de que se odia a sí mismo –con el infantilismo que eso conlleva, teniendo en cuenta que el hombre tendrá alrededor de 40 años–, pero ¿es eso suficiente para amenazarla con destruir Seúl si ella se va? Además de estas cuestiones, finalmente se plantea un dualismo básico, elemental, en el que ella se erige como protectora de Seúl y el amigo es el malo. Y luchan, tortazos por medio, y gana ella. Final feliz. Etc.

Demencial resulta la justificación de todo este conglomerado de sucesos y objetivos difusos que, además de innecesaria, da vergüenza ajena: si existe una conexión entre Seúl y el pueblo es porque cuando eran pequeños llevaban unas maquetas con un robot y un dinosaurio y les cayó un rayo encima. ¿Aplaudimos, nos echamos las manos a la cabeza o qué hacemos? Esta conclusión tan ridícula destroza por completo cualquier matiz positivo que podría quedar de una premisa con bastante potencial, pero que se ve arruinada por un desarrollo mediocre, casi como si esto fuera el sello personal del propio Vigalondo, pues es común a sus obras más recientes.

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