Los Relatos de Culturamas: Arrugas, de Rosa Guijarro

Autores, lectores,

Después de unas semanas desaparecidos, vuelven nuestros relatos. A lo largo de este verano iremos cumpliendo con los compromisos adquiridos durante estos primeros meses de vida con autores a los que teníamos ganas de ver en estas páginas. E iremos seleccionando más relatos para la vuelta al cole en septiembre. No dejéis de escribir, de leernos ni de mandar vuestras aportaciones.

A mediadios de julio Rosa Guijarro nos hace mirar hacia atrás y valorar las arrugas como lo que son, síntomas de lo ya vivido. Recuerdos. Nadie quiere tener arrugas, pero es peor no tenerlas. Todo es y todos somos como antes. Eso nos gusta creer de primeras. Pero no es verdad. Casi nunca lo que nos gusta creer es verdad.

Disfrutad del relato

Podéis descargarlo aquí Arrugas, Relato Culturamas 17 de julio

Y no olvidéis que nuestra convocatoria sigue abierta

Lector, escritor, los relatos de Culturamas te esperan

Arrugas

Rosa Guijarro

La cena se desarrolla como todas, una pura verborrea grupal bañada en vino. Pepa explica algunas anécdotas graciosas de la profesora de la facultad a la que tanto odiábamos. Aquella que nos hacía realizar eternos y aburridos trabajos para dotar de créditos a una absurda y obsoleta asignatura. Toni y Judith no paran de reírse recordando a aquél otro profesor que miraba al techo sin parar cuando daba clases. Dicen que tenía algún tipo de tic nervioso que no le permitía mirar a la cara de sus alumnos. A mí ahora, al recordarlo, se me eriza hasta el vello de los brazos del repelús que me produce. Aquél profesor era un pájaro raro y no solo por el hecho de mirar las juntas esquineras en el techo, en lugar de mirar a los ojos de sus alumnos. Una compañera de la facultad me explicó que una vez se intentó propasar con ella. Así que era más bien un cerdo seboso que sudaba la camisa a chorros viendo a las jovencitas en sus pupitres y que se ocultaba tras ese tic para no excitarse demasiado. Pedimos tres botellas de vino más, somos veinte en la mesa, y la primera ronda ya ha corrido como la espuma. Olga se sirve el vino como si de Coca cola se tratara llenándose la copa hasta el borde. Cada vez está más colorada y parece que se le van a salir las pecas con tanta risa. Sergi a su lado se agita nervioso porque como es fumador compulsivo todavía no lleva bien lo de no poder fumar en los restaurantes. Cada vez que puede se lía uno y se escapa a la calle a fumar.

Cuando la segunda ronda de vino empieza a estar en la reserva, algunos se ponen melancólicos, como Pau, que no para de recordar los viejos tiempos. Se pone entre tonto y pesado con lo de que tenemos cuarenta. Bueno no todos, porque también tenemos nuevas adquisiciones en el trabajo, como Carla que acaba de cumplir los treinta y no sabe quién es ni Chimo Bayo ni la ruta del bacalao. Estallamos en risas, porque nos parece inconcebible que alguien no sepa quién es el rey del “éxtasis y extano”. La ponemos en antecedentes y la pobre se ruboriza pensando en cómo se bailaba y que se consumía en nuestra época. Es otra generación, que no ha sufrido los estragos de las drogas y el desfase; pero que por el contrario está viviendo otra debacle, como la de no tener un empleo fijo o la imposibilidad de emanciparse. Tanto Carla como Lara, las benjaminas del grupo, viven con sus padres y están en la treintena. Nosotros a su edad ya teníamos ese tema medianamente arreglado. Pero eso es tema para otro cuento.

La cena discurre en su previsibilidad habitual, más vino, más copas, más risas y más recuerdos teñidos de melancolía. Eva y Sergi recuerdan cosas sobre el bar de la facultad, la cantina, los menús de mil pesetas y los porros que corrían por las mesas e incluso por las clases. Recuerdo hacer los exámenes fumando, increíble, si piensas que la ceniza y la colilla iban directamente al suelo del aula. Menuda guarrada, pero era así, todo el mundo fumaba en clase, profesores incluidos.

Iban empieza a explicar su anécdota habitual, sobre “Jesusito de mi vida que me quede como estoy”. Es algo habitual en él y también en muchos de nosotros, compararnos con la gente de nuestra misma edad. Yo antes lo hacía con más regularidad, pero todavía hoy tengo esa manía de tanto en tanto. Viene un usuario, le haces el carnet, a ti te parece un viejo, gordo y calvo seboso, piensas que tiene diez años más que tú, cuando zas, le miras el año de nacimiento para introducirlo en su ficha, y mierda, ostia, es del mismísimo año que tú. Y es entonces que piensas “que bien que estoy Mary Pili”, o “Jesusito de mi vida que me quede como estoy”, porque hay gente que está muy muy dejada. No podemos contenernos las risa, porque resulta que más de los que pensábamos tenemos ese curioso ritual en el trabajo. Reímos y reímos sin parar, y es entonces cuando pedimos la nefasta tercera ronda de vino, la que nos llevará a unos pocos a un destino escrito ese mismo día de antemano.

Siguen las anécdotas, las mejillas cada vez más sonrosadas, efecto del calor y del vino. Hemos acabado los postres y nadie parece tener prisa, a pesar de que algunos trabajan en el turno de fin de semana y a la mañana siguiente tienen que madrugar. Las risas se mezclan con las carcajadas de algunos. Como es habitual se forman pequeños grupos, que luego se abren para hablar y poner en común con los demás. Círculos que se abren y círculos que se cierran. Quieres pillar lo que habla aquél grupo que está en el extremo opuesto de la mesa, y como no lo logras lanzas una frase al aire para ver si aceptan contestar. Y pasa, lo hacen, la conversación se agranda; se habla de muchas cosas y de nada a la vez. Una frase por la izquierda habla acerca del pasado, una frase a la derecha habla de futuro, los niños y el colegio. En frente se huele de nuevo a nostalgia, alguien habla de música tecno, de afters y de noches de insomnio. En el lateral, las benjaminas hablan sobre entrevistas de trabajo que parecen ciencia ficción mezclada con algo de literatura distópica. Porque ahora en las entrevistas de trabajo te puedes encontrar de todo. Bochornosos comentarios sobre tu perfil en Facebook o en cualquier red social salen a la luz. Parece tener más valor tu reputación online que tu currículum.

Llevamos más de tres horas en el restaurante cuando amablemente el dueño nos hace la cuenta y nos ofrece los tan temidos chupitos. El jolgorio no se hace esperar, a cual más avispado. Unos piden Fray Angélico, otros melocotón y otros licores de frutas igual de edulcorados, los más osados se atreven con los licores de hierbas y aguardiente. En menos de veinte minutos estamos todos en un estado de efervescencia tal, que solo hay dos opciones: irse a casa con todo el pedal, que es lo que hace la mayoría, o continuar con la ingesta de alcohol en algún bar musical de Gràcia.

Tras la despedida con el resto del grupo en el metro de Lesseps, solo quedamos los más desfasados: Pau, Sergi, Olga, Iban, Eva y yo. Nos encaminamos a un bar que dice Sergi que está bien y que podemos estar tranquilos charlando con una copa. Cuando llegamos al local, parece que éste ha cambiado de nombre. Barcelona cambia muy rápido de nombres, y lo que ayer se llamaba de una manera hoy pasa a llamarse algo más cool o más vintage. Aunque no deja de ser el mismo perro con distinto collar. Entramos en el bar y una música atronadoramente comercial inunda nuestros pabellones auditivos, a la vez que una cincuentena de cuerpos se mueven por todos lados y en todas direcciones. Avistamos una zona un poco reservada al fondo para poder hablar sin gritar y nos sentamos. Pedimos más de lo mismo, porque a los cuarentones no se les da bien mezclar y nos obsequiamos con otra de vino blanco de la misma calidad que la de la cena. Las conversaciones cruzadas no se hacen esperar. Unos hablan de una cosa, otros de otra. Escucho como Olga y Sergi no paran de rajar sobre aquella compañera que es un palo y que se cree que es más jefa que la mismísima directora. Iban y Eva hablan de las últimas pelis que han visto, y entre medio dejan colar alguna frase o bien sobre el reciente divorcio de Eva o de la crisis matrimonial de Iban. Pau y yo, como siempre, hablamos de los viejos tiempos, de hace veinte años, de cómo éramos, y de cómo somos ahora. Voy al lavabo y cuando vuelvo lo cierto es que me siento extraña, porque durante el tiempo en que me he mantenido ausente en el baño, me da la sensación de que mis compañeros ahora saben más cosas sobre mí. La sensación de desnudez debe ser mutua, porque a cada trago de vino más hablamos, más desnudos nos sentimos, y una falsa sensación de fraternidad parece unirnos en medio de la noche. Hablamos, vamos al baño, pedimos otra botella de vino. Hablamos, vamos al baño y de pronto el camarero nos trae unos vasos de plástico, son las tres, el bar está a punto de cerrar.

Ya en la calle, con nuestros vasos de plástico, nos sentimos expulsados a una ciudad que nos cierra sus puertas a las tres de la mañana. Iban se despide, con la que tiene liada en casa con su mujer no le interesa llegar muy tarde, las crisis ya se sabe. Bajamos a prisa entre conversaciones y risas, en un intento porque el Alfa no esté cerrado: un lugar donde tomar algo y bailar, pero sin ser discoteca pura y dura. Cuando llegamos al final de Gran de Gràcia vemos una cuarentena de personas a las puertas del Alfa, son las tres y media y también está cerrando. Nos fastidia sobre manera tener que dejar el buen rollo que llevamos así sin más, tan solo porque los bares cierran.

La idea, pensamos un poco al unísono, sería coger el metro y plantarnos en Plaça Reial e ir al Karma o al Sidecar. Son discotecas sí, pero no se paga entrada y la música es rock y pop de todos los tiempos. Pero parece que la pereza nos vence, tenemos veinte minutos de metro, el vino empezará a bajarnos hasta los pies, llegaremos a las cinco allí, no vale la pena para salir de allí a las seis.

Y es entonces cuando vemos el rótulo, al girar los Jardinets con calle Córcega, un neón de un azul intenso y chillón que en nuestro imaginario personal es como la cosa más “va de retro” que podemos imaginar: “Imperator”. Nos paramos en frente de la discoteca, solo nombrar su nombre provoca en nuestras cabezas una profunda señal de desaprobación. Y la vez decimos, o entramos aquí o nos vamos para casa, porque a la hora que es, o es esto o nada. Olga, Eva y yo nos miramos con los ojos como platos, la duda se instala en nuestro rostro. Pau y Sergi no dejan de reírse, que si un día es un día, que esto quedará entre nosotros, que si tal y que si cual. En menos de un minuto estamos pagando en la taquilla nuestra entrada con consumición.

Ya en la entrada habíamos observado un poco el panorama que podíamos esperar en el interior del local, pero una vez dentro la cosa se pone mucho más y más grotesca. Para empezar la música es de un hortera que duele allí en lo inimaginable, por otro lado no paramos de ver a señoras muy entradas en la cincuentena con vestidos de mercadillo muy arrapados. Algunas llevan la melena crepada como si acabaran de salir de Saturday night fever. La visión se torna todavía más esperpéntica cuando veo a alguno de los hombres sexagenarios, que abundan más que otra cosa, intentar ligar con Eva. Yo, en un intento por persuadir al tipo me ofrezco a bailar con ella agarrándola por la cintura y sacándola del campo de visión del abuelito. Los chicos, Pau y Sergi, corren el mismo riesgo y son todo un éxito en la pista, no paran de acercárseles algunas señoras con escotes de vértigo pero ellos hacen como si nada. Cuando dejo a Olga y a Eva bailando en un lugar seguro de la pista me aventuro a por mí consumición en la barra sorteando a grupos que bailan por la pista. Cuando llego a la barra, un barman que podría tener la edad de mi padre me pregunta qué deseo.

Cuando tengo mi gintonic me apresuro a la pista con pasos bailongos. Al fin y al cabo aunque el local más parece un geriátrico que una discoteca y la música es pachangera a más no poder, nos lo estamos pasando muy bien. Ya en la pista, no puedo dar crédito a lo que mis ojos intentan enfocar; Olga y Eva están encantadas bailando con dos yayos de sesenta y muchos, la mar de alegres, y eso que todavía no han hecho uso de sus tickets de consumición. Al otro lado de la pista veo a Sergi y Pau enamorados de la vida bailando a la par con sendas señoras de licra y lentejuelas. La visión es esperpéntica pero me hago la loca y empiezo a bailar como si estuviera poseída por momentos. No lo entiendo, en otro contexto renegaría de este tipo de música pero es como si me sintiera transportada en el tiempo y me sintiera un poco como Raffaella Carra. A cada acorde la cosa empeora. La música es de un revival abrupto, pero contra más hortera más me afano a bailar y bailar acompañada por el combustible del gintonic y por algunos señores que se me acercan cada vez más y más. Uno de ellos intenta arrimarse más a mí, y por increíble que parezca no le hago ascos. Empiezo a pensar que el gintonic me está haciendo más efecto del debido, porque lo cierto es que me dejo agarrar por uno de los señores (que no está nada mal) y empiezo a bailar con él como si se me fuera la vida en ello.

La música degenera del revival al reggaetón en pocos minutos y es entonces cuando no entiendo qué coño hago bailando canciones de Enrique Iglesias. Empiezo a pensar que en la bebida nos han puesto algo porque detecto un fuego imparable que siento que solo puedo quemar bailando sin parar. Por unos momentos me olvido de todo, de dónde estoy, con quién he venido y dejo que mis pies se liberen por la pista junto a mi gentleman. Parece que los minutos son horas y que el tiempo se extiende por una cinta elástica y flexible. Veo luces, destellos, todo gira, y siento que me elevo sobre el suelo, a la vez que un ligero mareo me atrapa desde la sienes, luego caigo en algún lugar frío poco a poco, lentamente, cuando abro los ojos todo es blanco y neutro, no sé dónde carajo estoy.

Cuando me recupero lentamente distingo a Eva y a Olga, creo que son ellas, porque las noto distintas, mirándome desde el otro lado del baño. Digo que están diferentes porque las veo más viejas, más cansadas, como si hubiera pasado una década entre esta noche y este momento. Parecen pasadas por un filtro, como el de esas aplicaciones en las que puedes tunearte para parecer diez años mayor o diez años más joven, y ellas hubieran elegido lucir más viejas. Dónde Olga antes tenía pecas graciosas, ahora tiene manchas oscuras en la piel, su pelo es de un gris plateado aunque mantiene su peinado gracioso a lo Amelie. Sus patitas de gallo ahora son unas arrugas profundas alrededor de sus ojos y su cuello parece una bayeta estrujada por debajo de su cabeza. Eva tiene todavía más entradas y su frente muestra líneas profundas, como las pautas de las hojas de las libretas que utilizábamos cuando éramos pequeñas. Su pelo sigue estando largo, pero es de un color más ceniza y sin brillo. Sus pómulos ahora más prominentes caen abruptos sobre su rostro, mostrando un cansancio infinito.

Se aproximan al ver que me reanimo, me llenan de besos y me miman. Parece ser que he caído redonda en la pista, me explican, y que he vomitado hasta la papilla de la comunión. Sonrío, por un momento había llegado a pensar que había traspasado al otro lado. Las dos ríen y ríen sin parar, cuando recuerdan con quién han estado bailando hasta hace apenas unos minutos. No les digo nasa sobre su aspecto, porque todavía estoy muy aturdida. Nos reímos las tres con una locura de complicidad extraña, mientras me reincorporo y me limpio las babas de la comisura de los labios con un kleneex. Me miro en el espejo para arreglarme un poco, y me sorprendo dando un grito al ver que no me reconozco. Mi pelo está mortecino, apagado y plagado de canas grises. Dos surcos profundos han nacido bajo mis ojos, la piel de mis mejillas está flácida y cae hacia abajo dibujando una mueca dónde antes había una piel madurita pero todavía tersa y medianamente estirada. Por encima del labio, en el bigote, unas arrugas pequeñas pero profundas enmarcan mis labios más finos ahora y casi sin carne. Observo mis manos llenas de manchas y arrugas como si fueran de pergamino. No entiendo. Las miro, me miro, nos miramos las tres sin comprender. Qué está pasando.

Salimos de nuevo a la discoteca, no queda nadie, las luces están encendidas y se escuchan ruidos de vasos chocar contra la fregadera de la barra. De fondo se oye tenuemente la canción de aquél programa de la tele de los años 60: “Vamos a la cama, que hay que madrugar”. En el centro de la pista vemos a dos tipos añosos, encorvados sobre sí mismos, sienes plateadas uno, calvo el otro; que no dejan de bailar con pasos acompasados la esperpéntica melodía. Me acerco junto a Eva y Olga hacía los dos señores, los observamos reconociendo al instante a Pau y Sergi. Sergi que ya tenía poco pelo ahora está completamente calvo. Aunque de todos es el que mejor ha envejecido. Mantiene la misma sonrisa y sus ojos azules aunque más entornados por las arrugas que ahora pueblan su contorno, continúan brillando con la misma intensidad. Pau sin embargo está más flácido, su cara que antes tenía gravada por un pasado duro de acné, ahora parece más bien un cráter abierto donde aflora a pesar de todo su sonrisa. Nos miramos los cinco incrédulos y expectantes a partes iguales, nadie dice nada. Nos decidimos a salir. Cuando estamos en la calle, pasamos desapercibidos entre la muchedumbre cincuentona y sexagenaria que se agolpa en la acera a las puertas de la disco. Nadie repara en nosotros, ni tan siquiera nosotros mismos. Empezamos a bajar por Paseo de Gràcia con paso lento y en el ambiente se nota algo que no nos atrevemos a expresar con palabras. Eva se despide en la primera boca de metro de la línea verde: hasta el lunes, dice, con una media sonrisa en la boca. Olga y yo la abrazamos, no sabemos por qué, pero necesitamos hacerlo. Unos minutos más tarde, Pau se despide en el cruce de Paseo de Gracia con Provenza, se va para casa caminando, lo miramos y empezamos a reírnos los cuatro al unísono. Vaya pintas le digo yo, ten cuidado bajando hasta casa no te vayas ligar a una señora del Eixample, majo. Seguimos riendo y riendo y le saludamos los tres con la mano mientras lo vemos hacerse pequeñito en la distancia. Sergi, Olga y yo, seguimos hasta la boca de metro de Diagonal línea azul. No sé de qué hablamos, pero no paramos de reírnos, como si estuviéramos dentro de una especie de chiste contagioso que no nos dejara pensar. Cuando llegamos al metro, yo me desvío hacia el andén de Vall d’Hebrón y Olga y Sergi en el de dirección Cornellá. Nos miramos una vez más, nos cogemos de las manos y nos damos un abrazo nuevamente. Olga me dice que hay que repetir, que noches así existen pocas, Sergi dice lo mismo, hay que repetir. Los veo alejarse bajando las escaleras y ya en el andén los vuelvo a observar a lo lejos como dos figuritas de pesebre. Olga alza los brazos saludándome des del andén, está loca de contenta, lo ha pasado muy bien, Sergi a su lado sonríe, también lo ha pasado bien.

Una vez sentada en el vagón de metro reviso mi bolso y busco el espejito dentro de mi neceser. Me miro y me observo aliviada, las canas han desaparecido casi por completo, la piel del contorno de mis labios vuelve a estar medianamente tersa, los surcos bajo los ojos parecen haber desaparecido. Todo parece estar en orden, al menos de momento.

Rosa Guijarro Paredes, licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona y Diplomada en Biblioteconomía y Documentación por la misma universidad, trabaja como bibliotecaria en una biblioteca pública en Barcelona.

Tiene diversos relatos publicados: “Ciro 2.0” por Wolder Electrónics; 3er premio con el relato “Borrados” en el IV certamen dels Jocs Florals del barrio del Congrés-Els Indians de Barcelona. “Bookmark” publicado en la antología Sueños de editorial Ojos Verdes. Finalista con “Al otro lado del jardín” en el XIII Concurso de Relato Corto y poesía Caños Dorados Fernán Núñez de Córdoba. 1ª mención especial por su relato “Borrados” en el III Certamen Carlinga de Relatos cortos de Ciencia Ficción de la editorial Carlinga (Sevilla). A.V.E” publicado en el libro: El Placer de las curvas y otros relatos pecaminosos. Editorial Pukiyari.

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