Kazuo Ishiguro, arquitecto

Por Rebeca García Nieto

 

De Ishiguro se ha dicho que algunas de sus obras son como el coitus interruptus, o para ser más exactos, como el coitus non performatus, que se interrumpe antes incluso de haber comenzado: por alguna razón, sus protagonistas no reúnen el valor necesario para reconocer sus sentimientos por la persona que aman (un ejemplo prototípico es el mayordomo Stevens, protagonista de Lo que queda del día, Premio Booker 1989), los secretos no llegan a ver la luz del día, las tramas se repiten en diferentes variantes pero no siempre se resuelven.

Como contrapartida, se ha dicho también que la estructura de sus novelas es impecable. En este sentido, se podría decir que, más que un escritor, Kazuo Ishiguro es un arquitecto. Antes de empezar una novela, el autor pasa años probando diferentes espacios imaginarios, marcando fronteras, acondicionando el escenario para alojar a sus personajes. Después deja que estos se tomen todo el tiempo que necesiten para acomodarse antes de instalarse definitivamente en él. Del mismo modo, a los lectores les lleva también un tiempo aclimatarse a las extrañas atmósferas que crea, y ahí estriba en parte la dificultad que tienen novelas como Los inconsolables.

Es probable que la desubicación que sienten algunos lectores al leer a Ishiguro guarde alguna relación con la desubicación característica del propio autor, que pasó la infancia entre dos continentes. Nacido en Nagasaki, llegó al Reino Unido cuando tenía cinco años. Creció con la idea de volver a Japón de manera inminente (de hecho, sus parientes le enviaban material escolar para prepararse para la vuelta a su antiguo colegio), pero él y su familia permanecieron en Inglaterra. A pesar de eso, cuando fue incluido en la lista de mejores escritores británicos jóvenes en 1983, todavía no era ciudadano británico. Al igual que el propio autor, los protagonistas de sus primeras novelas, Pálida luz en las colinas y Un artista del mundo flotante, viven a medio camino entre el Este y el Oeste, incapaces de seguir las tradiciones y rituales que regían su vida en su país natal y de asimilar las de su país de adopción.

A juzgar por sus novelas, independientemente de lo que ponga en su pasaporte, Ishiguro nunca ha dejado de ser ese chaval japonés que se mudó a una pequeña ciudad del condado de Surrey, al sur de Inglaterra. Como Nabokov, que siempre llevaba consigo buena parte de Rusia (su literatura, su idioma y su infancia), Ishiguro ha sido capaz de preservar en gran medida los restos de su Japón natal. De hecho, al adentrarse en algunos de sus libros, los japoneses no se sienten tan desorientados como los occidentales. A pesar de que la prosa de Ishiguro se caracteriza por su precisión (su cadencia parece marcada por un metrónomo, las comas y los puntos de las frases se suceden con puntualidad británica), a los anglosajones el inglés de Ishiguro les resulta artificial y carente de matices emocionales. En cambio, a los japoneses, como ha dicho el propio Haruki Murakami, incluso las escenas típicamente británicas de Lo que queda del día les resultan familiares; por así decirlo, les resulta natural imaginar al mayordomo Stevens haciendo una reverencia al estilo japonés después de servir el té de las cinco. Esta novela, para muchos su obra maestra, representa un cruce de caminos entre ambas culturas: el refugio en tiempos pasados versus la realidad del presente o la resistencia al cambio eran comunes en la Inglaterra y el Japón de antes de la guerra. Además, Lo que queda del día es una lección de sutileza, no sólo por el monólogo de Stevens, hecho a base de matices y silencios, sino por la forma en que está construida: sin apenas estructura, trama, personajes o diálogos, y con un estilo muy cuidado como único punto de apoyo, el arquitecto Ishiguro consigue que la novela se sostenga sin venirse abajo.

Menos conseguidas, en cambio, son las novelas de corte kafkiano en las que Ishiguro se embarcó tras conseguir el Booker (Los inconsolables y Cuando fuimos huérfanos). En ellas el estilo cede terreno a una trama marcada por los encuentros improbables y las coincidencias inverosímiles. En Los inconsolables, el lector acaba completamente desorientado en la mente laberíntica del narrador; en Cuando fuimos huérfanos, la trama y su resolución resultan poco convincentes (el protagonista, Christopher Banks, vuelve a Shanghai para buscar a sus padres y, de paso, salvar al mundo de su destino). Las parábolas de Kafka siguen despertando el interés de los lectores de medio mundo porque abordan temas universales que han preocupado al hombre desde el principio de los tiempos. El proceso es una metáfora de la condición humana: al nacer el hombre recibe su sentencia de muerte, sin saber quién lo ha condenado, cuál fue su delito y sin poder apelar a una instancia superior. Kafka no se recreó en el extraño sistema jurídico, ni en los recovecos de su famoso castillo, porque sí, sino para sondear en angustias típicamente humanas, como la búsqueda de un lugar en el mundo y el sentido de la vida. Ishiguro, sin embargo, parece estar más fascinado por los entresijos de los laberintos mentales donde encierra a sus personajes que por la posible significación de los mismos.

Un intento de parábola existencial es Nunca me abandones. En su última incursión en la novela, Ishiguro aborda preocupaciones existenciales, como la mortalidad, bajo el disfraz de la ciencia ficción. El internado inglés donde transcurre la novela, Hailsham, es en sí mismo una sentencia de muerte similar a la que recibió Josef K. en El proceso. Aunque, en muchos sentidos, representa una vuelta al Ishiguro de Lo que queda del día, Nunca me abandones no acabó de convencer a los críticos. Las relaciones afectivas entre los personajes están bien trazadas, pero a nivel estructural la novela hace aguas. El abrupto final, en que se atan todos los cabos sueltos al estilo del final de Psicosis, no es un broche a la altura del resto de la novela. De todas formas, aunque hasta ahora no haya conseguido escribir una novela que supere el altísimo listón que colocó con Lo que queda del día, hay que reconocerle al autor su valentía. Mientras otros autores explotan las misma fórmulas una y otra vez, Ishiguro no tiene miedo de innovar. Puede que a veces sus laberintos hayan resultado ser un callejón sin salida, pero al menos ha intentado explorar nuevos caminos literarios. Y eso, a mi modo de ver, es siempre de agradecer.

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