“Bodas de sangre” de García Lorca, según Pablo Messiez

Por Horacio Otheguy Riveira

Mucha y nefasta alteración del texto original. Empieza con prólogo inexistente, un texto que viene de otra pieza de Lorca, aquí “aderezado” con una mujer desnuda que se pasea largo rato por el escenario vacío, y cuando se pone a hablar nos advierte que no hemos venido a divertirnos, sino a conmovernos; poco después veremos al padre de la novia interpretado por una mujer en un alarde de grotesco travestismo con elegante apariencia.

Una actualización con mucho juego desentonado, en la que un interesante hombre de teatro como Pablo Messiez (actor, autor, director) deja en ridículo una obra maestra de exquisita combinación de costumbrismo y poema trágico atemporal. Con muy buenos trabajos aislados (Julián Ortega, Estefanía de los Santos, Francesco Carril, y sobre todo Carlota Gaviño como la Novia), es la grandeza incomparable de Gloria Muñoz la que se salva de una dirección sin rumbo y aporta la dimensión trágica de unas Bodas de sangre convertidas en barullo seudomoderno.

 

De izquierda a derecha: Julián Ortega, Gloria Muñoz, Estefanía de los Santos, Carmen León (de blanco, como el Padre de la Novia), y de pie, la Novia, Carlota Gaviño.

 

El afán de enmendar la plana a García Lorca y sus Bodas de sangre, llevan a Pablo Messiez (El cínico, La piedra oscura, Todo el tiempo del mundo) a una actualización extremadamente frívola.

Estrenada en 1931, hoy lo mismo que entonces se trata de una obra de vanguardia escrita en prosa y verso, a partir de hechos reales ocurridos en una región de Andalucía, desbordada por la pasión de unos jóvenes a contracorriente de su cultura y sus propias presiones cotidianas. El costumbrismo de la época es reinventado escénicamente por un texto que combina prosa y verso en asombrosa amalgama y capacidad de síntesis.

Ahora nos llega una versión que recompone en gran medida el texto original esgrimiendo poemas y canciones del propio autor (y tal vez otros), al servicio de unas ideas muy pobres, con escaso contenido claramente deslucido por una puesta en escena de rara frivolidad que quita páginas valiosas y adorna torpemente otras; recompone la fiesta de la boda recargada de lugares comunes con una joven que nos da su espalda desnuda mientras gesticula imitando a Juanita Reina, cuya voz y estilo conmociona el escenario subrayando lo obvio: “Te quieroooo más que a mi vidaaaaa” (1), y como si no fuera suficiente despropósito, poco después una voz en off arremete con otra canción: “Soy lo prohibido”.

Entre los versos arrancados de cuajo, he aquí uno que debería cantar en voz poética La Criada (y que Estefanía de los Santos cubriría maravillosamente); una canción de amargo presagio:

Galana de la tierra,

mira cómo el agua pasa.

Porque llega tu boda

recógete las faldas

y bajo el ala del novio

nunca salgas de tu casa.

¡Porque el novio es un palomo

con todo el pecho de brasa

y espera el campo el rumor

de la sangre derramada.

Giraba,

giraba la rueda

y el agua pasaba.

Porque llega tu boda, 

deja que relumbre el agua!

 

Entre ausencias de peso, monumentalidad escenográfica que no viene a cuento, y añadidos que producen vergüenza ajena (como cuando se mete con calzador aquello del Romancero gitano: “… y yo que me la llevé al río pensando que era mozuela…”) se ha plasmado un conjunto de arbitrariedades como hace tiempo no se veía en una sala de esta importancia en Madrid. Y esto no es nada, pues la escena de los leñadores en el bosque que comentan la fuga de la pareja se convierte en un ménage à trois de invitados de la boda con desnudo integral en penumbras. Después del gozoso amor, entonces sí, se vuelven a vestir y dicen el texto correspondiente con voz blanca, sin matices, como si no fuera con ellos. Todo ello sirve de prólogo a la escena clave de la pareja atormentada por una pasión frustrante (el gran aporte de la tragedia lorquiana) que acabará siendo criminal, con intérpretes que se dejan el alma… pero iluminados por ellos mismos con linternas, de tal manera que muchos espectadores del patio de butacas se pierden la bella intensidad del texto esforzándose por ver bien sus rostros y movimientos.

Ninguna emoción bien expuesta y desarrollada hasta la gran escena final de Gloria Muñoz, quien carga con el personaje más duro de la obra y entra de lleno en el desgarro contenido producido por una gran actriz cuyos silencios y mínimos gestos nos devuelven la portentosa riqueza de un texto genial.

Juanita Reina rediviva con Quintero, León y Quiroga: anacronismo inexplicable.

Magistral Gloria Muñoz en un momento sublime (foto de ensayo).

(1) Letra de la copla de Quintero, León y Quiroga, Y sin embargo te quiero, que muchas cantantes españolas bordaron, pero que Juanita Reina interpretó con el rotundo estilo de su genuino dramatismo. Un asunto históricamente muy valioso en el contexto de la música popular de los años 30-40, que en esta obra resulta fuera de lugar al subrayar lo obvio:

… Te quiero más que a mis ojos,
te quiero más que a mi vida,
más que al aire que respiro
y más que a la madre mía.

Que se me paren los pulsos
si te dejo de querer,
que las campanas me doblen
si te falto alguna vez.

Eres mi vida y mi muerte,
te lo juro, compañero;
no debía de quererte,
no debía de quererte
y sin embargo te quiero.

BODAS DE SANGRE

Autor: Federico García Lorca

Versión y dirección: Pablo Messiez

Intérpretes (por orden alfabético): Guadalupe Álvarez Luchía, Pilar Bergés, Francesco Carril, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, Claudia Faci, Carlota Gaviño, Pilar Gómez, Carmen León, Gloria Muñoz, Julián Ortega, Estefanía de los Santos, Óscar G. Villegas

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz

Iluminación: Paloma Parra

Espacio sonoro: Óscar G. Villegas

Fotos: marcosGpunto

Teatro María Guerrero. Del 18 de octubre al 10 de diciembre de 2017

ENCUENTRO CON EL PÚBLICO: jueves 16 de noviembre al finalizar la función.

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