“Desde la tierra”: cautivante historia de una rebelión

Por Horacio Otheguy Riveira

Un espectáculo sugerente, de atmósfera expresionista donde determinados simbolismos se presentan con sencillez naturalista. Una puesta en escena muy atractiva de Luis Luque para un texto de Paco Bezerra, Premio Nacional de Teatro 2009. Ha tardado ocho años en estrenarse, pero sin duda ha valido la pena. En el camino se le han ido montando obras muy interesantes como El pequeño poni, pero esta Desde la tierra brota con fuerza en un espacio mágicamente ideado por Mónica Boromello poblado por un gran elenco.

 

La implacable voracidad económica y el rechazo brutal a cualquier atisbo de rebelión se presenta con rico lenguaje y gran poder de síntesis. Se logra un deslizamiento de secuencias que pone el mundo boca abajo como si hoy viviéramos la crueldad del feudalismo, con sus terratenientes entregados de lleno a una costosa producción que brota del sufrimiento ajeno. Parábola del rebelde que, indefenso, se enfrenta al poder. Metáfora impecable con preciosos tomates cargados de veneno en una sociedad cada día más tóxica.

Paisaje de tierra y árboles desgarrados con que una formidable Compañía de teatro nos entrega un espectáculo insólito, por demás audaz, arrojada al enigma, sin miedo a caer en el hermetismo, con su dosis de misterio bien templada, de silencios yuxtapuestos, de palabras lanzadas a un viento de dramática poesía, de notable intensidad escénica.

Una densidad que se recrea estupendamente en el espectador que ha de reconstruirlo todo al final de una función que, durante todo el tiempo, se sigue con gran interés, pues también conlleva una aventura excitante en manos de un joven levantisco que nunca se da por vencido:

Indalecio.- Escribir es como desvelar un misterio. No hay mapas que lleven a tesoros ocultos y nunca hay una equis que indique el lugar. No lo digo yo, lo dijo Indiana Jones en La última cruzada. ¿Sabes que muchas de las escenas de esa película se rodaron ahí, justo detrás de esa montaña? Qué Alejandría ni qué Alejandría. En el cine todo es mentira. ¿A ti te gusta el cine? 

Farida.- A mí me gustas tú.

Indalecio.- ¿Te he contado alguna vez mi sueño? (No hay réplica) Estoy dentro de este invernadero, tirado, en el suelo. Al fondo: mi padre y mi hermano José Antonio se marchan. Tengo las manos sucias y me duele el estómago. Sobre mi cuerpo alguien ha dejado un pico. Me lo quito de encima, me levanto rápidamente y salgo del invernadero. Fuera me los vuelvo a encontrar y, juntos, volvemos a casa. Una vez dentro, comienza a llover. Pero no es agua lo que cae del cielo. Es tierra. Los remolinos y las corrientes de aire pasan por los desiertos, suben hasta el cielo y la dejan allí arriba, atrapada entre las nubes. Ocurre con la tierra pero ocurre con más cosas.

Un sueño que da libertad a una acción; un sueño que puede ser un presagio rumbo a un final que, sin embargo, es tan sorprendente como un poema largamente esperado…

En un reparto con intérpretes de ya larga trayectoria, destacan especialmente los más jóvenes; la breve participación de Mina El Hammani, cuyo dulce castellano confirma la dimensión lírica de su personaje en un mundo hostil, y el protagonismo de Samy Khalil como Indalecio, el gran rebelde y soñador impenitente que no cejará en su lucha contra la crueldad del sistema ideado por su padre para ganar más dinero caiga quien caiga. Khalil fue la gran sorpresa de un espectáculo todo él impactante, El señor de las moscas en 2014, había debutado un poco antes con una versión de Fuenteovejuna, Lope de Vega/Juan Mayorga, todo producido por La Joven Compañía donde también participó en otras obras hasta cubrir más de 300 funciones. Ahora llega a esta representación donde, con el mismo talento descubierto entonces y más experiencia, se entrega de lleno a las desventuras y esperanzas de un hermoso personaje. Su evolución no pudo encontrar mejores compañeros de ruta para seguir aprendiendo, tales como Chete Lera, padre feroz cuya singular vocalización le hace temible con solo emitir cualquier sonido; Raúl Prieto, hermano cómplice, brazo derecho del horrendo progenitor, dueño de una violencia que cuando se quiere convertir en mansedumbre resulta más peligrosa; Jorge Calvo, el hombre que padece una terrible enfermedad de la piel, que parece levitar cuando habla con su hermano caído en desgracia; ángel desolado con una musicalidad en los textos propia de un actor al que he visto cantar y bailar con una soltura admirable (El eunuco); Pepa Rus, un frente de aire fresco que intenta ayudar, que aporta una juvenil prestancia en un punto justo de vitalidad, conteniendo la chispeante vis cómica característica de la actriz.

Y por último, la gran Julieta Serrano en un personaje clave, el único que viene de fuera del circuito del invernadero, curandera libremente inspirada en la madre del autor. Con su dominio de la ironía y la energía de quien ya está de vuelta de todo, aporta gracejo grande, humor ingenuo, frescura entrañable.

 

Un amor excelso donde dicen que es imposible. Mina El Hammani y Samy Khalil.

 

Jorge Calvo, atormentado solitario; Pepa Rus, la mujer vitalista que quiere ayudar a quien lo merece; Julieta Serrano, la curandera buena con sentido del humor. Y detrás, Mina El Hammani, la joven árabe ensoñada.

 

Sentado, Chete Lera, el padre terrible; a su lado, Raúl Prieto, el duro hijo obediente: tras estos poderosos, Jorge Calvo, desolado, impotente.

 

Raúl Prieto, el bravo hermano; Julieta Serrano buscando la malicia en la cabeza del rebelde Samy Khalil.

 

Me encierran y me apagan la luz para que no pueda ver nada, pero yo consigo escaparme. Ellos no lo entienden, no saben cómo lo hago, pero yo me escapo, siempre me escapo.

 

Editada, entre otros sellos, por el Centro de Documentación Teatral .

Dirección: Luis Luque

Escenografía: Mónica Boromello

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Fotos: marcosGpunto

Producción Centro Dramático Nacional

Teatro Valle Inclán, hasta el 19 de noviembre de 2017

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