Leonard, de Leonel Giacometto

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¡Estimados lector@s! Los relatos de Culturamas os acerca un relato con un primer beso en un bosque, cuando aún resuenan las bombas de la guerra en la lejanía, y con una visitante muy peculiar. Una historia de un primer amor y de desequilibro, del escritor argentino Leonel Giacometto.

Seguimos recolectando vuestros textos. En abril, cuentos mil… 

Leonard

Leonel Giacometto

 

    A ella le sucedió algo parecido a lo que le ocurrió a mi familia, según me enteré después. A ella la aviación alemana le destruyó su casa de Londres. Como a nosotros. Ella y su marido (que se llama como yo, supe después) decidieron trasladarse a Sussex para estar mejor protegidos de los nazis. Nosotros también. Vivían muy cerca de nuestra casa pero nunca nos cruzamos. En realidad, fueron mis padres los que nunca se cruzaron con ellos. A ella yo la vi varias veces, sólo que nunca se los dije. Me hubiesen retado como lo hicieron la vez que me encontraron fisgoneando la casa de la viuda Wynton, la que dicen que criaba gatos para luego comérselos. Íbamos todas las tardes a la casa de la viuda Wynton con Annabel, y nos acercábamos a una de las grandes ventanas para ver el momento exacto en que la viuda Wynton devoraba a uno de sus gatos. Nunca lo vimos; es más, nunca vimos un solo gato en esa casa. Pero Tom, el primo de Annabel, nos había dicho que él había visto, una tarde cuando fisgoneaba la casa, cómo la viuda Wynton persiguió dos gatos, cómo los atrapó, cómo los mató de un certero golpe en la cabeza, cómo los abrió y les sacó las tripas, y cómo los introdujo en el horno dentro de una gran fuente plateada. La viuda Wynton era algo sorda y ciega y no se daba cuenta que nosotros la observábamos todas las tardes después del colegio. El rumor de que ella comía gatos se había difundido. Ya que Tom, el primo de Annabel, no sabía guardar secretos (por eso nunca fue al bosque con nosotros). Una tarde éramos diez los niños mirando por las ventanas de la casa. Entre ellos estaba Lily, mi vecina de junto, que me odiaba porque una vez nos vio a Annabel y a mí besándonos las manos (como lo hacen los adultos) en las cercanías del bosque. Ella fue quien avisó a mis padres, los cuales rápidamente llegaron y desarmaron nuestro grupo. Todos los niños huyeron corriendo hacia cualquier dirección. Sólo Annabel y yo nos quedamos, como dos barras de hielo, junto a una de las ventanas de la viuda Wynton, que por su sordera nunca se enteró del griterío en su jardín.

    De la mañana en que fuimos por vez primera al bosque con Annabel me acuerdo de todo con bastante detalle. Nos habíamos internado muy profundo, cerca del río Ouse, entre unos árboles altos como las jirafas que hay en el África. Recostados sobre la hierba blanda, blanda como el pelaje de mi perro Argos, Annabel me pidió que la besara en la boca. Como yo, por entonces, no sabía hacerlo, acerqué mi rostro y le di pequeños mordiscos a sus labios. A ella, al parecer, le dieron cosquillas; sonrió y me dijo que su hermana besaba mejor. Después me preguntó por qué yo no tenía hermanos. Yo no supe qué contestarle. Me dijo que le daba lástima que yo no tuviera a nadie con quien hablar antes de dormir, como ella tenía a Sylvia, su hermana mayor. Pero como yo nunca había tenido compañía antes de dormir (sólo Argos, mi perro), le dije que no me hacía falta. Fue entonces cuando escuchamos una voz de mujer. Asustados, miramos hacia todos lados ya que creímos que mi madre o la madre de Annabel (o ambas) nos había descubierto. Comenzamos a caminar con paso apurado y, cerca del río, sentada en un tronco caído y de espaldas a nosotros, vimos a una mujer anciana con el cabello algo desordenado. Murmuraba unas palabras; todavía las recuerdo: “Vida, vida, ¿qué eres? ¿Luz o sombra, el delantal de bayeta del lacayo o la sombra de la paloma en el pasto?”. Annabel y yo nos escondimos detrás de un árbol y, así, acurrucados uno sobre el otro, permanecimos largo rato observándola. Parecía mirar el río cuando, suavemente, se agachó y tomó una piedra del suelo. Una y otra vez repetía la frase y acariciaba la piedra como yo acaricio a Argos. Después se levantó, guardó la piedra en su abrigo y, rápidamente, comenzó a caminar hacia la salida del bosque. Le dije a Annabel de seguirla para saber dónde vivía. Pero Annabel no quiso; estaba algo asustada, y nos volvimos antes de que mis padres (o los de ella) comenzaran a sospechar.

    Argos era apenas un cachorrito cuando fue el primer bombardeo sobre Londres; y eso creo que le afectó el oído. Aunque nunca lo consultamos con un veterinario, el ruido de las explosiones lo dejó sordo. En Londres, poco tiempo antes de que destruyeran nuestra casa, nunca respondía a un llamado, y sólo cuando nos miraba fijamente a los ojos y nosotros lo llamábamos por su nombre, él comenzaba a mover la cola de lado a lado. Pero no hacía más que eso, y a veces, aquí, en Sussex, al correr, parecía desorientarse y se caía hacia delante, como un avión que al aterrizar se le rompen las ruedas. Yo lo paseaba todas las tardes y de vez en cuando corríamos juntos. Pero siempre “aterrizaba” con el hocico contra el suelo y hasta parecía patinar varios metros hacia delante. En uno de sus primeros “aterrizajes”, a varias cuadras de mi casa, conocí a Annabel. Hacía poco tiempo que habíamos llegado a Sussex y yo no tenía muchos amigos allí; apenas mis compañeros del colegio, quienes me trataban con cierta lástima y reparo ya que yo era un “sobreviviente de las bombas”. Annabel la primera vez me ayudó a levantar a Argos, que estaba despatarrado en el medio de la calle. Ésa era otra de las extravagancias de Argos: después de “aterrizar”, se abría de patas y se quedaba como congelado, con los ojos mirando hacia arriba, esperando que alguien lo levantase. Annabel, que era un año más grande que yo y con que me gustó de verdad al poco tiempo, se acercó y, mientras yo levantaba a mi perro, ella lo acariciaba y le susurraba algo al oído. “Se llama Argos”, dije. “Y es sordo”, añadí. Ella me miró sonriéndome con los ojos y me dijo: “Me llamo Annabel, y soy mujer”. En ese momento yo sentí enrojecer todo mi rostro y no supe qué decir. Argos salió corriendo pero, nuevamente, varios metros adelante, “aterrizó” contra un árbol.

    Si la primera vez que la vimos no pudimos entender por qué esa anciana acariciaba la piedra que había recogido, todavía menos lo entendimos la segunda vez. Esta vez la vimos apenas nos internamos en el bosque, ya que ella caminaba muy lento entre los árboles, como buscando algo en el suelo. Tenía la cabeza baja y se movía extrañamente, parecía olvidada de sí. Había un viento poco usual esa tarde en el bosque; una especie de ráfaga que de a ratos formaba círculos de hojas muertas y polvo. La seguimos a distancia, de espaldas, y la vimos detenerse cuando una piedra le interesaba. Lo hacía de improviso; se agachaba de la misma forma en que se agacha Annabel cuando hace pis escondida entre los árboles, y tomaba la piedra con las dos manos. Pudimos observar que nunca elegía piedras grandes, sino pequeñas y de forma redondeada, seguramente para que cupiesen en los bolsillos de su abrigo. Pero esa tarde no se guardó ninguna de las piedras que fue seleccionando, sino que, después de levantarlas, las miraba largo rato en silencio, algo les murmuraba y luego las volvía a dejar en el suelo. Por un momento, pudimos ver con detenimiento su rostro ya que se había recostado en la hierba blanda, blanda como el pelaje de Argos. Estaba tendida hacia un costado con los ojos muy abiertos, parecía no parpadear. Annabel creyó que nos había visto, aseguraba que su mirada estaba dirigida al árbol donde estábamos escondidos. Pero no. Ella miraba sin mirar, como cuando uno fija la mirada en algún punto y, lentamente, se va olvidando del resto. Su nariz era inmensa y me recordaba a las narices de las brujas que yo había visto en el libro de magia negra que tenía Tom, el primo de Annabel. Pero supe que no era una bruja porque las narices de las brujas, además de ser inmensas, tienen una verruga como un balón en las puntas. Y ella no la tenía. Su rostro era pequeño y huesudo, casi como todo su cuerpo; y su cabello, como la primera vez que la vimos, estaba desordenado y gris, sin color. Annabel dijo que seguramente ella era una desquiciada a la que las bombas de los alemanes habían enloquecido. Yo le pregunté cómo sabía que ella era de Londres; y Annabel me contestó que, a Sussex, todos los desquiciados venían de Londres. Yo no supe qué decir. De repente, recostada hacia un lado, estática y con los ojos muy abiertos, ella emitió un largo y sonoro suspiro que se pareció a la queja de dolor de los enfermos y dijo, muy fuerte, quizás para que alguien (quién sabe quién) la oyese, la frase que yo ya había escuchado la primera vez: “Vida, vida, ¿qué eres? ¿Luz o sombra, el delantal de bayeta del lacayo o la sombra de la paloma en el pasto?”.

    Mi papá decía que a Sussex las noticias de la guerra llegaban tarde. Hacía poco que había comenzado la guerra y, aunque de vez en cuando veíamos el paso de tanques y camiones, y siempre los aviones surcaban el cielo haciendo sonar sus motores con el mismo ruido espantoso de las bombas de Londres, esa afirmación que repetía varias veces al día después de escuchar los informes y las noticias de la radio, secretamente lo tranquilizaba. Había sufrido mucho en Londres. Sufrió por nosotros y sufrió por él, que no pudo alistarse en el ejército debido a su obesidad. Era inmenso y, según él, la grasa en su cuerpo se había acumulado de golpe, ya que siempre había sido un muchacho esbelto y aficionado a los deportes. Pero los médicos, los cuatro médicos a los que había consultado, le explicaron que el problema de su obesidad estaba relacionado con el mal funcionamiento de unas glándulas (o algo parecido).

    Teníamos un vivero en Londres que funcionaba delante de nuestra casa. Generalmente lo atendía mi papá; él sentía una especie de adoración por las plantas y las flores. A mi mamá, me contó, la conquistó con flores. Todos los días, cuando eran novios, le hacía llegar ramos de flores, siempre distintas y siempre con una tarjetita que decía simplemente el nombre científico de la flor. Aquí, en Sussex, tardó un tiempo en abrir un vivero ya que no estaba completamente seguro de que Sussex fuera, decía, “el lugar adecuado para vivir”. Finalmente, viendo que el dinero se nos iba agotando, decidió abrir el vivero el 28 de marzo de 1941, el día en que con Annabel supimos para qué la desconocida del bosque juntaba y seleccionaba piedras.

    Después de que todo hubo sucedido, supe que ella se llamaba Virginia y que estaba loca. Escuchaba voces que le decían lo que tenía que hacer y, al parecer, se había vuelto loca de tanto escribir. Yo no lo creo. Nunca me había imaginado cómo podía ser alguien que escribía libros, y jamás pensé que ella podía haber sido una escritora. Es más, una vez soñé con ella y la vi como una gran actriz de teatro que se paseaba por Londres. En el sueño, yo sabía que ella era una actriz muy famosa, muy reconocida, y por alguna razón, muy triste. Caminaba por los escombros de Londres como aquella mañana por la orilla del río Ouse. El vivero de mi papá había sido el único lugar que las bombas de los alemanes no habían destruído y ella se acercó. Se quedó largo rato observando las rosas amarillas. Yo, que me llamo igual que su marido me enteré después, y que en el sueño atendía el vivero, le obsequié un ramo que ella se negó a recibir y volvió a caminar por entre los escombros hasta desaparecer. Cuando me desperté y salí de mi habitación, vi cientos de rosas amarillas ya que era 28 de marzo y mi papá se disponía a abrir su vivero delante de nuestra casa. Hasta ese día, en Sussex, no había habido un vivero y la gente, esa mañana, se acercó entusiasta a ver la inmensidad de flores y plantas que mi papá había dispuesto para la venta. Mi papá y mi mamá estaban felices y yo, contagiado de esa felicidad, le llevé una rosa amarilla a Annabel. Se la llevé a su casa con Argos, que la sostenía del tallo con la boca, ya que yo, antes, cuidadosamente, le había sacado todas las espinas. Annabel besó mi mejilla izquierda y luego besó a Argos, que delicadamente se desprendió de la rosa y la dejó caer al suelo.

    Yo quería que Annabel me acompañara a mi casa para que viera el vivero, pero ella quería ir al bosque. Quería: “enseñarme a besar a las niñas”. Y así fue. Así lo hicimos los tres: Annabel, Argos y yo. Estábamos llegando cuando a varios metros de distancia, la vimos caminar con paso apurado y recto hacia el interior del bosque. La vimos a ella e inmediatamente la reconocimos y comenzamos a seguirla a la distancia. Caminaba rápido, con pasos cortos, con la cabeza hacia abajo y con las manos en los bolsillos de su abrigo. Se detuvo cerca de un arbusto y recogió una piedra. Esta vez no la acarició sino que, resueltamente, la guardó en el bolsillo derecho de su abrigo. En el bolsillo izquierdo, un rato más tarde, colocó otra pierda de forma redondeada que sobresalía y que le impedía volver a colocar la mano. Esperábamos, como la otra vez, que se sentase en algún tronco caído. Pero no. Esta vez, se acercó a la orilla del río y, por unos minutos, se paseó como en mi sueño buscando otra piedra que, al encontrarla, la sostuvo con su mano izquierda apoyada contra su pecho. Entonces se detuvo y yo sentí como un silencio, una quietud que se quebró cuando ella volvió la cabeza y nos miró. Estábamos paralizados a varios pasos de ella. Argos se había desplomado, se había despatarrado y tenía la mirada hacia arriba, esperando que alguien lo levantase. Annabel, inexplicablemente, comenzó a llorar, dejó caer la rosa amarilla que yo le había regalado y salió corriendo del bosque. Sólo yo quedé. Sólo y sin saber qué hacer, no hice más que observarla, mirarla. Por un instante, nuestras miradas se encontraron. A mí me pareció que, si seguía observándola, tal vez consiguiera entender un poco qué cosa hacía ella allí, qué sentía allí. Me dio por pensar que estaba jugando cuando sus pies ingresaron al río y el agua la cubrió hasta las rodillas. Movió sus labios, creo que intentó sonreírme o decirme algo. No lo sé, no lo supe en ese momento cuando ella volvió su rostro hacia el río y comenzó a caminar, a hundirse. Me imaginé sus zapatos en la tierra blanda del río a medida que ella avanzaba. Seguía paralizado pero no tenía miedo. Ella estaba allí, internándose en el río con los bolsillos llenos de piedras y yo estaba parado a varios metros suyos dejándola irse. Porque se iba, se estaba yendo. Ésa era mi sensación: ella se estaba yendo a algún lado. En la mirada que me había dirigido minutos atrás, ella me había dicho, con un gesto que pudo ser una sonrisa, la frase que repetía una y otra vez cuando recogía y acariciaba piedras en el bosque. Sentí que me volvía de piedra y no podía dar un solo para pedir ayuda. El agua cubría ya todo su cuerpo; sólo veía su cabeza. En ese momento, escuché el zumbido de un bombardero. Era la guerra; la muerte. Ella, quizás, también lo escuchó y, como algo siempre esperado, se sumergió por completo en las oscuras aguas del Ouse. Me pregunté: “¿por qué hacía semejante cosa? ¿Era para protegerse del ruido? ¿Era porque estaba tan loca que había decidido darse un baño frío? ¿Se escucha el mundo debajo del agua?”  No flotó y yo me imaginé su cuerpo vagando por las profundidades del río. Miré a mi alrededor. Argos seguía despatarrado. Levanté la rosa amarilla que Annabel había dejado caer y me acerqué a la orilla. No puedo explicar qué cosa se me formó en el estómago al mirar hacia el agua. Arrojé la rosa, que flotó y siguió el curso de la corriente cuando, sucio de lodo, mojado por el agua y a merced de la corriente, vi un sobre azul que descansaba en la orilla. Lo levanté, lo abrí y no encontré nada en su interior. Era un sobre vacío que tenía escritas cuatro letras (una palabra) imposibles de descifrar para mí… Sólo cuando el sobre se secó y pude quitarle el lodo; después que apareció su marido, que se llamaba igual que yo, Leonard, después que me enteré que se llamaba Virginia, que escribía novelas y que estaba loca de tanto escribir (yo no lo creo); sólo después, con Annabel, que me pidió disculpas por haberse ido llorando del bosque (al cual, por miedo o respeto, no volvimos), pudimos leer las cuatro letras que, creo, ella había escrito en ese sobre azul sin contenido que dejó caer, o que quizás se le cayó al descuido, esa mañana, en el río Ouse, en el momento exacto de internarse para siempre en sus aguas. En el sobre azul, Virginia, a quien secretamente le prometí leer sus novelas cuando las consiguiera, había escrito un nombre, o una palabra, desconocido para nosotros. Un nombre o una palabra que se quiso llevar con ella a las profundidades del Ouse quién sabe por qué. En el sobre azul, Virginia escribió la palabra “Vita”. Durante mucho tiempo estuve preguntándome qué significaba aquello.


Sobre el autor

 Fotografía de Silvina Salinas.

Leonel Giacometto (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1976). Escritor, dramaturgo y, a veces, periodista cultural y director de actores. Reside en Rosario. En narrativa ha publicado, entre otros, Pequeñas dispersiones (Editorial Municipal de Córdoba, 2005). Para chicos ha escrito Naúfragos y Piratas (Homo Sapiens, 2005), Leones, osos y perdices (Colihue, 2006), La gata mujer(Primer Premio Teatro-Guignol La Maison d’Amérique Latine en Rhône-Alpes, Francia, 2009). Para teatro, entre otras, Dolor de pubisSanta EulaliaMadagascar, Despropósito, ArritmiaPlató, Herr KlementTodos los judíos fuera de EuropaEl difuntito, Venado tuertoCarne dulceBardo, vigor en la atmósferaPecados devoradosHotel CapricornioLa mala fe, etc. Escribió y dirigió Carne Humana (1998), Fingido (2007), Real (2007), Latente (2008), Desenmascaramiento (2008) y Desmoste (2017). Sus obras son representadas en Argentina, España, El Salvador, México, Estados Unidos, Polonia, Costa Rica y Venezuela. En 2016, Baltasara Editora publicó su volumen de obras La mala fe y otras obras.

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