‘Los revolucionarios lo intentan de nuevo’, de Mauro Javier Cárdenas

Los revolucionarios lo intentan de nuevo

Mauro Javier Cárdenas

Literatura Random House

Barcelona, 2018

316 páginas

 

Por Javier Juárez / Fuente: La Hora

“Todos tenemos un voto, pero también tenemos pequeñas piedritas- en mi caso, una novela- que al tirarlas te permiten decir ‘¡púdranse!’. Esto, lo sé, no parece ser mucho, pero al menos, es mi pequeña piedrita”. Mauro Javier Cárdenas, guayaquileño de nacimiento, pero residente en EE.UU. desde hace más de una década, ha escrito una novela visceral, sarcástica y rebelde sobre un periodo de la historia reciente de Ecuador.

Bajo el título de ‘Los revolucionarios lo intentan de nuevo’, esta obra fue publicada inicialmente en inglés, en 2016, y a inicios de este año vio la luz en español.

Con una mezcla inclasificable de voces y personajes, que llegan a crear una reveladora  amalgama sonora y vital entre el pasillo corta venas de Julio Jaramillo y la rabia burlona de The Clash, Cárdenas describe la historia de un grupo de amigos -Leopoldo, Antonio, Rolando- en medio de tiempos turbulentos que van de Roldós al Loco Bucaram, pasando por Febres-Cordero.

El disparador de la trama es una llamada de Leopoldo a su amigo de la infancia, Antonio, quien vive en California, y que busca persuadirlo de regresar a Ecuador, luego de más de 10 años de ausencia.

Como compañeros de clase en el San Javier, reputado colegio de la élite guayaquileña, antes de tomar diferentes caminos, creían que eran responsables de cambiar el futuro del país.

Ahora, todavía influenciados por un cura radical, que durante su adolescencia les cuestionaba sobre “cómo se puede ser cristiano en un mundo de destrucción e injusticia”, estos jóvenes creen que ha llegado el momento de cumplir un supuesto destino manifiesto, y lanzarse a la presidencia del Ecuador.

Sin  embargo, a pesar del reencuentro en el  Guayaquil de mediados de los noventa, ansioso de cambios y lleno de sinsabores, los protagonistas descubren que no son los salvadores que sus egos o sus sueños quisieran, sino terrenales hijos de clase media, demasiado atados a sus pequeñas comodidades, y demasiado cercanos a los políticos corruptos y pendencieros a los que pretenden reemplazar, sin ningún éxito.

En la otra esquina, buscando su particular redención, está Rolando, que escogió la lucha marginal junto a su novia Eva, y espera conseguir un cambio social a través de una radio popular, y representaciones teatrales, caóticas y rumberas, en los barrios marginales de Guayaquil.

Todo esto configura una fábula mordaz sobre los sueños perdidos y el sentido de las revoluciones, no importa si se escriben con mayúsculas o minúsculas. Cárdenas, en este sentido, con su ópera prima cuestiona sus raíces, las creencias fáciles sobre lo bueno y lo malo, y construye un mosaico de una sociedad ecuatoriana embelesada, por enésima vez, en encontrar un caudillo salvador, pero que es incapaz de verse a los ojos y descubrir todos los abismos y pequeños paraísos que lleva dentro.

Después de casi diez años como expatriado en San Francisco, donde andaba hecho el artista, Antonio cree que puede regresar a su Guayaquil natal y salvar al Ecuador de la pobreza y la injusticia. Leopoldo le ha llamado para que se lancen juntos a la presidencia en las próximas elecciones. Ambos amigos de infancia, que compartieron fervores mesiánicos en el colegio San Javier, tienen la oportunidad de recuperar su idealismo frustrado y convertirse en el futuro de su pueblo, a pesar de ser ellos mismos hijos de funcionarios públicos que en su día contribuyeron al saqueo del país. Mientras tanto, al otro lado de Guayaquil, Rolando y Eva intentan cambiar al Ecuador a través de obras de teatro y programas de radio, aunque los tórtolos saben que sus intentos son fútiles y ridículos, como lo es casi todo en el mundo.

La historia política y social del Ecuador de las últimas décadas -la corrupción, el populismo, los desaparecidos, la hipocresía de los que se creen su élite- sirve de marco a una novela que plantea el carácter absurdo pero necesario de las creencias revolucionarias de juventud que los años erosionan.

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