«Katana», notable versión escénica de un terrible suceso

Por Horacio Otheguy Riveira

Un chaval de 16 años planifica el asesinato de su familia. Lo lleva a cabo el 1 de abril de 2000, utiliza una espada de samurai (katana) y un machete. Sucedió en Murcia. Los medios de comunicación del país dieron buena cuenta del suceso. La sentencia fue muy criticada porque se tuvieron en cuenta los parámetros de la ley del menor. Si en Estados Unidos hubiese sido condenado a cadena perpetua o a la pena de muerte, en España se le condenó a seis años y dos de estrecha vigilancia en un Centro Evangelista de reputación intachable. Se habían detectado una serie de anomalías que justificaban su trastorno de personalidad: «(…) padecía un grave trastorno mixto de personalidad con rasgos esquizoides, narcisistas, antisociales y sádicos que a juicio de los psiquiatras disminuían levemente su capacidad de comprensión emocional de las consecuencias de sus actos».

Ocho años después, fue un modelo de rehabilitación, ya que el joven borró de su memoria la sobrecarga del pasado y prestó atención a la voz del pastor, le sirvió de guía, se enamoró de su hija con quien se casó y tuvo una niña. Hoy es un padre de familia responsable:

Ella le dice: “eres un hijo de Dios” y él rompe a llorar porque dice que le han llamado muchas veces “hijo de puta” pero nunca “hijo de Dios”. Algo así sería bonito. Ahora soy creyente, eso me ha salvado.

 

Katana es un espectáculo resultado de la III Residencia Artística El Pavón Teatro Kamikaze escrito por Paco Gámez y dirigido por Pedro Casas. Ha sido ganador del VII Certamen Jesús Campos para Textos Teatrales. Y se ha presentado por pocos días en el propio Pavón que alojó al equipo. Es de esperar que pronto consigan una eficaz ruta de teatros, dentro y fuera de Madrid, para exhibir durante la mayor cantidad de tiempo posible un material que se ha estrenado en sala semicircular, pero que está escrito y montado perfectamente para una sala convencional con escenario frontal.

El punto de partida es el de un escritor casado y con un hijo pequeño. La situaciones dramáticas simultanean el pasado y el presente de quien en el 2000 se escribía con una amiga catalana y firmaba con el acróstico de miedo: ODEIM. Pero la representación en realidad fluye en torno al escritor que quiere saber, que se propone entrevistar al asesino rehabilitado, ahora con un oficio perfecto: broker, es decir, gestor de inversores, un oficio que le depara éxito y en el que está encubierto de tal manera que sus clientes no tienen por qué conocerlo personalmente ni saber cómo se llama. Hacia allí va el escritor, pero en el camino surgen preguntas que le harán palidecer, tomando conciencia de que entrará en una boca de lobo. Empieza como un juego —como el de tantos periodistas y escritores sumergidos en el mundo del crimen— hasta que su esposa le hace la pregunta del millón: «¿Dónde estás tú en esta historia?».

 

1 — Yo no tengo nada que ver con lo que fui, ya he pagado. Lo que hice no tuvo sentido y si intentáis encontrárselo, os explotará la puta cabeza.

2 — ¿Vas a hacer un ‘docudrama’?

0 — No entiendo a este tipo; han pasado veinte años de aquello, nadie lo recuerda y él sale en la tele a cara descubierta contando su crimen. Increíble, ¿no?

Cero apaga su ordenador de golpe.

0 — Ahora yo lo llevo al teatro, vamos a ensalzar a este tío. Le hago una oda para que se corra de gusto. Y todos nosotros, burgueses, viendo el horror y diciendo “Homo homini lupus”.

Pausa.

2 — Para ya…

Pausa.

2 — ¿Dónde estás tú en esta historia?

Cero no responde y Dos se va.

0 — Anoto en post-it: “¿Dónde estoy yo en esta historia?” y lo pego en la esquina de la pantalla. No escribo nada más en todo el día.

La pregunta impulsa al escritor a salir de su burbuja donde un lejano asesinato resulta interesante para ser contado en una obra de teatro, pero se obliga a entrar en una realidad muy turbia. La de una historia que le involucra en torno al miedo de que el irracional mecanismo del horror se apodere de él.

Los tres intérpretes se apoyan muy bien entre sí y se implican de una manera muy dinámica. Mientras el escritor evoluciona, de lo frívolo al espanto (Jorge Monje), José es 1 «un hombre y el chico que fue ese hombre» (Mario Sánchez), y 2 es varias mujeres (Alba Loureiro): la fluidez casi cinematográfica del texto cuenta con ellos a partir de una dirección (Pedro Casas) que fusiona admirablemente situaciones realistas con otras lindantes con el sueño o el delirio (una combinación que también está presente en «Inquilino» del mismo autor, de la que escribiré próximamente).

La sombra de Capote es alargada

Una escena clave de la función es la visita que el escritor realiza a la casa donde se produjo el crimen: tiene una gran tensión, forjada en un abanico de secuencias con tiempos contrapuestos pero con una gran claridad expositiva. Para ese entonces, la esposa le había dicho al escritor: «Eres Truman Capote» como una broma que se convierte en el corazón de la función.

Esta Katana (en la pieza original su título es Odeim) tiene el eco de la historia del gran escritor estadounidense que logró su obra mayor con la novelización de un asesinato en un pueblo: inició la investigación con la ironía con que acostumbraba moverse en sus círculos literarios más exquisitos de Nueva York, y en gran medida esnobs, pero al desandar lo sucedido, entrevistarse con mucha gente y sobre todo con los propios criminales en la cárcel, de 1959 a 1966 no hizo otra cosa que desarrollar un texto que dio la vuelta al mundo, traduciéndose a muchos idiomas, incrementó su fama y le aportó mucho dinero, más aún cuando se convirtió en película en 1967… pero, jamás se recuperó: muy afectado por toda la historia y la viva contradicción entre la bestialidad del acto cometido en una familia escogida al azar y la atracción ante la personalidad de los criminales.

Capote murió de cáncer de hígado 18 años después de publicada la novela, a la edad de 59 años. En el camino escribió obras menores y se consoló con buenas dosis de alcohol y drogas, procurando acallar una angustia que hasta conocer aquella historia nunca había sentido.

Katana no copia nada en absoluto ni se basa en A sangre fría, pero esta resulta una sabia influencia, una inspiración que da lugar a un espectáculo muy recomendable en torno al tratamiento escénico de un hecho real, pero con especial hincapié en la recreación documental, a partir de la propia experiencia: la del observador que lee, escucha, interpreta, revive…

Frente a frente en Katana, Mario Sánchez como el asesino y Jorge Monje como el escritor que quiere saber más sobre el suceso.

 

La III Residencia 

El Pavón Teatro Kamikaze quiere facilitar la labor a los artistas emergentes con la puesta en marcha de una Residencia Artística que albergue el desarrollo continuado de un proyecto de creación escénica.

A través de esta iniciativa, el Teatro Kamikaze proporciona a los creadores equipamiento y un espacio donde trabajar, investigar, producir y experimentar, al mismo tiempo que promociona sus proyectos con el objetivo de difundirlos y exhibirlos en las mejores condiciones posibles. Se trata de conectar con sus necesidades y favorecer así la inclusión de estos nuevos espectáculos y compañías en los circuitos escénicos profesionales. Además, el Teatro Kamikaze se compromete a exhibir el resultado del trabajo de estos creadores.

La Residencia Artística El Pavón Teatro Kamikaze está pensada para dar cabida a proyectos de investigación, creación y producción vinculados a las artes escénicas en todas sus formas, siempre con especial énfasis en la dramaturgia contemporánea.

Del 8 de enero de 2020 al 12 de enero de 2020
El ambigú

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