El significado del año 1000 o cuando crees que se te va a caer el mundo encima

Por Tamara Iglesias

Con la llegada del 2020 y las listas de nuevos propósitos, suelen llegar las intensas reflexiones sobre el año que hemos dejado atrás; la reiterada publicación referenciando esos pequeños problemillas que nos han quitado el sueño (muy a menudo sin motivos de peso) o lastrado los otros 365 días del año, tampoco falta en Facebook, Instagram o Twitter, y la verdad es que cayendo en el repaso y la queja multitudinaria como todos los demás, me he dado cuenta de lo catastrofistas que podemos llegar a ser los seres humanos. Piénsalo un minuto: hay millones de personas en situaciones de indefensión, enfermas, abusadas, que no tienen la posibilidad de vivir y desarrollarse plenamente… y sin embargo nosotros, europeos acomodados sobre una montaña de coltán, tendemos a ponernos en lo peor en cuanto nos encontramos con la más mínima dificultad, incluso atreviéndonos a adelantar acontecimientos: que si no seremos capaces de superar una entrevista de trabajo, que si nuestra pareja nos abandonará en cuanto aparezca un partido más joven y atractivo, que si suspenderemos esa oposición… Y, aunque me gustaría soltar un discurso determinante que culpabilizase de todo ello a la mala influencia de la anestesia social, lo cierto es que siempre hemos sido así; nuestra mortalidad, nuestra tanatofobia y la incertidumbre a lo desconocido, nos conduce al miedo y a menudo a la exageración de las situaciones que vivimos.

«Los cuatro jinetes del apocalipsis» grabado de Durero perteneciente a su serie «Die heimlich offenbarung iohannis»

Por ejemplo: seguro que más de uno recuerda el pequeño caos que vivimos en el año 2000 cuando todas las “teorías conspiranoicas” del planeta apuntaban a que se avecinaba el fin del mundo. Algunas personas invirtieron en bunkers y guardaron alimentos para un supuesto holocausto nuclear, otras donaron sus bienes y dedicaron sus esfuerzos de aquel “último año de vida” a la oración continuada… pero al final tras las doce campanadas, y aún pasando los días, lo único que supimos a ciencia cierta fue que algunas empresas habían reforzado sus sistemas informáticos para evitar el temido “Efecto 2000”. El mundo no se acabó entonces, y tampoco se terminó en 2004 cuando millones de personas esperaron aterradas a que la profecía del calendario maya trajera consigo la extinción del sol.

Sí, somos una sociedad terriblemente voluble y temerosa del final, pero no es una característica que nos haya regalado la revolución industrial o la entrada en nuestras vidas de las herramientas TIC; en realidad, este miedo se remonta al inicio de los tiempos y posiblemente una de las falsas alertas sobre el apocalipsis que más juego ha dado a la Historia sea la del año 1000.

Imagínatelo…

Estás de pleno en la Edad Media, sufriendo la ida y venida de los pueblos bárbaros, el fin de un Imperio tan magnífico como el romano, la llegada de nuevas epidemias, más guerra, mucha más hambre… y de pronto en uno de los oficios del domingo (porque un hombre o mujer del medievo nunca faltaba a su compromiso religioso) el párroco de tu pueblo o ciudad comenta que se avecina la Parusía (más conocida por el pueblo llano como “Segunda Venida de Cristo a la Tierra”). Claro, según las palabras del libro del Apocalipsis (capítulo XX) el fin del mundo sobrevendría junto con la nueva llegada del Salvador (cito textualmente: “Y cuando los mil años fueren cumplidos, Satanás será suelto de su prisión y saldrá para engañar las naciones que están sobre los cuatro ángulos de la tierra, á Gog y á Magog, a fin de congregarlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar”), y esta idea comenzó a implantarse en la psique de toda la sociedad occidental a la que perteneces. ¿Cuál sería la respuesta más lógica y práctica para ti, devoto trabajador con una granja o noble que teme el castigo por sus excesos? Pues arreglar todas tus cuestiones pendientes y ganarte, ya de paso, tu parcelita de cielo con unas cuantas buenas acciones “desinteresadas”.

Y más sabe el Diablo por viejo, que por diablo

Obviamente y dado el clima de tensión, no es de extrañar que en los registros eclesiásticos comenzasen a surgir una serie de cuantiosas donaciones, regalos, penitencias, purificaciones, limosnas, mortificaciones y peregrinaciones que llegaron incluso a quintuplicarse cuanto más se acercaba la venida del año 1000. Y es que con el relato del juicio final las arcas monásticas y eclesiásticas ascendieron en detrimento de las nobiliarias y monárquicas.

Pero… ¿realmente hubo gente que llegó a la quiebra por la promesa de la vida eterna, Tamara? ¿Hubo auténtico pánico milenarista en toda la población?

Pues lo cierto es que… (redoble de tambores, por favor)… NO. Aunque por supuesto sí que existieron contadas excepciones (duques y condes que se desprendieron de absolutamente toda su riqueza para compensar una vida de pecado y asegurarse el perdón tras la llegada de los cuatro jinetes), la verdad es que la idea del caos generalizado por el fin del mundo fue muy adornada por los intelectuales renacentistas a los que les habían llegado las historias de hombres y mujeres llevados a la bancarrota a cambio de la salvación eterna. En realidad, para los escritores coetáneos, el siglo 1000 no fue más que una época aderezada por algo de oscuridad, amenazas bárbaras y, sí, cierta pizca de terror al castigo divino (algo que tampoco resulta muy diferente del resto de nuestra historia medieval, si os digo la verdad), pero nada de ello impidió que la mayor parte de la población hiciera su vida con normalidad.

Por poneros un ejemplo, tenemos al bueno de Raoul Glaber (980-1046) que en su “Libri Historiarum” nos cuenta cómo se empezaron a construir iglesias y cómo los feligreses viajaban en peregrinación constante al Sepulcro del Salvador en Jerusalén para limpiar sus almas y prepararse para el fin. En ningún momento habla de estas personas como atribuladas o aterradas por el discurso eclesiástico, tan sólo dice de ellas que eran “temerosas de Dios”.

Por otra parte Raoul Glaber y Ademar de Chabannes reunieron y confrontaron hechos de dudosa correlación; por ejemplo Gabler asocia la simonía (la compra de cargos eclesiásticos y el enriquecimiento religioso) con el cometa visto en 1014 y una serie de incendios que estallaron en Europa. Así mismo, no duda en criticar la correlación que hace la Iglesia cristiana de la herejía y el fin del mundo, acusándoles de intentar provocar el pánico nuevamente en la sociedad para enriquecerse (este Glaber no tenía pelos en la lengua, ¡está claro!)

«Batalla de Stamford Bridge» Ilustración del siglo XIII realizada por Mateo de París

¿Ayudó el miedo al Juicio Final a la política europea?

Pues curiosamente y aunque quizá no me creáis, lo cierto es que fue determinante para instaurar el Juramento de la Paz y la Tregua de Dios, que estarían vigentes por varios siglos. La primera de ellas consistía en una promesa de no maltratar a mujeres, niños, campesinos,  casas de labradores, clérigos e iglesias durante los conflictos bélicos, lo que ofrecía cierta sensación de seguridad a las clases más bajas o a los orantes más indefensos bajo pena de condenación eterna y muerte en la horca. La segunda, prohibía la guerra en periodos y días señalados (por ejemplo, quedaba taxativamente prohibido combatir entre las últimas horas del sábado y las primeras del lunes, así como en días festivos o periodos litúrgicos como la Navidad o la Semana Santa); el incumplimiento de esto, suponía la excomulgación inmediata.

Oye Tamara, ¿pero qué pasó cuando en el año 1001 corroboraron que el mundo no se había acabado?

Simplemente hubo una recuperación del mundo occidental (que autores como G. Duby han considerado como una “primavera global”); la nobleza restauró gran parte de su riqueza perdida, el día a día de los campesinos comenzó a normalizarse (para bien y para mal) y poco a poco fueron surgiendo reinos como los hispánicos (el Reino Astur-Leonés, el Condado de Castilla, el Reino de Navarra, los Condados Catalanes…) o como el otónida que con Otón II al frente (983-1002) marcará el fin del orden antiguo y el inicio de la plenitud medieval, una etapa de esplendor que poco a poco también entraría en declive. Pero esa, querido lector, es otra historia que te contaré a lo largo de este año. ¡Feliz 2020!

Para saber más:
FOCILLON, H.: El año mil. Madrid, Alianza Editorial, 1966.
POGNON, E.: La vida cotidiana en el año mil. Madrid, Temas de Hoy, 1991.
DUBY, G.: El año mil, Una interpretación diferente del milenarismo. Barcelona, Gedisa, 2006

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *