Entrevista a Carlos Salgado: apasionado actor-cantante que fascina como el duro soviético de «Anastasia»

Por Horacio Otheguy Riveira

En un musical de tanto empaque visual, las escenas más intimistas y de mayor tensión corren por cuenta de un temible jefe de policía soviético, hijo de un revolucionario que participó del fusilamiento de la poderosa familia del Zar Nicolás II. Carlos Salgado asume este personaje con hipnótico encanto. Se trata de un gran joven actor-cantante que traspasa los límites de la caricatura habitual de los líderes comunistas en la mayor revolución del siglo XX. De su historia y sus esfuerzos por hacer cada día una creación mejor trata esta entrevista realizada en el mismo teatro Coliseum donde tarde a tarde sale de su natural simpatía y enérgica vitalidad para convertirse en un hombre frío que descubre con naturalidad las contradicciones de quien es capaz de sentir un amor imposible por aquella a quien debe perseguir.

He aquí un paseo por la vida de Carlos Salgado, desde muy joven en la algarabía fascinante del mundo del espectáculo, ahora disfrutando de su mayor éxito.

A los 12 años ya se le daba bien cantar, exhibirse en público, interpretar las canciones con el garbo de un actor que ha de asumir emociones que el público procurará no olvidar. Todas enseñanzas de su abuelo músico: guitarrista, cantante y director de orquestas con las que recorría la provincia manchega de Guadalajara.

El niño seguía los pasos de un hombre encantador, paciente, enamorado de su oficio, que murió prematuramente, con apenas 60 años. Incluso en el proceso de una enfermedad grave, se dio un regalazo: la oportunidad de aplaudir a su nieto ya profesional, en La Bella y La Bestia, espectáculo en el que asumió a dos personajes fundamentales Gastón y Bestia, el primero representado 60 veces, el segundo 32. En una de esas ocasiones la emoción desbordó al gran valedor de «Carlitos», al fin convertido en todo un profesional. El abuelo dejó andar las últimas lágrimas que vería su nieto, y se llevó con él la incomparable alegría de verle en un gran escenario y aplaudirle junto a cientos de espectadores anónimos. Su confianza se hacía patente.

El abuelo lloró en aquella oportunidad y se fue para no volver. Pero en la vitalidad arrolladora de Carlos Salgado hay imborrables recuerdos que se niegan a la nostalgia penosa, al dolor de la pérdida, porque pronto aprendió que ante las emociones que se interpretan, y más aún cuando además se cantan, la realidad se queda muy pequeña. Hay una fuerza poética que recorre pasiones y simpatías, luchas y angustias que se acaban más allá del escenario. En la vida cotidiana no hay más que encuentros con personajes y ambientes, necesidades y conflictos, y cuando hay parones de falta de trabajo, hay que seguir adelante: «Lo peor de esta profesión es que falte el trabajo. Llevo ya mucho tiempo en esto y sólo paré unos cinco meses que me parecieron una eternidad».

¿Qué le queda del aprendizaje de su adolescencia?

La pasión, pero también la exigencia de mi abuelo. Desde los 12 a los 18 a su lado aprendí a hacer de todo. Cuando iba con sus orquestas, acarreábamos cajas, micrófonos, instrumentos… Y cuando había que actuar, la importancia de saber estar en escena, de comprender que cada canción es una historia que debe emocionar no solo por la letra y la música, sino por mi manera de interpretarla, de sentirla. Siempre me acompañarán muchas cosas buenas de aquel hombre excepcional, como por ejemplo el respeto y la solidaridad por todos los componentes de las compañías en las que trabajo. Y me ha sido de gran utilidad porque en algunos grandes musicales me doctoré en hacer múltiples personajes, alternando con los titulares. Ese ritmo de trabajo es muy valioso si uno tiene lo principal que me enseñó mi gran maestro: humildad. En el espectáculo todos somos piezas indispensables, pero también uno más de un gran engranaje.

Usted ha estudiado danza, interpretación, y sigue tomando clases de canto…

Y volveré a estudiar de todo por lo que pasé porque no se termina de aprender nunca. Pero me han marcado mucho los dos años que estudié con Gina Piccirilli, con ella leí mucho teatro e interpreté escenas de autores como Harold Pinter, Arthur Miller, Tennessee Williams… Trabajábamos muy duro con un grado de felicidad creativa que no olvidaré nunca. Ella me ha dado herramientas muy valiosas, para siempre, pero no inmóviles. Lo dicho: siempre hay que volver a modelar lo que ya se conoce… para no quedarse haciendo personajes de cartón piedra…

Además de La Bella y la Bestia ha participado en Los Miserables y en Billy Elliot, donde fue hijo de Carlos Hipólito…

Un actor inmenso, un compañero que conmueve por su sencillez y su entusiasmo por hacerlo todo maravillosamente bien. En Billy fui su hijo, papel que me exigía mucho como actor ya que apenas cantaba y era muy importante la comunicación que mantenía con Hipólito. Me ayudó mucho, más aún teniendo en cuenta que el titular era Adrián Lastra y yo solo lo hacía en determinadas funciones. Fue una experiencia muy valiosa. Procuro aprender de los grandes, me acerco lo más posible, los miro, les escucho con mucho agradecimiento. También fue una gran compañera Natalia Millán en toda la temporada que estuve con ellos y una gran satisfacción que vinieran a verme en esta Anastasia y me felicitaran con ilusión de amigos. Vale oro ese contacto con profesionales que han hecho de todo y siempre están dispuestos a ayudar a los más jóvenes.

Antes disfrutó haciendo dos personajes en Don Juan. Un musical a sangre y fuego, sobre todo el protagonista en varias funciones muy aplaudidas. ¿Qué recuerda de esa experiencia?

Lo que más me impactó de entrada fue la entrega del director artístico, Ignacio García, hoy director del Festival Clásico de Almagro y de espectáculos tan importantes como Reinar después de morir, y muchos más. Pues bien, él se ocupaba de cuidar la dirección de actores-cantantes «para que todo el público reconozca el clásico y pueda seguir la historia». Enriquecía mucho su talento porque apenas podía moverse. En un ensayo de otra obra se hacía caído y roto una pierna, y en esas condiciones asistía a nuestros ensayos con una alegría contagiosa. Y para mí esa energía era fundamental, ya que al encargarme de Don Juan, un personaje tan transitado por el público, pero aquí cantando casi todo el tiempo, casi casi una ópera, necesitaba mucho apoyo del director.

También estuvo cuatro meses cantando en un crucero de 14 plantas.

Aquello fue una experiencia muy completa: divertido y bien pagado, también aburrido y excesivamente riguroso, a tal punto que en todas las paradas apenas podíamos salir a dar unas vueltas para volver a dormir al barco donde la comida para los artistas no estaba mal, pero a años luz del gran buffet de la primera clase. Un mundo que me sirvió como etapa, pero en el que apenas cantaba dos o tres noches por semana. El trato profesional es muy correcto, pero hay que amar mucho el mundo de los barcos para disfrutar plenamente. En todo caso prefiero cantar a ras de tierra.

Y sobre todo en Anastasia. ¿Cómo llegó a este personaje que le da tantas satisfacciones?

Con varias pruebas cantando e interpretando hasta que la empresa se convenció de que podía hacerlo. En los musicales, todos entramos por sucesivas pruebas y constantemente se revisa nuestro trabajo para que no alteremos las líneas maestras de la puesta en escena. La humana tentación de cambiar movimientos o dejarnos influir por estados de ánimo están muy controlados y eso ayuda mucho. Yo tengo muchas escenas solo y en compañía las más importantes son con Anastasia, a quien persigo y poco a poco me descubro fascinado. Pues influye en mi interpretación si a ella la interpreta la titular Jana Gómez o su cover Laura Enrech u otra alternante: compongo un personaje que es materia viva y he de mimarlo y exigirle con la misma intensidad.

¿Para componer su personaje buscó información extra?

Sí, claro, vi películas soviéticas, leí libros y reportajes. Tenía una gran necesidad de conocer cómo era un hombre de esas características en aquellos tiempos tan difíciles donde una familia aristocrática dominaba un enorme país hundiéndolo en la miseria. Las contradicciones de los revolucionarios están presentes en mi personaje y de allí que la escena más emocionante es cuando canto ese límite entre el deber y lo que marcan mis propias emociones (Qué hacer).

¿Qué es lo que más le emociona de Anastasia. El musical?

La gran posibilidad de estar con compañeros formidables de los que no pierdo ocasión de aprender, pero también del equipo técnico, de los músicos. Todo influye para que cada día haga la misma función con detalles diferentes que la enriquecen. El público ignora la cantidad de movimientos detrás de los decorados, algo impresionante porque todos participamos de una coreografía más precisa que la que se ve en escena porque cualquier error puede ser una catástrofe, la caída de un decorado, el retraso de un escenario giratorio. Todo nos exige una gran precisión.

Extracto de Qué hacer, una de las canciones de mayor impacto:

(…) ME PIDE PROTECCIÓN,

NO ES MÁS QUE UNA CHIQUILLA,

SU ROSTRO ME CAUTIVA…

NO PUEDE SER.

 

TAN SOLO ES UNA FLOR

QUE TIEMBLA, PERO ENCIERRA

UN MANANTIAL DE FUERZA,

LO PUEDO VER.

 

¡SOY UN HOMBRE NADA MÁS,

CON ÓRDENES QUE DEBO OBEDECER!

“YO NO HE HECHO NADA MAL”

ME DICE CON BONDAD,

MÁS VEO EN SU MIRADA

QUE ME MIENTE SIN PARAR,

Y MI ALMA VUELVE A HABLAR:

¿QUÉ HACER?

¿QUÉ?

¿QUÉ?

 

Tras dos horas de amena conversación, Carlos Salgado se marcha al camerino hora y media antes de la función. Lo hace tarareando esta canción emblemática del espectáculo con la que lleva su mayor ovación. La sala se va poblando de técnicos, acomodadores, personal del bar… numerosos personajes que harán desde el hall que la experiencia funcione con la elegancia y la simpatía con que se recibe a alguien muy querido, alguien imprescindible como el público que tarde a tarde llena el teatro y se queda embelesado al descubrir intérpretes formidables entre los que destaca un muchacho juguetón, chispeante, de risa fácil, que en el escenario se crece a lo grande, duro, implacable… y a la vez sensible.

Actor, cantante, bailarín, un hombre de teatro a quien los temidos soviets le están dando una gran oportunidad, acercándose a las 550 funciones ininterrumpidas. Probablemente, el comienzo de una larga carrera para quien ya es un tenor dispuesto a encarar también zarzuelas y óperas con la misma ilusión con que se atrevería a participar como actor en un hilarante vodevil.

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