Jacobo Dicenta-Inés Kerzan en la cima del singular «Drácula» de Ramón Paso

Por Horacio Otheguy Riveira

Jacobo Dicenta como el no muerto que atraviesa los tiempos y se sumerge en alegrías y angustias contemporáneas como estrella de rock y como un actor que entra y sale de su histórico personaje. E Inés Kerzan como etérea belleza que le cautiva, como una hermosa sombra que a la vista del público adquiere voz y cuerpo de mujer posible. Son los resplandecientes personajes de una mirada audaz a la leyenda del transgresor más importante de la historia de la literatura y el cine.

Juntos conforman una potente historia de amor en este Drácula. Biografía no autorizada felizmente insolente que se atreve a lo imposible al retomar un personaje demasiado transitado. Una audacia en equipo en busca de mirada y voz propia.

Desde la primera edición de la novela en 1897 ha dado tanto de sí que ha servido para que Roman Polanski montara su «Danza de los vampiros» en 1967; David Niven lo interpretara en una comedia británica muy elegante en la fusión inventada por Clive Donner de humor y terror: «Vampira» (1974). Gary Oldman renovó temblores en la muy celebrada versión de Coppola de 1992. Y Leslie Nielsen fue la estrella de Mel Brooks en 1995: «Drácula, un muerto muy feliz y contento». Larguísima la lista de títulos en torno a un antihéroe que ha enamorado y asustado a millones de personas desde el cine mudo alemán donde se llamó «Nosferatu» y el de Hollywood ya sonoro con la voz inglesa del austro-húngaro Bela Lugosi: debut vampírico en el teatro en 1927 y en el cine 1931.

En medio de todos ellos, Christopher Lee, el gran actor inglés que más veces lo protagonizó desde 1958. Y en los últimos tiempos, una versión española en el teatro escrita y dirigida por García May en 2009 con admirable labor de José Luis Alcobendas y Xenia Sevillano

De izquierda a derecha: Max Schreck, Nosferatu, 1922. Bela Lugosi, primer Drácula del teatro y el cine sonoro. Christopher Lee, el más abundante y popular. Frank Langella, Gary Oldman.

Valga esta introducción para subrayar el mérito de Ramón Paso, autor-director, cuyo amplio conocimiento de la obra original, sumado a su pasión por el tema, le ha permitido seducir al equipo directivo del Fernán Gómez y producir con su propia compañía PasoAzorín Teatro esta aventura tan notable como de irregular resultado: busca el autor-director una línea de trabajo, más bien de combate, y lo hace entre excesos: un poco de serie B por aquí, otro poco de literatura dramática clásica, algo de comedia gamberra, otro poco de erotismo ingenuo, aciertos notables con el teatro dentro del teatro, y una sobreabundancia de clímax versus anticlímax. El drama romántico y su contrapuesto satírico como si el vapuleado personaje chapoteara en todas las aguas posibles, ciénagas incluidas. Una idea muy ambiciosa, en líneas generales heredera de otro clásico que Ramón Paso ha pasado por la turmix del teatro contemporáneo: «Otelo a juicio», en dos versiones en estas páginas comentadas en su momento.

La propuesta queda en manos de un reparto sólido, como suele ocurrir en esta autoexigente Compañía. Esta vez se enaltece con dos protagonistas que refunden el ánimo perverso del propio original y consigue  meterse entre sus piernas con la ternura de dos adolescentes fascinados consigo mismos y el dolor de dos adultos que saben que su amor ha de ser irremediablemente angustioso.

En esta fusión, destacan ampliamente el excelente trabajo de dos intérpretes cuyos antecedentes permiten disfrutar de estas creaciones con mayor interés, como por ejemplo al recordar a Jacobo Dicenta en el tragicómico Paulino de «Ay, Carmela» —inolvidable creación junto a Elisa Matilla—, en la elegante comicidad romántica de «Un Jardiel de ida y vuelta», así como en el temible comendador de «Fuente Ovejuna». La memoria del espectador sigue de cerca la evolución de gente de teatro que siempre procura encontrar el mágico instante en que el llamado mundo real se detiene para dar paso al poder de la imaginación.

Por su parte, Inés Kerzan lleva años ocupándose de personajes muy distintos en un abanico de posibilidades expresivas cada temporada más sorprendente, siempre en la misma Compañía PasoAzorín.

Fue muy aplaudida —entre muchas otras piezas— en «La ramera de Babilonia», «El síndrome de los agujeros negros», «Lo que mamá nos ha dejado», «Besarte, mimarte, follarte», «La importancia de llamarse Ernesto», la Desdémona del ya mencionado «Otelo a juicio», y en «Las leyes de la relatividad aplicadas a las relaciones sexuales», una de las obras más logradas del prolífico autor-director junto a «Terror y ceniza».

 

No podía evitar experimentar ese escalofrío que nos invade al llegar el amanecer, que es, a su modo, como un cambio de marea (…) cualquiera que alguna vez, al estar cansado y, por decirlo de algún modo, atado a su sitio haya experimentado ese cambio de atmósfera puede creerlo.“ —  Bram Stoker (Irlanda, 1847-Reino Unido. 1912)

Del maremágnum de fascinaciones y despropósitos de una historia original surgida de hechos reales a partir de «Vlad, el empalador», bravío guerrero del siglo XV, se llegó al siglo XXI con múltiples versiones vampíricas del terror a la dulce perversión de las fantasías sexuales en proporciones sobrenaturales, incluso en la creación de la cándida trilogía de enorme éxito donde más bien la cosa se mira y no se toca («Crepúsculo»…). Entre tanto material, Ramón Paso se debía una satisfacción y para ello se bate a duelo consigo mismo. Al fin lo comparte con el público con la certeza de que hay algo poderoso que cautiva  en el trayecto del no muerto y su búsqueda perenne de una mujer excepcional: la búsqueda del amor eterno.

 

 

Así las cosas, Paso no navega solo, va cargado de ataúdes con ánimo de resucitar lo imposible y lo que consigue a lo largo de dos horas es suficiente para señalar que su briosa Compañía adquiere la fuerza suficiente para seguir trabajando. Hoy por hoy la única empresa teatral independiente que antes de terminar unas representaciones ya tiene programadas otras con repertorio propio muy distinto entre sí.

 

Esta vez, la capitana de la PasoAzorín, Ana Azorín —que ha brindado excelentes interpretaciones— no cuenta con un personaje a su medida; encarna una versión femenina de una interesante criatura de la novela, trasladada a nuestros días con el aire informativo e irónico de otras representaciones. Con un texto de informe periodístico-literario se la ve en una serie de situaciones planas, sin apenas matices. Otro tanto se puede decir de Ángela Peirat, cuya divertida sobreactuación del comienzo resulta reiterativa hasta el punto de tener un epílogo innecesario.

Todos sus compañeros cumplen con eficacia en el vaivén estilístico de la propuesta que, no obstante, permite una interpretación clásica del profesor Van Helsing en la voz y prestancia de Juan Carlos Talavera, capaz de recordar al célebre Peter Cushing o más aún a Laurence Olivier en una de las películas más impactantes de los 70 («Drácula», John Badham, 1979), y con todo ello componer un personaje con personalidad propia; lo mismo junto a su desquiciada esposa que en el duelo verbal con el protagonista: acción vertiginosa y teatro dentro del teatro con admirables recursos.

El juego erótico-festivo va por cuenta de unas vampiras muy atractivas, que por momentos se ocupan de otros personajes: Ainhoa Quintana, Lorena De Orte, Laura De La Isa.

Jordi Millán asume con acierto la candidez de su ingenuo galán. Le siguen con férrea disciplina David DeGea y Guillermo López Acosta en arquetipos transitorios muy bien articulados.

Merecen especial atención la creatividad del espacio sonoro (sutil, variado en justa medida), el diseño de vestuario (grato de ver y sorprendentemente rápido en ejecución) y de iluminación (magníficos contrastes, nocturnos y diurnos sugerentes), tres elementos claves para «vestir» el difícil escenario del Teatro Fernán Gómez, a menudo trampa mortal de muchas Compañías. Aquí muy bien resuelto también por una escenografía original, quizás demasiado estática, de la que se esperan cambios a lo largo de las dos horas, pero no llegan y acabamos por sentirnos identificados con todos los personajes que suben escaleras, bajan toboganes, se entrecruzan por huecos, atraviesan puentes en el neblinoso Londres…, mientras circula una sangre que sospechamos, pero nunca vemos recorrer cuerpos enajenados… sedientos de amor.

DRÁCULA. BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA

Autoría: Bram Stoker, Ramón Paso

Dirección: Ramón Paso

Reparto: Jacobo Dicenta, Ana Azorín, Juan Carlos Talavera, Inés Kerzan, Ángela Peirat, Jordi Millán, David Degea, Ainhoa Quintana, Lorena De Orte, Guillermo López-Acosta, Laura De La Isa.

Iluminación: Carlos Alzueta

Escenografía: María Fernández

Vestuario: Inés Kerzan y Ángela Peirat

Espacio sonoro: Jorge Muñoz

Asesora de movimiento: Ángela Peirat

Ayudantes de dirección: Blanca Azorín y Ainhoa Quintana

Ayudante de producción: Sandra Pedraz Decker

Diseño gráfico: Ana Azorín

Fotografía: Ramón Paso

Prensa y comunicación: María Díaz

Realización de escenografía: Mambo Decorados S.L.

Producción ejecutiva: PASOAZORÍN TEATRO

Dirección de producción: Inés Kerzan

Dirección: Ramón Paso

Teatro Fernán Gómez. Centro cultural de la villa. Del 9 de enero al 9 de febrero 2020

PRÓXIMAS REPOSICIONES DE PASOAZORÍN TEATRO

Teatro Lara. Sala Cándido Lara: La importancia de llamarse Ernesto. Martes 20 horas.

Teatro Lara. Sala Lola Membrives: Las leyes de la relatividad aplicadas a las relaciones sexuales. Martes 22,15 horas.

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