«Jerusalem»: la Inglaterra marginal en una función portentosa

Por Horacio Otheguy Riveira

Mientras el londinense Jezz Butterworth ofrece una obra que bebe de fuentes indiscutibles del teatro inglés del siglo XX (principalmente los iracundos de los años 60 como John Osborne, Harold Pinter, Shelagh Delanny…), el director Julio Manrique lo presenta con una puesta en escena en la que el carácter costumbrista del original adquiere rasgos de tragedia mayor con ecos del Arthur Miller de Las brujas de Salem o más allá el Ibsen de Un enemigo del pueblo. Todo reunido en las sensaciones que me produjo la experiencia de una representación inmejorable.

Desde Barcelona a Madrid con un elenco superdotado de caras desconocidas y un protagonista reiteradamente aplaudido como Pere Arquillué en una creación extraordinaria pero no solitaria, pues el carácter coral del primer acto permite que todos brillen, porque juntos conforman el palpitante corazón de gente al margen, incómoda en una sociedad cuyas urbanizaciones aisladas expanden su dominio comiéndose a la humanidad entera como una lengua de fuego implacable. Y esa es la cinematográfica impresión que me provoca. Si el amplio escenario está siempre igual de principio a fin, desordenado, caótico, miserable, veo crecer lo que no se ve: la codicia del Ayuntamiento, las veleidades de las clases medias con su césped bien cuidado y sus piscinas de verano desde donde se puede ver al «maldito gitano de Johnny Byron `El Gallo´», un impresentable delirante que bebe demasiado, que se rodea de jóvenes de ambos sexos, adolescentes que dicen que pervierte… pero en realidad protege de sus padres y en general de una sociedad repulsiva, con su majestad la reina en lo alto de la hipocresía alguna vez imperial.

Johnny Byron nada tiene que ver con Lord Byron, el poeta romántico al que tanto le gustaban ambos sexos para jugar y trepar por las colinas de los placeres del romanticismo a tope. Tampoco sus compañeros de ruta son gente de fiar, los hay traidores, débiles, amargados, todos con su halo desternillante, incluido un profesor resabido, cortésmente arrogante que sorprenderá a propios y extraños con el viraje de su comportamiento, y también muchachas de 16 años felices de habitar un lugar bien alejado de su familia…

Cada uno de ellos se transforma en conjunto, pues en el caos ambiental crece un equipo de inconformistas que a la sombra de Johnny El Gallo ríen mucho, se mienten con donaire y agradecen sus cuentos fantásticos, sobre todo cuando giran alrededor de un pasado con gigante generoso que le regala un tambor con el que se le podrá llamar en caso de pedido de auxilio…

Mientras tanto suceden pequeñas-grandes situaciones y la hermosa Phaedra (enigmática, fascinante, impactante voz a capela de Elena Tarrats) se siente a salvo en el viejo carromato y canta con envolvente encanto canciones antiguas como el Himno de Jerusalem del poeta William Blake, oda patética para que las tierras inglesas puedan convertirse en sagradas, a la vera de esta tribu de El gallo que desprecia toda institución burguesa, toda religiosidad mal avenida porque todos ellos desesperan por encontrar un lugar posible donde vivir sin cadenas.

W. Blake 1757-1827

I will not cease from mental fight
Nor shall my sword sleep in my hand
‘Til we have built Jerusalem
In England’s green and pleasant land

… No cesaré de luchar mentalmente
ni se dormirá mi espada en mi mano
hasta que hayamos construido Jerusalén
en la tierra verde y apacible de Inglaterra…

La primera parte se nutre de historias individuales en un contexto colectivo de gozosa marginación, cuyas aristas se asoman con un dolor pausado, cobijado por la sombra de una caravana desvencijada. Tras necesario intermedio, la segunda parte irrumpe en el trágico devenir del que se ha intentado huir, con escenas compuestas de diferente manera, más intimistas y violentas.

No hay pieza de este sobrecogedor rompecabezas que el director Julio Manrique no haya sopesado minuciosamente hasta lograr este trabajo en equipo portentoso en el que cada intérprete ha forjado su personaje con absoluta entrega, sin miramientos ni juicios previos, entregados a la sensacional teatralidad de estos seres al margen de la voracidad de su patria, de todas las patrias que son mezcla terrorífica de abuso de poder y lujo desmedido.

Manrique también ha sido responsable de la puesta en escena de espectáculos tan logrados como La treva y Roberto Zucco. Junto a la caracterización impactante de Pere Arquillué, un elenco sobrado de talento que hace de cada instante un paseo por el amor y la muerte, la desolación y la pura alegría de vivir, aunque todas las cartas vengan marcadas en su contra.

Una euforia colectiva cuando la gran tribu de Johnny Byron El Gallo baila en una escena de exaltación de la pequeña felicidad que ansía quedarse para siempre y crecer hasta límites inimaginables.

 

«El Gallo es el antihéroe romántico. El prota de la fiesta. Un astro sol. Un borracho. Un pirata loco. Un ogro, un visionario, un camello detestable. Un gitano chulo y alocado inventándose el mundo desde una caravana. Una vez y otra. Un insumiso. El dragón que protege la princesa del terrible San Jorge». [Julio Manrique]

 

Autor Jezz Butterworth

Traducción Cristina Genebat

Dirección Julio Manrique

Reparto (por orden alfabético): Chantal Aimée, Pere Arquillué, Guillem Balart, Anna Castells, Adrian Grösser, David Olivares, Víctor Pi, Clara de Ramon, Albert Ribalta, Marc Rodríguez, Elena Tarrats, Pablo Carretero, Tomás Pérez, Robert Plugaru

Escenografía Alejandro Andújar

Vestuario María Armengol

Iluminación Jaume Ventura

Espacio sonoro Damien Bazin

Vídeo Francesc Isern

Caracterización Núria Llunell

Movimiento Nathalie Labiano

Asesor musical Carles Pedragosa

Ayudante de dirección Xavi Ricart

Ayudante de escenografía Sergi Corbera

Ayudante de vestuario Marta Pell

Fotografía David Ruano

Diseño Cartel Javier Jaén

Coproducción Centro Dramático Nacional, Teatre Romea y Grec 2019 Festival de Barcelona

 

TEATRO VALLE INCLÁN. HASTA EL 1 DE MARZO 2020

 

 

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