Sila, el primer dictador

por Kika Sureda

Lucio Cornelio Sila, general y político romano, nacido en el año 138 a. C. y murió en el 78. Pertenecía a una rama de la familia Cornelia, y aunque sus padres no eran ricos, recibió una esmerada educación, estudiando principalmente la literatura y el arte griego. Su educación moral fue, en cambio, muy inferior a la intelectual. Los principios de su carrera fueron lentos y penosos. Contaba con treinta y cinco años cuando fue nombrado cuestor, siendo destinado a África a las órdenes de G. Mario. En aquella campaña se distinguió a la vez como militar y como diplomático, pues, además de haber contribuido eficazmente a la victoria de Vercelli, tuvo la suficiente habilidad para conseguir de Boco, rey de Mauritania, que traicionara a Yugurta y lo entregara a los romanos.  Cuando Mario, después del triunfo en Yugurta, fue llamado a combatir para la defensa de la provincia narbonesa contra los cimbrios y los germanos, Sila decidió seguirle como legado. Contribuyó a muchas de sus victorias, pero pronto surgió entre ellos una terrible rivalidad. Sila decide abandonar a Mario para servir a Q. Lutacio Catulo, con el que estuvo del 102 al 101 a.C. Una vez acabada esa guerra decide volver a Roma y presenta su candidatura como pretor, pero no consigue ser elegido hasta el año 93. Un año más tarde es enviado como propretor a Cilicia, con la misión de vigilar a Mitrídates Eupator, rey del Ponto. Su gestión entonces fue muy afortunada, consiguió restablecer el trono de Capadocia a Ariobarzanes, que había sido destronado por Mitrídates.  Recibe una embajada oficial del rey de los partos, con el que concluyó un tratado muy ventajoso para Roma, el primero celebrado por ésta con aquel pueblo. Su vuelta a Roma fue triunfal, los éxitos guerreros y diplomáticos hicieron que el partido oligárquico le considerara uno de sus jefes, y el Senado le confió el mando contra los sublevados. Legado en el año 89, derrotó muchas veces a los samnitas, a los hirpinos y a otros pueblos rebeldes, y recuperó muchas de las plazas perdidas hasta el momento por Roma. En recompensa fue nombrado cónsul en el año 88, lo que le dio fuerzas para proseguir la guerra con mayor empeño, y encabezando el liderazgo de sus legiones se apoderó de Asculum, de Itálica y de Nola, donde había fuertes sublevaciones. El odio y rivalidad entre Sila y Mario iba en aumento. El Senado había decidido proveer el cargo de general en jefe del ejército de Asia a Sila; al enterarse Mario, se alió con el tribuno de la plebe, P. Sulpicio Rufo, que promovió un motín en Roma y aprovechando el desorden, se hizo conceder por el pueblo el mando del ejército de Asia. En esos momentos, Sila se hallaba en Campania, al enterarse marchó a Roma; Mario huyó y Sulpicio fue condenado a muerte. Hizo que se anulara el nombramiento de Mario y se atribuyó la dirección de la guerra contra Mitrídates, su ambición no tenía fin. Mitrídates, aprovechando el caos en Roma se alzó contra el Imperio y a él se unieron Eubea, Beocia, Atenas y todo el Peloponeso.  A Sila se le presentaban muchos frentes abiertos. Primero sitió Atenas, que resistió valerosamente un año hasta que el hambre les obligó a rendirse. Fue castigada cruelmente, pero Sila tenía prisa y no descansó siguiendo su periplo de contiendas. Cien mil hombres le estaba esperando, los que había enviado Mitrídates, derrotándoles en Queronea;  la misma suerte corrió el ejército asiático en Orcómenes.  El resto de ejército de Mitrídates decidió volver a Asia, perseguidos de cerca por el incansable Sila. Abandonado por su ejército y vencido pidió la paz, la cual se firmó en Dárdano en el año 84 y por la que no le quedó más remedio que devolver a Roma todos sus prisioneros, 70 galeras y dos mil talentos, como indemnización de guerra.  Antes de regresar a Roma, Sila decide castigar a las ciudades de la provincia romana que se habían sublevado contra la metrópoli y sus habitantes  fueron condenados a muerte, vendidos como esclavos y la provincia se vio obligada a pagar un multa enorme por su osadía. Los despojos asiáticos fueron repartidos entre las legiones.  En el año 84 regresa finalmente a Roma, durante los cuatro años de ausencia Mario había ejercido el poder junto con sus partidarios, era hora de volver y poner a cada uno en su lugar. A la muerte de Mario, en el año 86, la jefatura del partido democrático pasó a Cinna, que se hizo nombrar cónsul y murió en el 84, el mismo año en que regresó Sila. Carbon y Mario el Joven, supervivientes del partido, fueron incapaces de resistir a Sila que nada más desembarcar comenzó una campaña contra sus enemigos, venciendo en Campania, Lacio, Etruria y a las puerta de Roma derrotando a Poncio Telesino. En el año 82 Sila era el dueño absoluto de la República. En sus ansias de ejercer la autoridad ilimitada, se hizo conceder por medio de un plebiscito el título de dictador. Sus características principales: la crueldad fría y metódica, el odio sistemático a todo el que había conspirado contra él o simplemente había ayudado a sus enemigos, fueron mayores que sus triunfos militares y políticos. Organizó el crimen en masa como un método de gobierno. Aquellos de quien quería deshacerse eran inscritos en una lista que se fijaba en el Foro. Inmediatamente los encargados de darles muerte se ponían en su busca, y allí donde les encontraban, fuera de sus casas, en la vía pública o en otro lugar, delante de sus familias e hijos o en soledad, se procedía a estrangularlos. Toda esta escalada de violencia incontrolada y odio llevó a que aquellos que querían vengarse de sus enemigos o apoderarse de los bienes ajenos, les hacían inscribir en las fatídicas listas, y así fue como Sila y sus amigos amasaron fortunas enormes. Sus métodos se extendieron más allá de los muros de Roma, y ciudades enteras fueron proscritas, desmanteladas y entregadas a las legiones victoriosas. No contento con esto decidió emprender la reforma de la Constitución del Estado romano, para así blindar el predominio de su partido. Quería concentrar en las manos de la aristocracia senatorial todo el poder público y dar al Senado la dirección absoluta de la política. Cuando creyó asegurada su obra, abdicó el poder en el año 79, pero en realidad siguió ejerciendo la misma influencia, y en su suntuoso retiro de Cumes recibía las visitas de los más altos dignatarios del Estado.  A su muerte se le hicieron unos funerales espléndidos; su cadáver fue incinerado y sus cenizas enterradas en el Campo de Marte y su elogio pronunciado en el Foro.

 

 

Para saber más:

BADIAN, ERNST (1970). Lucius Sulla. The Deadly Reformer, Sydney University Press.
BERVE, HELMUT (1966). Gestaltende Kräfte der Antike, Beck, Múnich.
CAMPBELL, BRIAN (2013). Historia de Roma, Crítica, Barcelona.
CHRIST KARL (2006). Sila, Herder, Barcelona.
GABBA, EMILIO (1972). Mario e Silla, ANRW.
GÓMEZ-PANTOJA, JOAQUÍM (1991). L. Cornelivs Svlla. 25 años de investigación-II (1960-1985).
GÓMEZ-PANTOJA, JOAQUÍM (2005) Historia Antigua (Grecia y Roma) Ariel, Barcelona.

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