«Taxi Girl» para bailar, gozar o padecer el vértigo de la libertad

Por Horacio Otheguy Riveira

Una situación amorosa convertida en evento histórico. Un juego muy sexual entre dos intelectuales y una mujer de alquiler, de vigorosa vitalidad. Se han escrito numerosas páginas en varios idiomas sobre sus protagonistas: Henry Miller (1891-1980), Anaïs Nin (1903-1977) y June Mansfield (1902-1979), pero lo que vemos en Taxi Girl, de Manuela Velasco, es una pieza teatral con gran autonomía en la que el erotismo es un juego volcánico entre dos mujeres muy distintas y un hombre que abusa de su capacidad de encanto a fuerza de ser el más débil, el ciego buscador de placeres excesivamente fantaseados.

En cuanto asistimos a la desnudez de sus cuerpos nos hacemos cómplices de sus acercamientos y abandonos, comprendemos que se trata de un trayecto muy diferente a aquello que tenemos leído. Los datos históricos dejan de importar, los atributos y caprichos de la literatura y la sexualidad pronto se quedan a un lado y solo queremos acompañarles y llegar al final con la garantía de que la última caricia estará por venir, más allá de las pasiones vividas —y sufridas— entre París y Nueva York.

El prólogo se desarrolla en 1957, a cargo de June, tumbada en el suelo mientras el público se acomoda hasta que baja luz de sala, sube la de la escena y presenta su dramática situación, su pobreza, su temor al frío de las calles de Nueva York, cuando no tenga más remedio que dejar la habitación donde se encuentra con un hombre dormido.

Eva Llorach así nos recibe. Se desperezará despacio, renacida de los despojos del alcohol. Nos conquista con la voz de la renuncia, la actitud de quien navegará a contracorriente, toda ella un ser alimentado de felicidad y desdicha a partes iguales.

El epílogo se produce en 1939, el año en que comienza la segunda guerra mundial, y está a cargo de Anaïs, a quien vimos en muchos colores: ardiente, fría, rica, generosa y egocéntrica y a veces todo ello en constante comunión. También elegante, como suele, y literaria como también acostumbra, finalmente muy vestida ya, sin interés erótico alguno busca un taxi, avanza en la noche hacia una extraña libertad…

Entre el prólogo y el epílogo, muchos avatares que comienzan en 1921 con el andar a ciegas de un escritor de obras prohibidas en su país, Estados Unidos, e ignoradas en Europa; un tipo frustrado, un niño-grande que no puede tener mucho tiempo la boca alejada de la piel de mujeres especiales; no puede estar mucho tiempo sin  besarlas, recorrerlas, poseerlas. Quiere estar en ellas como en un tiovivo de humedad y ternura, de rabia y esplendor, toda erección será poca porque nunca es todo lo libre e intensamente feliz que necesita para llegar a la plenitud e incluso convertirse en ellas,  las hermosas criaturas femeninas lanzadas a disfrutar del asombro de amarse: la muy racional intelectual y la impetuosa sin estudios.

El hombre intenta introducirse en el alma de estas y otras mujeres, más allá de toda penetración o juego erótico, por eso se viste a medias con ropa interior de una de ellas, y se pinta los labios sin afeminamiento alguno, conformando una grotesca figura que podrá encontrarse en muchos tramos de sus novelas que, con el tiempo, tuvieron éxito y dieron la vuelta al mundo.

Los tres personajes históricos llevan su nombre original, pero lo que en todo momento interesa de verdad es la muy lograda plasmación de un encuentro de seres que cautivan con la fuerza de un teatro realista compuesto como ensueño.

En efecto, con la participación musical de Mariano Marín, las voces que se escuchan, las ropas que ascienden y caen por los cuerpos de los actores, la belleza tenue o desenfadada de la representación de sus placeres sexuales, o de su no menos intenso contacto con el miedo a la soledad… adquieren el vigor de un teatro minuciosamente elaborado, dirigido (y desnudado) por Javier Giner con una visión panorámica muy interesante, y respetando en todo momento la dinámica de teatro psicológico del texto, e interpretado con un conmovedor despojamiento por parte de Celia Freijeiro y Eva Llorach, quienes tienen a su cargo las escenas más comprometidas física y emocionalmente, junto a Carlos Troya, sumergido en un bucle de simpatía, seducción y eterno muchacho necesitado de la ternura infinita de sus mujeres. Las mismas que se adoran entre sí y a él consuelan como a un chiquillo al que siempre se le pierden las piruletas. Por separado y en conjunto, los tres convencen de entrada y de salida, cuando con el pudor de sus personalidades —ya sin caracterización— agradecen los aplausos.

La escenografía de Elisa Sanz aporta un ambiente sugestivo: algo macabro en la sucesión de puertas iguales y cerradas, algo luminoso en lo que éstas deparan al abrirse, así como en el colorido del mobiliario. El vestuario de Jonathan Sánchez agasaja a las actrices para que, orgullosas y frágiles —irresistibles como sus personajes— vuelen con propia energía al quitarse y ponerse ropa, entre escotes o transparencias, cada una transformándose en otra, en una desconocida que se revela única en el momento de desear y ser deseada; además Jonathan Sánchez también se ocupa de su caracterización, logrando notable similitud con los personajes reales.

La iluminación de Lola Barroso y el movimiento y coreografía de Alberto Alonso, conforman la imprescindible armonía de un espectáculo en el que los desnudos integrales y los encuentros sexuales, siempre se mantienen en una atmósfera de encantadora elegancia.

El título no responde a un capricho anglosajón: Taxi Girl es una expresión sin traducción directa en nuestro contexto lingüístico que se refiere a las compañeras de baile de pago que se popularizaron a comienzos del siglo XX. La obra se fija en un triángulo amoroso histórico, protagonizado por una taxi girl y dos pesos pesados de la literatura universal, Henry Miller y Anaïs Nin. Ambos escritores utilizaron la obscenidad y el erotismo para introducir un caos delicioso en las mentes bien pensantes. Esta ficción es fruto de la fascinación por aquellos y aquellas artistas que lucharon contra la censura, pero también de las mujeres que lo hicieron con su propia savia vital. ¿Cuál era el nombre de la chica taxi? ¿Cómo sonaba la voz de esa hembra de dudosa reputación que se rebelaba contra su condición de fetiche y comparsa? Es lastimoso comprobar que tanto ella como Anaïs, de la cual fue amante en el invierno de 1931, no solo fueron mujeres adelantadas a su tiempo… sino también al nuestro. María Velasco

 

Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Hasta el 15 de marzo 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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