“Metrópolis”: crímenes de la Alemania prenazi en la novela póstuma de Philip Kerr

Por Horacio Otheguy Riveira

En los años 20, los nazis ya cuentan con un partido en ascenso; necesitan crecer y se las ingenian para obtener la mayor cantidad de dinero posible, para lo cual no se privan de nada, hasta hacen colectas incluso entre quienes acabarán encerrando en cárceles (artistas, travestis, trabajadores extranjeros…), eliminándolos en campos de concentración o entregándolos como esclavos a las grandes industrias que trabajarán duro para la segunda guerra mundial.

En Berlín todavía conforman una minoría en alza, un fervor ciego que llega a formar parte de la vida de intelectuales, policías y políticos de la decadente democracia de un país diezmado por la primera gran guerra y un grado de miseria moral y económica espeluznante. Es en medio de este clima por donde circula Metrópolis, una novela de gran alcance ideológico, muy documentada, escrita con ajustado ritmo de género negro entre ricos personajes.

Se trata de la novela número 14 del autor, la única dedicada a la Alemania previa a la conquista del poder de Adolf Hitler. Viene a ser la precuela de las 13 novelas ya publicadas dedicadas al apogeo y decadencia del Tercer Reich, dentro del país y con sus ramificaciones en el extranjero. Todas capitaneadas por Bernhard Bernie Gunther un policía que ha de vivir todas las experiencias con irónico sentido del humor, moderada capacidad de autodestrucción a través del alcohol y muchas otras particularidades para forjar un personaje hipnótico, honesto que comete errores, que no está orgulloso jamás, pero que siempre antepone la mayor justicia posible en un mundo desquiciado que le consuela a través del encanto de no pocas mujeres: distintas, carismáticas, más o menos sexuales, siempre decididas a ser ellas mismas con la fortaleza de quienes se saben demasiado vulnerables para ponerse a temblar.

El universo de los artistas de la época está muy presente en la novela: escritores, directores de cine, cantantes, actores y guionistas que al final del libro se citan con todo detalle. Mientras se lee la novela se van nombrando y reconociendo con datos universales, pero es muy interesante el apéndice que ubica en tiempo y espacio con mayor profundidad.

De todos ellos destaca el director de cine Fritz Lang que fue muy importante en Estados Unidos donde se exilió en cuanto los nazis comenzaron a dar batalla a los judíos de toda condición. Ya con un prestigio en los años 20 (su película de ciencia ficción estrenada en 1926 que fracasó en Alemania, pero triunfó en el resto del mundo, da título a esta novela), Lang dejó una impronta en el cine negro de Hollywood, aún hoy aplaudido y estudiado por expertos. Pero Fritz solo se nombra, para bien y para mal, dejando en el aire una estela de tipo genial, mujeriego y poco amistoso en general, la que sí se convierte en personaje destacado es su esposa, Thea von Harbour, muy atractiva guionista que inspirará una de las obras maestras de Lang: M, el vampiro de Düsseldorf. Y lo hace con la colaboración del protagonista, Bernie Gunther en una de las más notables páginas de esta obra bien cargada de capítulos interesantes.

Philip Kerr escribió todas sus ficciones tras una pormenorizada investigación que le permitió incluir historias y personajes reales. Es un escocés padre de familia que se las apañó para producir mucho incluso muy enfermo, arrastrando durante años un cáncer que no le impidió forjar otras novelas, esta vez inglesas con un entrenador de fútbol de protagonista.

Metrópolis se publicó tras su muerte, un final que imaginaba inminente, y que aprovechó para que su final fuera «prometido» metafóricamente por una de sus heroínas sexualmente liberadas y sumamente atractiva:

 

… No creo que puedas estar rodeado de semejante horror sin que algo de ultratumba se aferre a ti como un espectro o quizás el ángel de la muerte. Y lo que más me asusta es que ni siquiera te das cuenta, amor mío. Cuando empezaste a beber mucho, estoy segura de que creías que no era más que un legado de la guerra, pero a mí me parece más bien una simple consecuencia de lo que haces: de que seas inspector de homicidios.

 

 

 

En todo el recorrido de la novela —un periplo en busca de un asesino de prostitutas y otro (¿tal vez el mismo?) de inválidos de guerra— está muy presente la obra de Georg Grosz, pintor que prohibieron los nazis por «obra degenerada». Emigró en 1933 a Estados Unidos —el año de la diáspora general de toda clase de víctimas del nazismo hacia América del Norte y del Sur—; regresó a Berlín en 1956 donde murió en 1959 : «Mis dibujos expresaban mi odio y mi desesperación. Bosquejaba a borrachos, hombres vomitando, hombres que maldecían a la luna puño en alto. Dibujé a un hombre, su rostro lleno de horror, lavándose sangre de las manos. Dibujé una muestra representativa de una casa de vecinos: por una ventana se veía a un hombre golpeando a su esposa; por otra, a dos personas haciendo el amor; de una tercera había un hombre colgado, su cuerpo cubierto de moscas. Dibujaba soldados sin nariz, tullidos de la guerra con brazos de acero cual cangrejos; dibujé un esqueleto vestido de recluta pasando la revisión médica para cumplir el servicio militar…».

Aparentemente tranquila durante el día, la hermosa ciudad despierta, frenética y alcoholizada, sexualmente libre, criminalmente expuesta. Berlín es una Metrópolis donde todo es posible, con la miseria de la primera posguerra dando empuje al fervor nazi.

Bernie Gunther es joven, ha estado en la Primera Guerra Mundial, padece un estrés que acalla con alcohol.  Vive en una pensión donde también lo hace Rosa Braun, que toca el saxofón vestida de hombre, y por la que siente una atracción cada vez mayor, pero sobre todo le acabará entusiasmando Brigitte, una gran profesional que se ocupa de maquillarle y vestirle para que en plena calle haga correctamente el papel de mendigo inválido de guerra. Esto sucede en el célebre teatro Neues dirigido por Max Reinhardt y donde Kurt Weil ponía música para que cantara su esposa Lotte Lenya en La ópera de tres centavos de Bertolt Brecht, minoritaria antiópera que acabó recorriendo mundo en todos los idiomas.

«En la sala de Brigitte Mölbling me puse el uniforme y me senté en la sala de maquillaje. Me metió un paño por el cuello de la guerrera y empezó a maquillarme con pinturas y esponjas la cabeza rasurada. Era agradable la atención que le prestaba a mi cara. Puso su precioso rostro más cerca del mío, lo que me pareció un buen sitio donde ubicarlo. A esa distancia alcancé a oler la crema Nivea que se había puesto en la cara y el perfume en sus dedos; en otras circunstancias quizás incluso habría intentado besarla. Tarareaba siguiendo a la orquesta mientras trabajaba, y poco después yo también estaba tarareando. Una de las melodías que ensayaban era tan pegadiza que parecía imposible.

—Y ahora tenemos que cerciorarnos de que quienes lo vean se compadezcan, Gunther.

Al cabo de media hora se declaró satisfecha: estaba preparado para salir al encuentro de mi público. Así pues, me arrodillé en el carrito de mendigo inválido y fui rodando con ilusión hasta el espejo de cuerpo entero, donde me esperaba una sacudida sísmica. Tenía ante mis ojos una espeluznante versión abreviada de mí mismo que me hizo soltar un grito ahogado.

La lastimosa criatura que me devolvía la mirada era un hombre con graves heridas que no había sido tan afortunado como yo; un Gunther hecho pedazos por un proyectil de mortero enemigo y luego salvado por el cuerpo médico del ejército alemán contra todo pronóstico (…)

Salí rodando por la puerta al encuentro del sol, descendí a las calles adoquinadas de Berlín y crucé el puente de Fiedrichstrasse en busca de un asesino».

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