«Un hombre decente», John le Carré y el espionaje en una nueva guerra fría

Por Horacio Otheguy Riveira

Nat, un veterano de 47 años de los servicios secretos británicos, cree que sus años en la agencia han concluido, después de años de estancia en el Este de Europa. De regreso en Londres con su mujer, una activista social, y su respondona única hija, se encuentra con una nueva oferta de la Oficina: hacerse cargo de una difunta subestación de Londres con un desorganizado grupo de agentes. Donde parecía no pasar nada ocurrirán muchas cosas y mientras tanto, además de espía, Nat es un reputado jugador de bádminton. De pronto aparece un inesperado contrincante que se hace habitual los lunes por la tarde. Tiene la mitad de años que él. Es el introspectivo y solitario Ed, que se convertirá en piedra de toque, advirtiendo al veterano profesional que nunca ha de confiar en una sencilla concatenación de hechos corrientes e intrascendentes. También allí se oculta una mortal salida a la superficie de los intereses de estados en permanente conflicto.

 

En cursos de entrenamiento para agentes sobre el terreno, tomando un whisky al final de una larga jornada, solíamos hablar del factor miedo: cómo calcular las probabilidades y medir el miedo en consonancia; salvo que no decíamos «miedo», sino «valor».

 

El inglés David John Moore Cornwell, niño pobre y huérfano, criado entre instituciones civiles gratuitas, disfruta desde los años 60 de una posición de éxito social, literario y económico con su seudónimo de John le Carré, principal escritor europeo especializado en un género literario original sobre espías anti-Bond y en muchos aspectos también anti-thriller, porque es tan contrario a la banalidad afrodisíaca de las populares aventuras de Bond, James Bond, como de la acción trepidante y hábilmente tramposa de las novelas de su autor Ian Fleming (Inglaterra, 1908-1964), padre de un sinfín de textos similares en el pringoso mundillo del best-seller para grandes superficies.

Éxito grande el de John le Carré, de ventas y prestigio literario, un triunfo que le permite decir: «He vivido tan estupendamente que si ahora, a los 88 años, me muero por un cáncer controlado, pero cáncer al fin, no pasa nada, estoy preparado para irme sin nostalgia». Con varias propiedades en diferentes países y una economía muy saneada, este «hombre tranquilo» que en muchos aspectos recuerda a su maestro Graham Greene (Inglaterra, 1904-Suiza, 1991), ha sabido blindarse de las comparaciones con una voz propia inconfundible. Frío y circunspecto, sutilmente despiadado, desde sus comienzos en 1963, con El espía que surgió del frío, llega a esta última obra, Un hombre decente, con una inquietante mirada al mundo actual, minuciosamente trazada en una especie de peligroso acantilado por donde el Reino Unido está a punto de caer, Brexit va, Brexit viene, de la mano de una eterna guerra fría del mundo globalizado frente no ya a la temible URSS, el lobo feroz de los comunistas, sino frente a la Rusia neocapitalista tiránica de Vladimir Putin y su peculiar socio ultra Donald Trump, empresario-cowboy dispuesto a poner el mundo boca abajo y quedarse con todas las monedas que caigan de sus bolsillos.

Un hombre decente es una novela muy política, que crece como una tela de araña con la agilidad de su brevedad y estructura aparentemente simple que se juega literariamente al mismo ritmo que un partido de bádminton entre el caballero protagonista, un tipo estándar muy adaptado, que esconde muchas cartas bajo la manga, y un joven del que no sabemos nada hasta que todos, absolutamente todos, nos acabamos enterando. Juegan todas las semanas, el mayor es campeón, el joven un aprendiz. Hablan de política, los odios de Le Carré se alinean con los de sus personajes, la realidad vocifera entre las páginas de una intriga que evoluciona con la temible lentitud de una serpiente a ras de tierra, mientras en el campo de un Club de élite se juega el bádminton, uno de los deportes mundialmente más importantes, dueño de un intenso ejercicio de piernas y brazos, en notable destreza con las raquetas. Algunos lo confunden con el tenis, sin embargo, aunque tiene toques similares, es totalmente exclusivo, pues en lugar de pelota se utiliza una especie de pluma.

Y como plumas al viento se desliza la actualidad con espías durmientes, gente corriente hábilmente mezclada con autóctonos pero formada para el espionaje por rusos en el mundo, o británicos en países del Este; espías durmientes llamados a despertar ante determinados acontecimientos. Por el camino hay muchas situaciones que se revelan mortales para sus propios «confortables» protagonistas, porque todos acaban siendo víctimas del enjambre de constantes mentiras y aparentes verdades en el día a día, no solo en los encuentros y desencuentros medidos por los jefazos de la llamada Oficina, sino en su propio devenir de comidas, cenas, reuniones familiares y lances amorosos.

 

No se ha escrito mucho, y espero que nunca se escriba, sobre los agentes que dedican los mejores años de su vida a espiar para nosotros, reciben sus salarios, pagas extras e incentivos, y sin alboroto, sin desertar ni ser descubiertos, se retiran a vivir con tranquilidad al país al que han traicionado o a cualquier otro entorno igual de benévolo.

 

 

«Los del maldito Brexit os largáis de Europa mirando a todo el mundo por encima del hombro. «Somos especiales. Somos británicos. No necesitamos a Europa. Hemos ganado todas las guerras nosotros solos. Ni americanos, ni rusos ni nadie. Somos superhombres». En el aspecto económico, el presidente Donald Trump, gran amante de la libertad, os va a salvar el culo, según me han dicho. ¿Sabes lo que es Trump?

—Dímelo tú.

—El que le limpia la mierda a Putin. Hace por el pequeño Vladi todo lo que el pequeño Vladi no puede hacer por sí mismo: cagarse en la unidad europea, cagarse en los derechos humanos… Nos asegura que Crimea y Ucrania pertenecen al Sacro Imperio ruso, que Oriente Próximo es de los judíos y de los saudíes, y a tomar por culo el orden mundial. ¿Y qué hacéis los británicos? Le chupáis la polla y lo invitáis a tomar el té con vuestra reina. Cogéis su dinero negro y lo blanqueáis. Nos acogéis con los brazos abiertos si somos delincuentes de gran categoría…»

 

«Un cartel proclama las virtudes curativas de los baños. Ningún cartel anuncia que la ciudad también es célebre porque allí veranea la élite del crimen organizado ruso» (…)  «Paramos en un control de carretera. Dos hombres hacen señales para que nos detengamos, nos examinan, nos dicen que sigamos. Sin armas visibles, los rusos de Karlovy Vary son ciudadanos respetuosos de la ley. Las armas están fuera de la vista».

Algunos libros de Le Carré llevados al cine

El espía que vino del frío, 1965

La chica del tambor, 1984

La casa Rusia, 1990

El sastre de Panamá, 2001

El jardinero fiel, 2005

El topo, 2011

Hay también cinco series de televisión. La última, adaptación de una de sus mejores novelas: El infiltrado en una versión admirable con Tom Hiddleston, Olivia Collman y Hugh Laurie, dirigida por la danesa Susanne Bier, quien imprime una calidad excepcional al género de suspense con alta tensión sexual entre Collman y Hiddleston.

 

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