Las sirenas de Nueva York

En Nueva York también se aplaude. A las siete de la tarde. Y es, quizá, el único momento del día en que el sonido de las sirenas pasa a un segundo plano.

Las sirenas siempre han formado parte de la banda sonora de esta ciudad. Siempre están ahí. Llegan con cierta sordina a través de las ventanas en invierno y se cuelan e interrumpen las conversaciones de esas cenas de verano que llegarán pronto y que se hacen con las ventanas abiertas. En cualquier época del año, es habitual tener que llevarse las manos a los oídos para protegerse los tímpanos cuando, caminando por la ciudad, se acerca cualquier servicio de emergencia.

Al igual que el tráfico, los taxis amarillos, las calles abarrotadas, la actividad frenética o el vapor de agua saliendo por las alcantarillas; las sirenas de los bomberos, la policía y las ambulancias también forman parte del icónico paisaje urbano de esta ciudad tan grande y tan poderosa y, a la vez, tan frágil.

En esta primavera extraña, triste y silenciosa, en las calles neoyorquinas desprovistas del tráfico, la gente y la actividad que no esté considerada como esencial, las sirenas son las protagonistas destacadas. Con la ausencia casi total de aviones, su ruido rasga el cielo y el alma cada vez que se las escucha pasar de cerca o de lejos. Estos días, con más frecuencia que nunca.

A las siete de la tarde, Nueva York también aplaude a sus conductores, a los que van dentro cuidando de los enfermos y a todo el personal sanitario de la ciudad y del país. En una ciudad rendida a la cultura y al espectáculo, siempre se va un poco más allá y el aplauso se acompaña iluminando de azul, el color que identifica a los profesionales de la salud, muchos de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Las luces de lo más alto del mítico Empire State, giran en blanco y rojo todas las noches, simulando las luces de una ambulancia para honrar a aquellos que están respondiendo a esta crisis en primera línea y recordándonos que seguimos en estado de alarma.

Como en tantas ciudades del mundo, también se aplaude a los camioneros, a los tenderos y trabajadores de los supermercados, a todos los que desempeñan los servicios de limpieza y de recogida de basura, a los que mantienen operativo el transporte público, a los carteros, repartidores, distribuidores… A todos aquellos que continúan haciendo su trabajo y asumiendo riesgos en medio de este contexto tan difícil para que los muchos elementos que componen nuestra esencialidad sigan operativos y todos los demás podamos cumplir con nuestra responsabilidad básica de quedarnos en casa.

La verdadera naturaleza de las cosas, y de la gente, se ve en los momentos de crisis. Esta pandemia está trayendo a la superficie muchas realidades y resignificando muchas cosas. Entre ellas, el valor de muchas profesiones que a menudo son ninguneadas e infravaloradas en tiempos de fiesta y bonanza. Muchas de ellas desarrolladas por inmigrantes y miembros de minorías quienes a menudo trabajan en situación de precariedad, sin cobertura médica y cobrando unos salarios con los que apenas se puede sobrevivir en esta ciudad. Con seguridad, a muchas de esas profesiones no ha mucho que se las trataba incluso de forma desdeñosa y despectiva en las mismas casas desde las que ahora se les aplaude.

Si como sociedades realmente aprendemos y tenemos memoria, al llegar al otro lado de todo esto, debería haber una profunda reflexión sobre a quién idolatramos y subimos a los altares de nuestra atención individual y mediática. Replantearnos quiénes cumplen funciones esenciales, en qué condiciones lo hacen, y quienes son realmente los verdaderos modelos sociales y ejemplos educativos. Quizá deberíamos dejar de buscarlos en Instagram.

Como en tantos lugares del mundo, el aplauso en Nueva York se ha convertido en un ritual comunitario, una manifestación colectiva de esperanza y agradecimiento en el que los vecinos nos saludamos desde las ventanas, silbamos, gritamos y hacemos ruidos con campanillas y menaje de cocina apoyándonos unos a otros. Los pocos coches que pasan por la calle hacen sonar también sus bocinas. Es el único momento en el que no parecen oírse las sirenas.

Ojalá el aplauso sea también una declaración de intenciones y cuando baje el telón de esta tragedia y se callen las sirenas de las ambulancias, nos acordemos de que hay muchas otras maneras de seguir aplaudiendo a los trabajadores esenciales en el día a día.

Fernando Travesí

Fernando Travesí

Escritor y dramaturgo galardonado con el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca por su obra “Ilusiones Rotas”. Entre su producción teatral se incluyen “Palabras de amor, sangre en la alfombra”, “Tú, come bollos”, “Acuérdate de mí”, “El Diván”, "El espacio entre medias" y "La sensación de no saber estar", representadas en diversos escenarios españoles (incluyendo el de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos) latinoamericanos y estadounidenses. En el ámbito narrativo, es autor de la novela “La vida imperfecta”, (Editorial Editorial Siltolá, España. Editorial Planeta, Colombia) premiada con el Premio de Novela Corta del Fondo de Cultura Económica (Colombia). Es también autor del libro "Peter, Niño Soldado" (Ed. Martínez Roca, Grupo Planeta 2004) y su más reciente publicación e el libro de relatos “El otro lado de las cosas (que ocurren bajo el cielo de París)” (Editorial Siltolá, España)

Un comentario sobre “Las sirenas de Nueva York

  • el 22 abril, 2020 a las 2:39 am
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    Me disfruté mucho leyendo esta columna. Provocadora reflexión en torno a esas prácticas que deberíamos conservar después de la pandemia. Tal vez todo esto, de aquí en adelante, nos de la gallardía de aplaudir lo aplaudible, lo esencial, que, a veces como en El Principito, no se ve con los ojos sino con el corazón. Aplaudo tus palabras que antes de la pandemia ya tenían un eco esencial, que durante lo siguen siendo y que ojalá lo sigan siendo.

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