D’A 2020 (IV) – La Reina de los Lagartos: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Por Fernando Solla.

El D’A Film Festival lo ha vuelto a hacer. La reina de los lagartos (Burnin’ Percebes, 2019) llega a la sección Un impulso colectivo y el descojone es considerable. El último proyecto del tándem formado por Nando Martínez y Juan González lo pone todo patas arriba, desde nuestra predisposición habitual hacia el género de la ¿comedia? romántica hasta la actitud más o menos manifiesta y acomodaticia que podamos adoptar como receptores de cualquier relato audiovisual. Junto aThe Twentieth Century (Matthew Rankin, 2019) lo más bizarro que podremos ver en esta edición.

Dicho esto, ¿qué es lo verdaderamente transgresor de la película? La amplitud temática y qué puede aportar a su desarrollo el diseño del proyecto y su propuesta a distancia del soporte digital al que estamos más que acostumbrados. Con la elección del Super-8 por supuesto que se consigue un aspecto diferente (diferente al resto de la gente) pero es que, después de verla, resulta un gran hallazgo para lo que se quiere explicar. No es tanto una reivindicación como sí una manera totalmente basada en la imagen para incidir en el peso y el poso de la historia y los personajes. Y sí, esto es lenguaje cinematográfico. En paralelo, y aunque pueda parecer que a menudo haya una encriptación hacia la chuscada privada, se construyen unas líneas de diálogo y unas réplicas que plasman en escasos minutos y a nivel conversación todo el trasfondo de la protagonista. Algo que sirve para incentivar su conflicto entre lo que quiere evitar (una historia romántica al uso y sin autonomía para decir con quién y cuándo), su porqué de ahora (madre soltera, separada o divorciada), de lo que huye (una educación católica y apostólica y que su madre intenta perpetuar con la nieta) y lo que finalmente la reduce y atrapa (no haremos spoiler).

¿A qué nos referimos? De algún modo, decisiones estéticas y situaciones como las de la escena inicial o el cierre de la película se justifican en favor de la historia que se quiere explicar, una vez más, con gran preeminencia del poder expresivo de la imagen. Además, Martínez y González demuestran gran habilidad para la elección de localizaciones, tanto interiores como exteriores de la ciudad de Barcelona y lo que nos parece reconocer como la estación de FGC de La Floresta y/o alrededores. Por supuesto que hay autocomplacencia pero si mantenemos nuestra curiosidad despierta a través de la mirada y la escucha veremos que no es únicamente un ejercicio onanista ni mucho menos excluyente. No intuimos hacia dónde les llevará la experiencia con el soporte. Lo más posible es que no se trate tanto de una declaración de intenciones (¿necesitamos más después de ver este o cualquiera de los proyectos de la pareja?), ya que hasta el momento todos y cada uno de sus trabajos lo son en sí mismos. Formato doméstico para explicar lo que en otras manos sería de lo más cotidiano. Unir fábula y ciencia-ficción también es un acierto porque al final ambos personajes se verán obligados a continuar o perpetuar una misión o modus operandi vital que no desean. Y ya sabemos que nos encanta utilizar y catalogar con la palabra distopía como si no hubiera un mañana.

Es cierto que se elige el formato «más adecuado» para la historia. También que se mantienen algunas de las señas de identidad del tándem como la presencia de secundarios extremos (tanto que son casi normales si pensamos en nuestro día y miramos a nuestro alrededor, como el vecino o el rancio del cura que nos dice «voy a ser franco«).. Pero no lo es menos que en La reina de los lagartos apuesta por una pareja protagonista más desarrollada que en anteriores ocasiones (la química entre Bruna Cusí y Javier Botet funciona muy bien, tanto por la idiosincrasia de cada uno como por la complicidad que consiguen). Diálogos de él con una vaca, o los del personaje de Cusí con el de su hija hablando del fin de un romance y de naves nodrizas, la obsesión (ojo al giro final) de esta última con su disfraz de lagarto… Todo sucede ante nuestros ojos y la vez no vemos nada. ¿O es al revés? ¿Cómo podría ser una historia romántica entre dos personajes opuestos, plagada de humor absurdo más que así? Una película de ciencia-ficción al uso sin efectos especiales no luciría muy distinta a lo que vemos aquí, ¿o sí? ¿Qué es lo relativamente marciano cuando nos referimos a la verosimilitud en el cine?

También se mantendrán algunas filias temáticas en cuanto a la perpetuación de cierta fatalidad. Esa que marca que las cosas no siempre salen como esperábamos o según nuestra voluntad. Ya en Searching for Meritxell (2015), la protagonista quedaba embarazada del mismísimo demonio. Ese perfil embaucador también jugará aquí un papel en el ya melodrama, pero reconducido a características más marcianas, nunca mejor dicho. Todo esto se trabaja a partir de las nociones de loop y las implicaciones del disfraz, algo que sumado al uso del Super-8 propone un juego elocuente y bien llevado. Regresión y al mismo tiempo perpetuación (de esa «finalidad» engendradora impuesta a la mujer, de la Semana Santa y toda su idiosincrasia…).

Una visión todavía más exótica si cabe del «yo por mi hija mato».  ¿Qué pasaría si el Godzilla primigenio se encontrara con el Pedro Almodóvar más desacomplejado y ochentero? Quizá el personaje del vecino interpretado por Iván Labanda y su gazpacho nos den alguna pista. Pero no nos quedemos con el guiño a Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). El humor «absurdo» y transgresor va un poco más allá. Si recordamos ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) podríamos establecer ciertos paralelismos entre Gloria (Carmen Maura) y Berta (Cusí). La segunda parecería negar todo lo que refleja la primera (ama de cada frustrada y dependiente), pero es que ya allí el personaje la abuela interpretado por Chus Lampreave adoptaba como animal de compañía un lagarto al que bautizaba con el nombre de Dinero porque «es verde como los antiguos billetes de mil pesetas». Lagartos como símbolo del poder dominante (¿y patriarcal?), extraterrestres fecundadores-perpetuadores de esa especie… Bendita locura.

En definitiva, La reina de los lagartos supondrá una amenaza para cualquiera que se asuste ante el cambio y vea en esta aproximación radical la posibilidad del fin de un cine inmovilista cuando en realidad lo que se propone es un alivio. La opción no excluyente de los Burnin’ Percebes consigue alinear de un modo todo lo caótico (según lo establecido) que se quiera forma y contenido hasta convertir la una en el otro y viceversa. Como en las ocasiones relevantes, las que cuentan, el qué no es tan importante hasta que se fusiona con el «cómo» y el porqué y juntos conforman un surrealista tres en uno. Una alternativa que permite un distanciamiento obligado con las tradiciones (las que se muestran en la película y también las cinematográficas) para asegurar la supervivencia y evolución de géneros, formatos y autores más allá de las limitaciones espaciales (véase liquidez) a las que la actualidad parece obligarnos.

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