En defensa de la (sabia) felicidad

José Luis Trullo.- La cultura contemporánea libra una batalla permanente contra la felicidad. El mercado editorial así lo atestigua, difundiendo cada cierto tiempo una nueva proclama al respecto: si en 2008 la editorial Taurus publicaba Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, de Eric G. Wilson, hace unos semanas se ha editado un libro titulado Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (¡nada menos), de Edgar Cabanas y Eva Illouz. Pero la cosa viene de lejos. Autores celebérrimos han cargado contra la mera idea de la dicha. Gustave Flaubert, ese sempiterno amargado ante la frustración de sus propias quimeras, afirmaba: «Ser estúpido, egoísta y gozar de buena salud son los tres requisitos para ser feliz, aunque si falla la estupidez, todo está perdido». ¡Y no hablemos de Cioran, de Beckett, de Ionesco! La felicidad se ha venido a considerar, por parte de ciertos cráneos supuestamente privilegiados, como sinónimo de un ansia plebeya, un síntoma de escasa ambición personal, de necedad o incluso de supremo egoísmo pues, ¿quién puede ser feliz ante la mera perspectiva del dolor ajeno? Ello por no hablar de la voz de nuestra propia conciencia, que nos recuerda a cada rato que somos mortales y, por ende, nuestros logros efímeros e ilusorios… Por el contrario, manifestar tendencias melancólicas, abismarse en cavilaciones sombrías o jactarse de la propia capacidad para la tristeza constituye un pendón de victoria: los taciturnos sí conocerían la esencia auténtica de la vida, esa que los alegres y los entusiastas se empeñan en sofocar tras una mueca risueña. Por desgracia, «el hombre que sólo piensa en su sufrimiento, no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara también en su felicidad, vería que todas las etapas de su vida tuvieron momentos felices», como nos advirtió Dostoievski.

Sin embargo, no siempre ha sido así. En la cultura clásica (y entiendo por ello la que, arrancando en Grecia y Roma, llega hasta los albores del Romanticismo) se postulaba la felicidad como el más alto ideal al que podía aspirar el sabio, en cuanto paradigma eminente del ser humano. Aristóteles fundamentó toda su ética eudemonológica en este principio. San Agustín dejó escrito: «nadie es sabio si no es feliz». Spinoza y Hume la consideraban la meta natural de la humanidad. Kant, poco sospechoso de despachar fáciles concesiones a la opinión mayoritaria, sentenció: «La felicidad; más que un deseo, alegría o elección, es un deber», y ya sabemos a qué aludía el filósofo de Königsberg cuando elegía ese palabra, y no otra. Bertrand Russell o Julián Marías, ya en el siglo XX, escribieron luminosos estudios acerca de esta noción esencial para la vida humana.

Desde luego, nada tiene que ver esa felicidad clásica con lo que entiende el hombre moderno por dicha palabra, y esa me parece la clave. Mientras que la primera consiste en un estado objetivo subsiguiente a la observancia de ciertas pautas de pensamiento y de conducta (resumidas en el concepto de virtud), para el segundo se reduce a un conjunto de emociones estrictamente subjetivas, normalmente asociadas a la euforia, a la desmesura e incluso al éxtasis. Como es natural, ni el más acérrimo heredero de Baudelaire puede aspirar a vivir en un estado de permanente embriaguez; en el mejor de los casos, y aplicándose un severo régimen de adelgazamiento aspiracional, alcanzará cierta suerte de beatitud consistente en: a) la ausencia de dolor, b) la reducción de los deseos desmedidos y, en última instancia, c) la conformidad con las propias circunstancias. No en vano el gran maestro del estoicismo, nuestro cordobés universal, Séneca, afirmó: «El sabio se contenta con su suerte, sea cual sea, sin desear lo que no tiene». De esta contención de las expectativas, y de su adecuación a las reales posibilidades de materializarlas, depende en gran medida ese sano contento, tan alejado de una idea chabacana de la felicidad como satisfacción permanente y ansiosa de nuestros caprichos, y fuente de intensas descargas hormonales. (Personalmente, como John Stuart Mill, yo también «he aprendido a buscar mi felicidad limitando mis deseos en vez de satisfacerlos»).

Por supuesto, la defensa de la felicidad como noble aspiración humana nada tiene que ver con esa versión edulcorada y serializada con que tratan de narcotizarnos los mal llamados libros de autoayuda, pues si algo la caracteriza es el adoptar diversas configuraciones en función de cada individuo. No existe una receta para ser feliz porque sólo hay un modo de ser uno mismo, si puede decirse utilizando una retórica algo banal. En cualquier caso, parece claro que nada tiene que ver la dicha personal con la mera satisfacción de las necesidades materiales o con el fortalecimiento de un estado del bienestar que nos colmase de servicios de calidad: de hecho, los países más desarrollados son aquellos en los que se registra una mayor prevalencia de depresiones invalidantes y suicidios, como puede leerse en este enlace, y es bien conocida la aptitud de los pueblos depauperados para sentirse dichosos por el mero hecho de estar vivos. Seguramente, el choque entre la convicción de que un nivel de vida elevado nos franquea el acceso a la plenitud y la constatación de que ésta no puede reducirse a la mera gratificación material tengan gran parte de culpa en ello.

Ahora bien, que haya que mantener una sana distancia respecto a los vendedores de sucedáneos no implica que debamos impugnar la bella idea que tratan de degradar, so pena de tirar al niño con el agua de la bañera. Todo lo contrario: es ahora cuando más urgente resulta salir en defensa de un concepto tan manoseado, que corre el riesgo de volverse irreconocible. Seguramente, la actitud más inteligente será la de aplicar la prudencia a nuestras aspiraciones, moderación a nuestros apetitos y medida constante a nuestros deseos (todas aquellas virtudes estrictamente clásicas y, por tanto, bastante alejadas del común sentir contemporáneo). Así las cosas, el camino más sabio y seguro pasa por el conocimiento de los propios límites, pues sólo en la medida en que seamos capaces de saber de qué somos realmente capaces podremos aceptar sin rencores las eventuales derrotas, las inevitables pérdidas y los sempiternos chascos con que la realidad nos obsequia a cada momento. Y espero que estas palabras no sean interpretadas como lo que no son: como un nuevo intento de plantear fórmulas infalibles para ser dichoso… Por el contrario, constituyen una invitación a adentrarse en la tarea de depurar los conceptos para, así, poder empezar a avizorar ciertas soluciones a la angustia vital que parece impegnar a las sociedades opulentas. Y es que, como alertaba Schopenhauer, «el medio más seguro para no llegar a ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz».

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