Reseña de “Cuarenta poemas”, de W. H. Auden

Por Jorge de Arco.

Durante buena parte de su vida, W. H. Auden estuvo convencido de que “el poeta tenía que fingir ser alguien más”. O lo que es lo mismo, debía imponer suficiente distancia entre su personalidad y el sujeto lírico que signaba su decir. De esa forma, podía indagar de forma más objetiva en sus anhelos, en sus inquietudes, en sus enigmas…, y alcanzar así, desde su propio alejamiento, una identidad más crítica.

Tal vez, esa intencionada objetivación, esa exigencia de una autoconciencia tan marcada, haya hecho que su poesía encuentre tantos partidarios como detractores. Porque del diálogo que el poeta británico entabló tantas veces consigo mismo, pareciera excluir en demasiadas ocasiones al lector. Pero al cabo, su obra, amplia y variada en producción y géneros -crítica, ensayo, teatro…-, es un estupendo legado que mantiene latente vigencia.

La reciente edición de Cuarenta poemas (Galaxia Gutenberg), acerca una jugosa muestra de su quehacer. Jordi Doce ha estado al cuidado de esta antología y ha traducido con sabio esmero dicha compilación. Cabe recordar que Auden nació en York, en 1907, en el seno de una familia católica de clase media y que fue muy temprano su descubrimiento -¿deslumbramiento?- de la poesía. Su entrada con dieciocho años en la universidad de Oxford le permitió contactar con un puñado de poetas que marcarían las siguientes décadas: Stephen Spender, Cecil Day-Lewis, Christopher Isherwood, Louis McNeice… En 1930, Auden publica Poems en la prestigiosa Faber & Faber de T.S.Eliot, su primer y excelente padrino literario. Aquellos poemas juveniles insinuaban formas muy diferentes a las posteriores, pues dejaban entrever un universo con cierta emotividad, que más tarde se convertiría en pura contención:

Enterrados están
los héroes que en la muerte

no pusieron su fe,
y ahora el valor reside,
no en el suspiro exangüe,

sino en este oponerse
a toda tentación
de maniobras remotas.

 

Tras su paso por España durante la Guerra Civil, Auden se decantó por una ideológica afinidad de izquierdas y sus poemas ya reflejan el desencanto,el conflicto, la incertidumbre… y la otredad, la misma en la que empieza a reconocer, a su vez, su homosexualidad. Todo ello, le permitirá y le ayudará, en suma, a identificarse con quien en verdad quiere ser. En 1939, viaja a Estados Unidos donde se instala definitivamente y lleva a cabo una multifacética labor como crítico, docente y conferenciante.

Apunta Jordi Doce en su prefacio que “Auden es el poeta mundano por excelencia, el primero en sentirse cómodo en la ciudad y hacer de ella su campo de actuación natural, sin exaltaciones hímnicas (Whitman) ni rechazos condenatorios (Eliot)”. A través de este florilegio, pueden hallarse esas claves citadas en textos donde el autor angloamericano exprime su convicción de ser más libre y más humano, más íntimo y más cómplice con sus actos:

Son tantos los que tratan de decir Ahora No

y tantos los que han olvidado cómo
decir Yo Soy y quienes, si de ellos dependiera,

estarían perdidos en la historia.

Como contraste al verso torrencial -mas siempre reflexivo- que en muchos casos domina su lírica, Auden supo y quiso también concentrar su esencia verbal en otros poemas de sustantiva brevedad. En ellos, encontrará el lector una voz pausada, a veces irónica, carente siempre de cualquier ambigüedad y de sólido empirismo:

A los veinte encontramos amigos sin esfuerzo;

pero hace falta Dios y ayuda
para encontrar alguno a los cincuenta y siete.

 

 

Cuarenta poemas, sí, que dan cuenta de la vida y la obra de un escritor en constante proceso de renovación, exigente con su existencia y en los cuales se habla de tú a tú con un yo dialéctico, confesional y solidario: “Dios me ha puesto exactamente / donde habría elegido estar”.

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