Saint Maud (2019), de Rose Glass – Crítica

Por Jordi Campeny.

Existe un debate, un tanto estéril, acerca de qué es el cine de terror o de género y qué cabe o no cabe en él. Una postura, digamos más tradicional, sostiene que el cine de terror debe crear una imaginería potente y sólida que transgreda la realidad y observa con cierta preocupación o condescendencia esta nueva corriente en que el terror utiliza sus claves como metáfora para hablar de horrores más anodinos o cotidianos. Parece ser que las constantes del terror cinematográfico pueden estar en peligro ante esta nueva ola que se acerca a temáticas más íntimas. El cine de género como disfrute y evasión o el cine de género como espejo de lo que nos pasa por dentro. Alejarse de la realidad o pegarse más a ella. Este parece ser el –falso– dilema.

Muchos de estos arqueos de ceja, por parte de algunos guardianes de las esencias del género, tienen lugar frente a trabajos que han tenido cierto recorrido y reconocimiento en los últimos años y que están dirigidos, en muchos casos, por mujeres. Películas que saben usar a la perfección los mecanismos o claves del género y que, además, ofrecen un reflejo y un alivio a los miedos que muchas personas padecen; incluso pueden proporcionar herramientas para combatirlos. Miedo a la pérdida, a la maternidad, a andar sola de noche, a la violencia, a la depresión, al derrumbamiento físico o psicológico, al propio cuerpo. Miedo al miedo.

La periodista y crítica de cine Desirée de Fez ha publicado este 2020 un maravilloso libro/ensayo en el que aborda, precisamente, estos temas. Se titula Reina del grito (Blackie Books) y en él nos acerca a los terrores femeninos y a su reflejo en el cine de género. Un texto valiente, divertido e interesantísimo que nadie, ame o no el cine de terror, debería dejar pasar. El alivio que Desirée de Fez halla frente a sus películas favoritas al entender y poder combatir sus propios miedos es el mismo que sus lectores hallamos entre sus deliciosas páginas para combatir los nuestros.

Películas como Babadook (Jennifer Kent, 2014), La invitación (Karyn Kusama, 2015), Crudo (Julia Ducornau, 2016), Una chica vuelve a casa sola de noche (Ana Lily Amirpour, 2014), Relic (Natalie Erika James, 2020) o She Dies Tomorrow (Amy Seimetz, 2020) son solo algunos títulos que, con resultados más o menos satisfactorios, ofrecen una relectura de las constantes del cine de terror clásico y, a su vez, discurren parejas a los miedos atávicos y concretos que muchas y muchos de nosotros padecemos a diario. De más está añadir que todas y cada una de estas películas se hallan en el centro de la diana de las críticas de los defensores del terror puro (sea lo que sea lo que esto signifique). ¿El dilema debe ser si estas películas se ciñen o no a los parámetros clásicos de lo que es o debería ser el cine de género y fantástico? ¿No sería más razonable empezar a dejar atrás las etiquetas y analizar una película por sus méritos o defectos y discernir, a partir de ahí, si ésta es buena o mala? En fin, lo dicho: una pescadilla que se muerde la cola; un debate entre absurdo y estéril.

Saint Maud, de la debutante Rose Glass, muy aplaudida en el pasado festival de Sitges y estrenada en el tiempo de descuento del año más aciago de nuestras vidas, se suma a la lista de películas dirigidas por mujeres que, utilizando algunas claves del terror, se acerca y se aleja de él para acabar entrando de lleno en el terreno de lo sugerente y metafórico para hablarnos de temas más universales. En este caso, de la culpa, el castigo, el vacío existencial, la fe y la locura.

A través de la relación entre dos mujeres, una cuidadora aferrada a Jesucristo –soberbia Morfydd Clark– y la enferma terminal a la que atiende, la película explora los insondables entresijos del quiebro mental y su extraña correlación con la mística cristiana. En su desquiciado viaje al centro mismo de la locura, atrapada en una espiral de tortura corporal, soledad patológica y obsesión por Dios, la protagonista solo consigue hallar luz –su epifanía– en cuanto más se sumerge en su propio trastorno.

A través de un enigmático monólogo interior, con ecos de Polanski, y con la mirada puesta en ansiedades y desgarros emocionales radicalmente contemporáneos, Saint Maud es ambiciosa, desconcertante, claustrofóbica y visualmente poderosa. ¿Es una buena película de terror, entendida en su acepción más clásica? ¿Es en realidad un extraño y potente melodrama desarrollado en clave de género? Qué más da. Es un interesante y estupendo debut que, al igual que la extraordinaria Beginning (Dea Kulumbegashvili), muestra la religión como siniestro catalizador de la angustia y auténtica arma de (auto)destrucción masiva.

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