«El príncipe constante», de Calderón: un héroe de nuestro tiempo

Por Horacio Otheguy Riveira

El contexto de la acción va por el año 1473. Calderón de la Barca la escribió un año después de La vida es sueño, en 1636, y se consagrará sacerdote en 1651, mucho después de crear comedias y dramas. Aquí se encuentra mucho de sus preocupaciones filosóficas, con decidido acento por la ética que guarda en su seno el catolicismo que él profesa y del que brota esta ficción minada de situaciones reales de la época.

En manos del director Xavier Albertí, se trata de una emocionante consagración por la acción dramática de la palabra calderoniana, rica en matices y exhibida en un escenario desprovisto de distracciones, profundamente místico en un sentido que supera los límites de la beatitud de este martirio del Infante Don Fernando. Y es que cuando este anuncia:

Por mi Dios y por mi ley,

Seré un príncipe constante

En la esclavitud de Fez,

explica el temerario lance de quien nada teme por su fidelidad a sí mismo.

Es verdad que insiste en la fidelidad de Dios frente al poder del moro que pide Ceuta a cambio de su libertad, pero la fe a la que en verdad se abraza supera los límites eclesiásticos o normativos: la expresión de felicidad en el martirio del hambre, la sed, la lenta muerte… hace que el hombre derrotado comprenda, paso a paso, que no hay mayor dignidad en un pobre desgraciado que en un noble: el ajuste de cuentas con la ditirámbica situación de la nobleza en una sociedad tan clasista, queda en mayor evidencia en la tragedia de la hermosa infanta Fénix, derrotada desde la penuria que la abrasa en la primera escena hasta cada aparición cargada de belleza poética, muy ligada al mar y el cielo muchas veces citados en la obra, arquetipo femenino prisionero siempre de la estructura familiar de la época. Dos mártires, el veterano militar por propia convicción, y la mujer a la que no se le permite respirar con vida propia.

Rafa Castejón y Egoitz Sánchez detrás de Lluís Homar en el comienzo, cuando las ambiciones parecen afincarse en una sólida tradición que se verá comprometida.

Son los personajes más importantes de una función tan estática y cargada de monólogos como gusta a Calderón, pero en una puesta en escena donde cada palabra y cada respiración y cada gesto convocan la grandeza de la palabra poética desafiando todo lo conocido en el teatro contemporáneo español: audaz manera de afrontar un texto de extraordinaria valía con un despojamiento que engrandece cada instante.

Xavier Albertí es uno de los más grandes directores teatrales españoles, hace poco artífice de un Calderón muy bullanguero en medio de un hipnótico cabaret (El gran mercado del mundo), conocedor de todos los géneros, incluido el cabaret y la ópera, de manera que, conociendo sus variopintos trabajos, no me cabe duda que ha escogido esta concepción facilitando el encuentro desnudo de personajes muy vestidos de hoy y con ello apuntalar la atemporalidad del mensaje, felizmente acompañado por la musicalidad de las voces de excelentes intérpretes y la propia música, extraña por momentos, muy acertada en algunos subrayados, también compuesta por el director.

Sabiduría en una producción en la que conmueve la austeridad de la escenografía con un gran final que aporta una nueva visión, igualmente austera, y entre todos dos personajes clave de la pieza, los ya nombrados, Don Fernando y Fénix. A cargo de Lluís Homar, quien ya ha trabajado con Albertí (por ejemplo, en un Pinter inolvidable: Tierra de nadie) y se puede ver el notable acuerdo con el director en su escaso movimiento corporal para concentrarse en la expresividad de su rostro y de sus manos, coronación de una voz carismática, muy trabajada con la humildad de los grandes, de las de llegar y enamorar, trasladar en el tiempo toda la locura poética de un autor genial, a menudo maltratado por la difícil unión de corrientes teatrales y la excesiva literatura narrativa de sus textos.

Y luego, Beatriz Argüello: verla y escucharla resulta enormemente gratificante dentro de la densidad de la función. Aparece como si sobrevolara la pista arenosa y habla con una riqueza melódica que enternece y duele, perfil femenino maltratado por la historia que en Argüello encuentra todo lo necesario, felizmente ayudada por un vestuario que cuando deja su espalda desnuda nos permite descubrir más facetas dentro de la amalgama de frustraciones de su personaje.

Un espectáculo al que es recomendable asistir evitando todo prejuicio, dejando que las peculiaridades ideológicas de la época no perturben el heroísmo que nos llega hoy con la misma fuerza que, por ejemplo, en 1882, Henrik Ibsen nos ofreciera con su Enemigo del pueblo, y en 1952, Arthur Miller con el John Proctor de Las brujas de Salem: ambos a la contra del poder establecido, fieles hasta el último momento a sus ideales. Una heroicidad que no debería asombrar en nuestra época, si no fuera que, día a día, en todos los estamentos surgen renovadas hipocresías y corrupciones fervorosamente aliadas a la codicia.

Con dramaturgia de Albert Arribas el texto original se exhibe depurado de los ripios propios de la época, rico en sugerencias, ajustado en intenciones. Desde los trajes de los señores a los de los esclavos, con claras referencias al color naranja de los prisioneros de Guantánamo, hasta la pureza escenográfica y las dos ametralladoras que aparecen fugazmente subrayan el hoy de este ayer que golpea la irracional voracidad con la certeza de que nada ni nadie será capaz de doblegar la voluntad de un hombre fiel a sí mismo. Le sostiene su fe católica, pero es en realidad un elemento calderoniano que se traslada a la universalidad de los seres humanos solidarios, más allá de sus creencias.

Arturo Querejeta, un rey implacable con reminiscencias de El castigo sin venganza, de Lope de Vega —estrenada en 1631— escucha la convicción de su esclavo. Detrás, mudos ante designios superiores, infelices para siempre, los personajes interpretados por Beatriz Argüello y José Juan Rodríguez. Actuaciones en cautivadora sincronía.

¿En mísero cautiverio
Fuera bueno que murieran
Hoy tantas vidas, por una
Que no importa que se pierda?
¿Quién soy yo? ¿Soy más que un hombre?
Si es número que acrecienta
El ser infante, ya soy
Un cautivo: de nobleza
No es capaz el que es esclavo;
Yo lo soy: luego ya yerra
El que infante me llamare.
Si no lo soy, ¿quién ordena
Que la vida de un esclavo
En tanto precio se venda?
Morir es perder el ser,
Yo le perdí en una guerra:
Perdí el ser, luego morí:
Morí, luego ya no es cuerda
Hazaña que por un muerto
Hoy tantos vivos perezcan.
Y así estos vanos poderes,
Hoy, divididos en piezas,
Serán átomos del sol,
Serán del fuego centellas.

 

Intérpretes: Lluís Homar, Arturo  Querejeta, José Juan Rodríguez, Beatriz Argüello, Rafa Castejón, Egoitz Sánchez, Jorge Varandela, Lara Grube, José Juan Sevilla, Álvaro de Juan, Marina Mulet, Iñigo Álvarez de Lara, José Cobertera, Jonás Alonso, Alfonso Nieves, Jorge Llamas, Isabel Juárez, Irene Celestino
Dirección, versión y música Xavier Albertí

Ayudante de dirección Jorge Gonzalo

Ayudante de vestuario Emi Ecay

Dramaturgista Albert Arribas

Ayudante de escenografía Mercè Luccheti

Iluminación Juan Gómez-Cornejo

Verso Vicente Fuentes

Ayudante de iluminación David Hortelano

Escenografía y vestuario Lluc Castells

Producción CNTC Con la colaboración de: Teatro del Soho CaixaBank de Málaga, Teatro Principal de Vitoria Teatro Arriaga de Bilbao

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