Boyero, Filmin, las plataformas y yo mismo

Por Gerardo Gonzalo.

Hace un par de semanas contemplé, con una mezcla de sentimientos que oscilaban de la estupefacción al placer culpable una polémica entre Carlos Boyero y Filmin.

Todo venía motivado por un artículo del crítico en El País el 9 de abril, en el que analizaba el papel de la televisión actual y las plataformas en relación al cine clásico que a él tanto le gusta, y en el que se incluía este fragmento: “Y en el catálogo de la revolucionaria y prestigiosa Filmin constato demasiadas muestras de un cine que me aburre, el que he padecido durante  demasiados años en los festivales. Pobre clasicismo. Quieren destinarlo al mausoleo. O al olvido”

La cuestión me provoca unas ganas locas de hablar de las plataformas, de Filmin, pero también de Carlos Boyero, del ejercicio de la crítica y del  periodismo (desde mi desautorizada opinión de “no periodista” y crítico amateur) y por qué no reconocerlo, como todo aquel que realiza el acto onanista de escribir, sobre mí mismo.

Mi actividad en esta web, en la que me estáis leyendo, consiste en escribir críticas de cine y televisión y algunas de libros, que piadosamente y con generosidad infinita, me publican. Al final es lo que hace Carlos Boyero y lo que de otro modo hacía Carlos Pumares, quizás los únicos ejemplos de críticos cinematográficos, que desde diferentes caminos, han llegado a alcanzar una notoriedad más allá de las indómitas, sesudas y minoritarias tribus cinéfilas.

Pero hablemos de Boyero. Mi opinión sobre él es compleja. Vitalmente, desde un punto de desarrollo profesional, podría decir que le envidio, puesto que se gana la vida haciendo algo que para mí es un placer y un disfrute que hago gratis y que básicamente consiste en ver películas o series y hablar o escribir sobre ellas. Además lo realiza desde trasatlánticos de la comunicación como El País o la Cadena Ser, lo cual hace que tenga una gran audiencia y seguramente, aunque esto sea complejo de medir en estos tiempos, cierta influencia sobre los que le leen o le escuchan.

También tengo que decir que en lo que respecta a su criterio, suelo estar de acuerdo con sus valoraciones positivas. Cuando de tarde en tarde, ve una película que le gusta, a mí también me suele gustar. Sin embargo, respecto a las que no le gustan, que creo que en su caso son la mayoría, mis criterios suelen ser más benévolos que los suyos y creo que algo menos desprejuiciados.

No obstante siempre le he agradecido, que a diferencia de otros críticos, no sea especialmente sesudo ni metafísico en sus análisis fílmicos y también que quede siempre claro si una película le ha gustado a no.

Sin embargo, reconozco que para los que ocupamos esta posición amateur de veneración por las películas y las series, a veces nos irrita la displicencia con la que en muchas ocasiones se refieren a ese arte los que hablan del mismo. A veces, el ejercicio de su trabajo parece provocarles terribles disgustos cuando no torturas.

Recuerdo hace muchos años las infinitas quejas de mi muy admirado Carlos Pumares, desde su programa Polvo de estrellas, cuando iba a un festival y le ponían una película a las 09.00 de la mañana, algo inhumano según él. Yo la verdad es que me levanto todos los días a las 06:30, no tengo un mal trabajo, pero si me dieran a elegir entre sentarme en una oficina 8 horas y verme dos o tres pelis, creo que yo, y la mayoría de gente, incluso la no cinéfila, pondríamos rumbo al cine. Es algo en lo que pienso especialmente ahora que, cuando salgo en coche a trabajar muy temprano, veo una fila de obreros de la construcción dirigiéndose a unas obras cercanas a mi domicilio. Pienso en la suerte que tienen de subirse en un andamio haga frío o calor, llueva o nieve, durante toda la jornada y por un sueldo seguramente escaso, cuando hay unos pobres críticos, que a esas mismas horas, están en Venecia o en Berlín, sentados en una acolchada butaca viendo una peli, pobrecitos, que tortura para esos críticos.

Boyero es también muy dado a hablar del sufrimiento que le supone ir a festivales y hasta ha renunciado a acudir a alguno. Yo he ido como espectador raso a festivales en España, que me han supuesto pedir un día de libranza en el trabajo, hacerme 4 horas en coche, ver 3 pelis, volver a mi casa reventado casi de madrugada y tener como única gratificación haber visto antes que la mayoría, la última película de un director que me gusta o en el mejor de los casos, descubrir una joya que aún no conoce nadie. Y mira, tan feliz.

Reconozco que las plataformas y el nuevo modelo de estrenos, están empezando a cambiar estos ritos que muchos hemos seguido, pero aun así, tengo que decir que uno de los momentos de mi vida que nunca me han defraudado, es ese en el que sentado en una butaca de cine, las luces se apagan y se enciende la pantalla que anuncia el inicio de la peli. Esos breves segundos, siempre han sido para mí sinónimo de felicidad. De ahí que cuando ir a un festival o sentarse a ver una película a una determinada hora sea ingrato, es para mí como si un crítico gastronómico se quejara de que le han fastidiado la siesta por tener que ir al Bulli o al Celler de Can Roca o que a un periodista deportivo le dé pereza que le manden a retransmitir la final de la Champions.

El problema es que para algunos como yo la cultura, en todas sus formas, es una especie de religión de la que nos nutrimos y que ameniza y da sentido a buena parte de nuestra existencia e inquietudes. De ahí que ver que alguno de sus sacerdotes la trata despectivamente o la minusvalora, puede provocar en algunos feligreses como yo, crisis de Fe y algún mosqueo con el oficiante.

Pero hablemos de las plataformas y de mi opinión sobre ellas. Yo antes de nada diré que estoy suscrito a cinco: Netflix, HBO, Amazon Prime, Movistar y Filmin, con lo cual, hablaré de lo que conozco.

Netflix para mí, es como uno de esos reality norteamericanos donde la gente puja por un trastero sin saber lo que hay dentro. Entonces, el que se lo lleva entra y como no puede ser de otra manera en un trastero abandonado, la mayoría de lo que hay son cosas inservibles. Pero de vez en cuando y tras mucho rebuscar, se encuentra algún objeto valioso. Pues eso es Netflix, una cantidad ingente de contenidos, para mi carentes de interés, pero que rebuscando, rebuscando, a veces encuentras joyas como Roma, Historias de un matrimonio, The Crown o Stranger Things.

HBO sería la versión gourmet de Netflix. Con un catálogo menos extenso, pero cuyo contenido y producciones parecen abogar por criterios de mayor calidad. Su catálogo está plagado de clásicos contemporáneos de la ficción televisiva y de apuestas recientes a veces de gran audacia con ejemplos magníficos como Chernobyl, The Young Pope, The New Pope, Years and Years o Patria.

Amazon Prime, no lo tengo claro. Tiene una ambición menos artística y gustos generalistas, sería como El Corte Inglés. Esta temporada nos ha ofrecido Sound of metal y además es artífice de una de las grandes series de los últimos tiempos como es Zero Zero Zero. No me viene a la cabeza mucho más (salvo que te interese la vida de Sergio Ramos, que no es mi caso) aunque eso sí, a diferencia de las anteriores cuenta, también rebuscando mucho, con algo de cine clásico para echarte a la boca.

Movistar, sería como ir a la Fnac. Tiene un poco de todo y equilibrado, con algunas propuestas audaces en su catálogo. Estrenos, series norteamericanas, pero también europeas, cine clásico con la programación de TCM, cine español, americano e internacional muy compensado todo. Respecto a las producciones propias, grandísimos productos como Antidisturbios, Hierro o Vida Perfecta, que la conviertan en la factoría de series de mayor calidad del mercado español.

Por último, nos queda Filmin, ¿y qué es Filmin? Filmin es el paraíso del cinéfilo. La pandemia me ha tenido más tiempo de lo normal en casa y esta situación no la hubiera llevado igual si no hubiera sido por esta plataforma que me ha permitido cosas como ver al fin algunos clásicos que imperdonablemente un cinéfilo como yo aún no había visto como Johnny Guitar o El fotógrafo del pánico y que además me ha hecho redisfrutar de la filmografía casi completa de Woody Allen, Alfred Hitchcock, Ingmar Bergman o Billy Wilder. Pero también es la plataforma que me permitió hace tiempo descubrir y ahondar en Farhadi o Xavier Dolan, poder ver los primeros trabajos de Dennis Villenueve, o disfrutar recientemente de algunas de las mejores series contemporáneas como El Colapso o Cuando el polvo se asienta. También es la que ahora me está haciendo feliz con la sola expectativa de adentrarme en las próximas semanas con mayor profundidad en el cine de Joseph Losey o Max Ophüls. La que tras el reciente fallecimiento de Bertrand Tavernier, me permitirá rememorar sus mejores películas, o la que hace poco me ha permitido ver esa rareza inédita de Scarlett Johansson llamada Under the Skin.

Además, a diferencia de otras plataformas, como espectador Filmin te trata como si fueras alguien con criterio. Puedes enlazar la búsqueda de películas por sus intérpretes, directores, temas, épocas, colecciones… El cliente elige por sí mismo, no hay un algoritmo que le diga o le redirija a lo que tiene que ver.

Filmin no formaría parte de las cadenas de consumo ni sería un gran almacén. Filmin = El Museo del Prado + El Museo Reina Sofía. Prima la calidad, la ambición artística y una respetuosa visión de la historia del cine en su conjunto, abierta a todas sus tendencias y épocas.

¿Cómo es posible entonces que Carlos Boyero, despache con la displicencia comentada la que debería ser su plataforma de referencia? Es aquí donde me permito hacer una reflexión sobre la responsabilidad del que escribe algo y de quien se lo publica, basándome en la conversación que días después del  artículo, Carlos Boyero y Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin, protagonizaron en los micrófonos de la Ser.

El mensaje de Boyero fue básicamente de desprecio a las Redes Sociales. También definió lo que para él es el buen cine, que es lo que a él le gusta. Por último, reconoció que no tiene Filmin y que su experiencia con la plataforma es que hace unos años fue a casa de unos amigos que sí lo tenían y le mostraron algunos de los títulos que estaban en su catálogo.

El mensaje de Jaume Ripoll, por su parte, fue que los que no tienen tanta voz en otros medios, deben utilizar las redes sociales. Que todo cabe en los gustos y en la variedad dentro de las diferentes propuestas cinematográficas que existen. Y que básicamente, las películas que le gustan a Boyero, están casi todas en Filmin.

¿Vencedor del combate? Ripoll-Filmin sin duda, explicaré por qué. El desprecio de Boyero por las redes sociales no me parece mal, está en su derecho y sus atalayas mediáticas nunca le han exigido acudir a las mismas, con lo cual, nada que decir. Respecto a su criterio de que el cine bueno es el que a él le gusta, tampoco hay nada que objetar por mí parte, de hecho es el mismo criterio que tengo yo, para mí el cine bueno es también el que me gusta a mí. Aunque esto quizás podríamos desarrollarlo un pelín, ya que si pretendes hablar bien o mal de algo, nunca está de más argumentarlo mínimamente, y más de una vez he oído al crítico tumbar una película con argumentos como que le cae mal su protagonista o que simplemente no le interesa la historia, sin más. Hombre D. Carlos, a veces podría ser un pelín más sofisticado en la explicación y explicitar algo más sus razonamientos para que estos parezcan más fruto de un proceso valorativo que de una manía personal sin fundamento.

En cualquier caso, de momento, nada demasiado grave de lo dicho por el crítico, que yo no pudiese suscribir. El problema gordo es el último argumento. Boyero reconoce haber hablado de una plataforma, concretamente de Filmin, sin conocerla y sin ni siquiera saber que en esta, están casi todas las películas que él tiene en su videoteca y que tanto le gustan. Es decir, ha hablado sin saber de algo que además es de muy fácil acceso, lo cual a un no periodista como yo, un amateur en la escritura crítica como yo, por responsabilidad, no se le ocurriría hacer nunca aunque me lean cuatro gatos y no influya en nadie.

En resumen, es como si el crítico de arte más prestigioso de nuestro país renegara del Museo del Prado o del Reina Sofía, al mismo tiempo que manifestase su amor profundo por los cuadros de Velázquez o Picasso.

Afortunadamente, o no, tras esta leve tormenta en un vaso de agua y que solo ha llamado la atención de cuatro raros como yo, nada cambiará. Filmin, ajena a las palabras de Boyero, seguirá creciendo, porque tengo la convicción de que la gente se acabará cansando de la uniformidad de una ficción mayoritariamente adolescente y el cuasi monopolio de los films de superhéroes en la cartelera y al final descubrirá que la única alternativa frente a eso es Filmin. Además apuesto a que de aquí a unos años, el cine en blanco y negro pasará a ser lo mas cool, ya que lo retro se pone de moda con periodicidad.

Tampoco creo que esta minúscula polémica afecte a Boyero. Él seguirá siendo el crítico de cine más famoso y carismático de nuestro país y en tiempos de relativismo, que un crítico critique algo que no ha visto y que no conoce, no creo que le pase factura.

Respecto a mí, seguiré escribiendo críticas que poca gente lee, predicaré a la mínima que pueda a favor de Filmin y si un día aparece Boyero en la radio mientras voy conduciendo, me quedaré en ese dial a escucharlo, aunque eso sí, ya siempre me asaltará fugazmente la duda de si la película o serie de la que habla ha sido sometida al mismo escrutinio que el que hizo para hablar de Filmin. Espero que no, soy cinéfilo a tiempo parcial, no puedo verlo todo,  necesito prescriptores que me ayuden a seleccionar y Boyero siempre ha sido uno de ellos y espero que lo siga siendo….. ¿o ya no debería?

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