Lectura intransitiva: mi Diario de Trapiello

José Luis Trullo.– Admito que ver a Andrés Trapiello bajo tantas miradas y oírle en tantas bocas me causa cierto desasosiego. Es como si estuvieran hablando de mí. Me explico. La primera noticia que tuve de él fue en las páginas de Babelia, cuando este suplemento literario significaba algo para alguien, allá a principios de los 90 del siglo pasado. Recuerdo sus reseñas, ponderadas y estimulantes. También alguna que otro foto -en riguroso blanco y negro- en las que, con su denso flequillo y sus inmarcesibles gafas, miraba a cámara con aire entre lánguido y tímido, en una mezcla de coquetería y displicencia que, lo admito, me cautivaba, pues se oponía discretamente a la apostura de otros literatos bombásticos y estruendosos (no daré nombres: están en la mente de todos).

No recuerdo cómo cayó en mis manos un tomito azul, publicado por Pre-Textos, con el título de El gato encerrado. Me cautivó de inmediato. No en vano, el género del cuaderno de escritor siempre ha sido de mis favoritos (desde los de Joubert hasta los de Cioran, pasando por Handke, Renard o tantos otros): me prenda su falta de argumento, su ausencia de énfasis, su apego a lo aparentemente irrelevante que, a los ojos del autor, cobra volumen y significado. Tampoco soy capaz de datar el momento en el que volví a hacerme con uno de los volúmenes de lo que luego supe que era el Salón de los pasos perdidos, hoy justamente célebre; lo que sí tengo clara es la impresión de ser el único lector de aquellos libros, hasta ese punto parecían escritos para mí… ¿por mí? Sí, así es como yo lo vivía: como un espejo a lo largo de mi camino el cual, a diferencia de la novela stendhaliana, más que invitarme a caminar me clavaba en el asiento… o me tumbaba en la cama o en la arena de la playa, para qué nos vamos a engañar. Abrir uno de los tomos del diario de Trapiello era otro modo de escribir el mío: una suerte de composición a dos manos en la cual uno (el autor) tomaba la voz cantante y el otro (yo, el lector) le acompañaba con el basso continuo de la mirada cómplice, aunque distante. No sé cuántas tardes de verano habré consumido con uno de esos libros entre las manos: decenas… quizás cientos, siempre con la misma sensación de íntima compañía, de liberación sedente (y sedante). Puedo llegar a afirmar, sin ruborizarme, que en algunos ocasiones me salvaron de la desesperación: tanta irrelevancia cotidiana, tan bien contada, me resultaba catártica.

Ignoro cuántos tomos habré leído del Salón, seguramente más de una docena; admito que, llegado cierto momento, los abandoné porque en ellos percibía cierta falta de naturalidad: empezaron a resultarme previsibles, reiterativos… o seguramente es que mi vida había cambiado tanto, que ya no necesitaba tan cerca a nadie tan parecido a mí (o así me gustaba creerlo). Sí que sé que Siete moderno (¡más de 700 páginas!) lo he visitado dos veces, y sin el menor atisbo de cansancio o tedio. Apenas recuerdo nada de su contenido: viajes, reflexiones, cenas, encuentros y desencuentros (imposible no reírse con los vividos contra Gimferrer o Vila-Matas)… En realidad, no importaba tanto lo que se narraba en ellos -al fin y al cabo, la vida de cada día no tiene más sustancia que el sentido que extraigamos de ella- cuanto esa experiencia sublime de caminar con la boca cerrada al lado de alguien a quien admiramos, no por quien es, sino por cómo es… o por cómo se nos presenta.

Una ulterior prolongación de esta lectura intransitiva fue la transcripción de las (cientos de) frases, muchas veces de naturaleza aforística, que iba recolectando de las páginas del diario; en su momento, publiqué una brevísima selección de las mismas, lógicamente con el visto bueno del autor, en El Aforista. Llegué incluso a acariciar el proyecto de reunirlas en forma de libro. De haberlo publicado, sin duda habría sido el mejor de los que yo he escrito, pues en él aparecerían, en rica amalgama, jirones de mi propia vida quintaesenciada. Y es que, como todo el mundo sabe, en  nuestras lecturas dejamos mucho más de lo que tomamos, de manera que, en justa reciprocidad, ellas nos acaban retribuyendo con infinitamente más de lo que nos merecemos.

Así las cosas, en estos días de estériles y artificiosas lides ideológicas en torno a su persona, me enorgullezco de poder decir: yo (me) leí (en) el diario de Trapiello, y ello sin duda me hizo mejor de lo que soy. Por todo ello, ¡gracias, Andrés!

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