Unas ‘Bodas de Fígaro’ sevillanas

EDUARDO SUÁREZ FERNÁNDEZ-MIRANDA.

Sevilla estrena, en el Teatro de la Maestranza, durante el mes de diciembre, Le nozze di Figaro. En esta ocasión es Emilio Sagi, el brillante director de escena asturiano, el encargado de proponer una visión de esta ópera de Mozart. Como él mismo recuerda: “Sevilla no es un mero decorado de trasfondo, sino que actúa como un personaje más”. La escenografía de Emilio Sagi, que fue director artístico del Teatro Real de Madrid, convierte a la capital andaluza en partícipe de esta brillante ópera.

El cartel es prometedor en lo musical, encabezado por el barítono Alessio Arduini, la soprano Natalia Labourdette y el barítono Vittorio Prato, bajo la batuta de Corrado Rovaris, director musical de la Ópera de Filadelfia. Precisamente, fue en esta ciudad donde debutó, en 1999, dirigiendo la ópera que será representada en Sevilla.

Le nozze di Figaro fue la primera de las valiosas colaboraciones que W.A. Mozart (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791) y Lorenzo da Ponte (Cèneda, 1749 – Nueva York, 1838), el libretista más solicitado de la corte de José II, mantuvieron hasta la muerte del genio salzburgués. En sus sugestivas Memorias, Lorenzo da Ponte recuerda la génesis de esta espléndida ópera:

“Concebí fácilmente que la inmensidad de su genio [Mozart] exigía un tema extenso, multiforme, sublime. Conversando un día con él sobre esta materia, me preguntó si me sería fácil reducir a drama la comedia de Beaumarchais titulada Las bodas de fígaro. Me gustó bastante la propuesta y le prometí hacerlo. Pero había que superar una dificultad grandísima. Unos días antes el emperador había prohibido a la compañía del teatro alemán representar aquella comedia, escrita, decía él, demasiado libremente para un auditorio decente. (…) Me puse, pues, a la obra y, a medida que yo escribía las palabras, él hacía la música. En seis semanas todo estaba en regla”.

La obra de Beaumarchais, en la que se inspiró Da Ponte, mostraba a un gran conocedor del alma humana, y reunía en sus Bodas de Fígaro el divertimento hasta el punto de que, según cuenta la leyenda, su padre murió de un ataque de risa mientras leía el texto.

El estreno de la ópera en Viena, el 1 de mayo de 1786, fue un fracaso debido a las carencias de los músicos. Sin embargo, poco después se representó en Praga, donde obtuvo un aclamado éxito. Uno de los primeros biógrafos de Mozart recuerda como “el entusiasmo del público no reconoció límites y nadie se cansaba de oír la célebre ópera. Reducida para piano, extractada en quinteto para la música Di Camera, arreglada para instrumentos de viento, Las bodas de Fígaro, fueron reproducidas en todas las formas, sin que los aficionados mostrasen nunca la menor fática ante aquella música siempre original y grandiosa, siempre bella e inspirada”.

La celebridad de la ópera de Mozart fue motivo de que en las calles no se oyeran más que sus melodías, y “los ciegos tenían que tocar Non piu andrai, farfallone amoroso, si querían congregar un numeroso auditorio en torno de su violín o de su arpa”.

Los días 11, 13, 15 y 17 de diciembre, se podrá asistir a la representación de Las bodas de Fígaro en Sevilla, una ciudad en la que grandes autores se inspiraron para crear sus obras: Bizet y su Carmen, Rossini y El Barbero de Sevilla. El propio Mozart reinterpreta el mito universal de Don Juan, personaje de origen sevillano, en su ópera Don Giovanni.

Con motivo del bicentenario de la muerte de W.A. Mozart, el Ayuntamiento de Sevilla encargó al escultor y pintor Rolando Campos, un monumento a Mozart. Más de treinta años después, el merecido homenaje, permanece en los jardines del Teatro de la Maestranza

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