El camino de la vacilación

 

José Luis Trullo.- Hay varias formas de asomarse a un libro de aforismos, aunque podrían subsumirse en tres: una pasa por contentarse con degustar cada uno de ellos de manera aislada y sucesiva, sin buscar ni encontrar nada más allá del destello singular de cada frase afortunada (este es, me parece, el método más extendido entre los lectores); otra, acoger el volumen a modo de testimonio del carácter, la personalidad o la idiosincrasia del autor, de manera que los textos perderían sustantividad -literaria o cualquier otra- viéndose reducidos a meros «signos» de un yo que se mostraría / ocultaría en ellos (y diría que Tú eres la tarea corre el riesgo de ser percibido en esa clave, llamémosla así, hagiográfica); una vía intermedia, que es a la que me atengo en estas líneas, pasa por interpretarlos de acuerdo con un vasto código entreverado de referentes culturales, históricos, antropológicos y religiosos, lo cual les devolvería en enjundia gnoseológica lo que les privaría de alcance estrictamente poético. Sin descuidar su encarnación del sentido en un sujeto concreto, epocalmente ubicado, cobran así los aforismos una dimensión doble: por un lado, conservan su enraizamiento personal, y pueden ser decodificados de acuerdo con aquello que sabemos o podemos averiguar de su autor, pero por otro lado alumbran un conocimiento, ya no sólo del tiempo y la sociedad en que fueron escritos, sino de nuestra propia condición humana, que es lo que a fin de cuentas convierte a la literatura en un instrumento fundamental para la vida (lo contrario es escapismo).

Si algo caracteriza la obra de Franz Kafka es, precisamente, esa virtualidad inigualable de proyectar luz sobre una forma de estar en el mundo que no es solo suya, sino que nos atañe a todos en mayor o menor medida. Me refiero a ese carácter siempre errante, desubicado, de los personajes de sus narraciones, los cuales parecen habitar en un mundo que no entienden, que les sobrepasa, cuyas motivaciones carecen de lógica aparente y que a duras penas pueden sostenerse en pie ante la acometida de los acontecimientos. En breve: esta es la experiencia radical del sujeto contemporáneo quien, tras darle la espalda a los tres ejes que habían sostenido la existencia humana hasta entonces -lo divino, la tradición y las instituciones-, se siente arrojado a la vida sin asideros como un barquito de papel al océano. (En esto, ciertos cuentos de Andersen me parecen precursores de algunos relatos del praguense: ¿no es el sempiterno K. un alter ego del soldadito de plomo, del patito feo o de la mismísima Pulgarcita?). Si muchos lectores del siglo XXI se siguen sintiendo concernidos, incluso interpelados por las tortuosas peripecias que asuelan a los protagonistas de El proceso, El castillo o América, es porque comparten el mismo desarraigo, idéntico estupor.

Como judío, además, Kafka experimentaba respecto a su propia identidad un sentimiento ambiguo que le impedía subsumirse en ella con la inocencia de sus ancestros, aunque no podía dejar de manejar conceptos propios de su cultura. Esto, que en muchos de sus relatos (caso de «Ante la ley») resulta más o menos evidente, se camufla en otros sin dejar de ser perceptible al trasluz del análisis: Kafka se siente una suerte de hijo pródigo que quiere y no quiere, pertenece y se aparta, va y viene, en una desgarradora oscilación que acaba arrojándole a una tierra de nadie que es, en muchos sentidos, la del individuo occidental privado de sus señas de identidad, sus firmes anclajes y su vocación de pertenencia. Los personajes de Kafka adolecen de la falta de un hogar en el que insertarse: son como el niño protagonista de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, la encantadora película del cineasta Abbas Kiarostami, quien se extravía en una búsqueda en apariencia banal pero que logra transmitir esa orfandad cósmica que todos hemos sentido en algún momento cuando no disponemos de claves para descifrar el significado de lo que nos está pasando. En sus narraciones, Kafka consigue devolvernos como pocos a esa edad en la cual aún no poseemos el arsenal necesario para domeñar el absurdo que nos circunda, y que solo con mucho esfuerzo y no poco espíritu de sacrificio lograremos transmutar en algo parecido a un atisbo de la trascendencia… algo que, por cierto, el individuo actual parece haberse proscrito a sí mismo, lo cual explica muchas cosas. (En este sentido, y sé que a Kafka le horrorizaría lo que voy a escribir, aquello que busca denodadamente quien no sabe lo que busca, en realidad peregrina para alcanzar la casa del Padre).

En los aforismos publicados ahora bajo el título Tú eres la tarea, en edición de Reinar Stach y traducción de Luis Fernando Moreno Claros, encontramos a un Kafka sustancialmente distinto al que nos resulta monstruosamente familiar (familiar como puede ser una boa en un terrario instalado en el salón de una casa, quiero decir). Como explica Stach en su magnífico prólogo, estos apuntes -no todos aforismos en puridad-, compilados por el autor durante su estancia campestre en Zürau, se presenta «una colección de textos de muy diversa forma, tono y extensión» que remiten en algunos momentos al Kafka diarista, pero que en otros consiguen avizorar regiones más vastas. Encontramos, así, fulguraciones sumamente evocadoras («El camino verdadero pasa por una cuerda que no está tendida en lo alto, sino apenas por encima del suelo. Parece más destinada a tropezar que a ser rebasada»; «A partir de un cierto punto ya no hay vuelta atrás. Ese es el punto que hay que alcanzar»); visiones de gran calado existencial, casi sisífico («Como un camino en otoño: apenas queda bien barrido, se cubre otra vez con las hojas secas»); auténticos acertijos metafísicos («Una jaula fue en busca de un pájaro»)…

Quien busque en estos textos la inmediata gratificación del aforismo clásico quedará, lógicamente, defraudado: su nervadura es la misma que la de los apuntes de otro judío genial, aunque sefardí, Elias Canetti, quien en El otro proceso de Kafka reconocería su deuda intelectual para con el semita asquenazí nacido en la capital de la actual República Checa: en ambos casos, el aforismo renuncia a entregar un sentido concluso para remitir a una constelación de referencias tan amplia como la del mapa del emperador borgiano… Sin embargo, el esfuerzo hermenéutico, ímprobo, que realiza Stach para iluminar lo que el autor pudo querer decir remitiéndolo a otros escritos suyos, personalmente me resulta molesto. No consigo entender cómo se puede preservar, sin traicionarlo, lo intrínsecamente kafkiano destripando sus palabras y sometiéndolas a una reducción semántica por contextualización; por el contrario, parece una tarea estéril porque, lejos de esclarecer su esencia más pura, la emborrona. Tal vez para un estudiante de literatura universal los prolijos comentarios de Stach pueden ayudarle a subsumir a Kafka en una horma interpretativa; para un auténtico interesado en la literatura como llave para acceder a lo insondable humano, a lo sumo aportan quizás algunas pistas las cuales, en cualquier caso, nunca agotarán el verdadero calado de los textos que nos ocupan.

Cierto es que cuando Kafka aborda en estos cuadernos en octavo (nombre que recibe el tomito en algunas ediciones, junto al de Consideraciones sobre el pecado y la gracia, o Aforismos de Zürau, entre muchos otros) reflexiones de índole metafísica y religiosa, se hace menester contar con una formación suficiente para orientarse en el denso bosque de conceptos manejados por el autor; de lo contrario, la lectura resultará infructuosa. Me refiero, especialmente, a los párrafos dedicados al tema del mal, del conocimiento, del libre albedrío y de la culpa; quien no disponga de un sólido bagaje intelectual, lo más probable es que pase por ellos de puntillas, entre confuso y chasqueado. Aun así, soy de los que abogan por una docta ignorancia la cual, estratégicamente administrada, puede permitirnos acceder a ciertos registros del sentido que permanecen vedados al mero escrutinio racional: resulta mucho más fructífero, para lo que nos ocupa, tratar de deducir a duras penas lo que se nos intenta decir, que un tercero nos lo entregue completamente descodificado: ese componente de riesgo y apuesta forma parte, a mi entender, de una lectura auténticamente relevante, intrépida, no consolatoria, tan cara por lo demás a los miembros de mi gremio, el de los filólogos.

En cualquier caso, las glosas que acompañan a los «aforismos» de Kafka resultarán de utilidad para quien quiera disponer de ellas. No las censuro, es más, son magníficas. Ahora bien, cabe precaverse de la lectura mediatizada en exceso por la consideración de todo aquello que no sean los propios textos, en su ruda interpelación a la semiosis personal. Si alguna potencialidad tiene, todavía, escribir y leer literatura, es en la medida en que nos señala tímidamente una senda que, sepámoslo o no, querámoslo o no, todos y cada uno tenemos que recorrer en solitario, sin brújula, pero también sin muletas. Y es que, como afirma Kafka: «Hay una meta, pero ningún camino; lo que llamamos camino es vacilación» (pág. 74).

 

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