Crónicas negras III

Por Rubén Sánchez. Fotografías de Pablo Álvarez.

Existen en España pocos autores equiparables, digamos, a lo que Hitchcock constituyó en un determinado momento de su carrera -fundamentalmente los años sesenta-, cuando el público incondicional acudía a las salas aguardando siempre ese giro dramático del guión que convertía lo visto en entrevisto, esa estructura poderosa con la facultad de doblegar al espectador ya desde el primer fotograma -apenas hacían aparición los títulos de crédito; alguien debería escribir algo sobre los créditos de Sir Alfred-, esa impronta obsesiva-personal que sólo el director de Los pájaros sabía otorgar a lo rodado.

En nuestro panorama literario contemporáneo, si un nombre reúne ese poder de expectativa es José Carlos Somoza, que ha desgranado en la Semana Negra de Gijón las claves de su última novela publicada: El cebo. Los lectores de Somoza, fascinados de forma casi religiosa por cada vuelta de tuerca que el autor imprime a sus libros, acuden a cada nueva cita con hambre, pero en este caso el hambre era atrasada, puesto que como el mismo Somoza explicó: “Publico un libro cada año, pero este, porque quería pensarlo a fondo, me ha llevado dos”.

El cebo construye su pavorosa metáfora -personas entrenadas para atraer a los criminales, para darles exactamente lo que ellos demandan- sobre una máxima psiquiátrica que parece dominar toda la obra de su autor: “No somos lo que los demás piensan que somos, sino lo que nosotros pensamos que somos”. Cabe pensar que sólo con que el libro resulte la mitad de efectivo que La llave del abismo o La dama número trece, los somozianos habrán apagado con creces su sed… por lo menos hasta la siguiente entrega.

Desde que aterricé en Gijón ando tentado de clasificar en tres categorías los libros presentados en la Semana. Voy a hacerlo antes de que me arrepienta: existen los libros que vienen justamente avalados por el recorrido implacable de su autor -caso de Somoza o Fernando Marías-, títulos estos que difícilmente acarrean decepción alguna;  después irían los que pasan desapercibidos -que son los menos-; y, por fin, encontraríamos las sorpresas, que son, creo yo, la razón de ser de un evento de estas características -sin esta posibilidad no conoceríamos hoy a Juan Ramón Biedma o a Juan Aparicio Belmonte, o no lo haríamos tan bien-.

Oro ciego, del cubano Alejandro Hernández, pertenece a esta última categoría. Me atrevería a decir, incluso, que junto a Sangre joven, de Javier Sinay, constituye la revelación de esta edición, más soleada -me cuentan- que de costumbre. Decir solamente que el libro de Hernández, publicado por Salto de Página, es, en opinión de Fernando Marías, “el mejor libro editado en 2009 en lengua española”. Decir también que esta epopeya oscura y vitalista ambientada en la Guerra de Cuba se ha erigido este año con el premio Espartaco a la Mejor Novela Histórica de la presente Semana Negra. Suficientes credenciales para una historia al límite en la que, en palabras de su autor, “los personajes descubren lo indestructibles de sí mismos porque han sobrevivido a la aniquilación”. El resto de sus virtudes deberían conocerlas los lectores por sus páginas.

Junto al Espartaco se fallaron el viernes 16, en los sótanos del Hotel Don Manuel –un lugar, créanme, mucho más acogedor de lo que su nombre sugiere-, el resto de premios habitualmente otorgados por la semana. A saber: el Premio Celsio para La red de Indra, del veterano Juan Miguel Aguilera -ciencia ficción con oficio-, el Rodolfo Walsh para Javier Sinay y su ya célebre en estos días Sangre joven; el Memorial Silverio Cañada, que reconoce la mejor ópera prima del año en materia negra y que se llevó La sopa de Dios, de Gregorio Casamayor; el premio del Concurso Internacional de Relatos Policíacos para Enrique Ferrari por Ese nombre; y, por último, la gema de estos galardones -y la máxima aspiración de un escritor de novela negra en lengua española-: el premio Hammet, que recayó en Ciudad Santa, del argentino Guillermo Orsi.

Un palmarés que, tal y como recordó el comandante Taibo, reúne entre los premiados a dos argentinos, dos españoles y un cubano; lo que, dicho con otras palabras, supone una celebración de la literatura de género escrita en lengua española que ignora prejuicios y barreras, incluidas -sobre todo esas- las de la distribución.

P.D. El jueves 15, autores como Rafael Marín, Elia Barceló, José Carlos Somoza, Juan Miguel Aguilera o Javier Márquez representaron -pelucas, espadas de plástico y pinturas mediante-, La venganza de Don Mendo en los ya mencionados sótanos. Se entregaron, se divirtieron e hicieron correr de lágrimas de risa entre el respetable. No fue un sueño. Existen fotografías, vídeos. Algunos estaban en mi poder, pero un nombre alto con gabardina me obligó a entregarle al material bajo amenaza de ahogarme en sidra, mientras ocultaba su rostro en las sombras. Supongo que, como el ovni estrellado en Roswell o el monstruo del Lago Ness, el tiempo lo convertirá en leyenda. Alguien, dentro de unos años, escribirá un libro para demostrar que nunca ocurrió, que los escritores son gente seria y de traje como Ken Follet. Pero yo estuve allí.

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