Conversaciones con Santiago Roncagliolo

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Por Johari Gautier Carmona.

“En realidad yo quería hacer películas y… ¡salió mal!”

Por encima de la escritura de muchos autores yace una pasión a veces obsesiva y la necesidad de contar una historia. Pero no todos los escritores transforman esta pasión en un verdadero oficio. En un encuentro literario organizado y conducido por el escritor José Antonio De Ory, Santiago Roncagliolo nos desvela algunos de sus secretos más íntimos de autor y nos invita a conocer el mundo de su última creación literaria: Tan cerca de la vida (Alfaguara, 2010).

Escribir es como un viaje

“En realidad yo quería hacer películas y… ¡salió mal!”. Así es como Santiago Roncagliolo nos sorprende de entrada, con un tono sincero e irónico que deja entrever una tertulia literaria sin complejos ni demasiados protocolos. El oficio de escritor no se improvisa pero tampoco es el resultado de una carrera predeterminada y este reconocido autor peruano nos lo demuestra. Siempre tuvo claro que lo suyo era contar historias pero nunca pensó que podría vivir de la escritura. Por eso mismo, al llegar a Barcelona, Santiago Roncagliolo quería ser guionista. “Hice de todo ––explica él––: redactar artículos, guiones y hasta discursos de política en Perú”. Con una sonrisa sarcástica, el autor añade al instante: “La política peruana es un buen entrenamiento para hacer ficción”.

El viaje es lo que atrae a Santiago. Su vida es el propio reflejo de esta afirmación. Nació en Perú pero creció en México y, ahora, tras un tiempo en Madrid, vive en Barcelona. Sin embargo, más allá del simple viaje físico, la escritura es una forma de viaje que el escritor aprecia especialmente porque le permite ponerse en la vida de otros, trasladarse a otros escenarios, experimentar nuevas sensaciones, sin nunca dar moralejas. Y eso es importante en la vida de un escritor que observa y experimenta por encima de todo. “Cuando escribes una novela, haces una especie de cirugía plástica ––comenta el autor––. Reconstruyes un viaje poniéndole orden”. Así pues, la literatura es como un viaje mejorado estéticamente en el que hay que cuidar la prosa y el lenguaje. “El escritor es un incontinente verbal ––afirma Roncagliolo––. Tiene que escribir muchas páginas para simplemente describir una sensación o una palabra”.

Cada libro representa un nuevo viaje y cada viaje contiene una nueva experiencia. Eso explica porqué el estilo del narrador cambia con cada publicación. “Me gusta cambiar de recursos” ––comenta el autor y, en esa respuesta, vislumbramos a un explorador emocional que crece con cada uno de sus proyectos. Ahora entendemos su rechazo a la moraleja y el aprecio especial que siente por un consejo rudimentario que oyó años atrás: “lee muchos libros y lárgate de tu casa”.

El proceso de creación

Cuando ya tiene claro los personajes, Santiago Roncagliolo se esmera en saber adónde va a ir con ellos. El destino es lo principal para un viajero como él, pero la atmósfera también es relevante. Según el escritor peruano, lo más difícil es el primer capítulo porque es lo que marca la tonalidad. El proceso de escritura consiste en aislarse durante cuatro o cinco meses, encerrarse en su habitación ocho horas diarias para luego, cuando ya está lista la obra, hacerla leer en un orden predeterminado a personas de su entorno. “¡Y que sea lo que Dios quiera!” ––clama Santiago con humor aunque, a continuación añade que el trabajo no es tan sencillo. Son meses y meses de trabajo obsesivo en los que intenta dar forma a lo que tenía en su mente.

En ese periodo de creación, todo es posible. Incluso pueden desobedecer algunos personajes, salir de los esquemas planificados y exigir otro destino. “En Abril rojo ––recuerda Roncagliolo algo sardónico––, trataron de rebelarse algunos personajes y tuve que matarlos todos”. Tras ese breve momento de guasa, el autor nos aclara el fondo de su pensamiento y entendemos lo bueno de ser escritor: “Todo el mundo funciona como tú quieres. Diriges la película, pones los decorados. Eres Dios”. Sin embargo, el trabajo de un Dios nunca es fácil y lo entendemos con las complicaciones en las que puede hallarse el escritor.

Uno de esos momentos peliagudos son las escenas de sexo y Santiago Roncagliolo lo ha experimentado recientemente con su novela Tan cerca de la vida. “Es muy difícil escribir de sexo sin caer en lo ridículo, obsceno o cursi ––manifiesta él con un rostro desconcertado––. En esta última novela, me ayudó el cine”. Quizás, la dificultad de narrar el sexo se deba a que es algo muy personal que tiene que ver con la educación y las emociones de cada uno. En Japón por ejemplo, el lugar en el que acontece la trama de su última novela, la relación con el sexo es increíblemente distinto al de Europa. “La ley japonesa sólo te permite hacer la penetración por amor ––nos comenta Santiago Roncagliolo––. Algunas prostitutas lo hacen, otras no. Y si te pilla la policía, tienes que ir a comisaría a declarar que estás enamorado”.

La novela como un espejo del alma

Una novela terminada contiene todas las perversiones, los miedos y preocupaciones de su autor, nos asegura el escritor peruano. “La novela es un espejo –– añade él––. Por eso hay que buscar en sí lo que puede compartirse con los otros e implicar al lector”. Vista de este modo, la escritura es una herramienta de introspección. El escritor la utiliza para reflexionar sobre sus propias experiencias y, luego, las disfraza detrás de otro personaje, detrás de un deseo o una frustración. Así lo concibe el entrevistado y, enseguida, se apresura en rechazar las obligaciones morales. “Yo no soy como nuestros abuelos del boom ––comenta Santiago Roncagliolo––. Si encuentro una buena historia, sea donde sea, la relato”.

El hecho que la mirada del mundo editorial no esté tan fijada en América latina otorga algo de libertad. Ya quedan atrás los tiempos en los que los escritores latinoamericanos debían rendirse al realismo mágico y dedicar sus obras a sus respectivas patrias. En este aspecto, el distanciamiento con la política parece ser una característica relevante de Roncagliolo. Tras ser cuestionado sobre si es conveniente seguir el modelo de los ancianos, el autor admite no querer opinar más de la política de su país. “Es incómodo hablar de cosas que otras personas hacen y que suceden tan lejos”, reconoce él. Entendemos que su distanciamiento no se debe a una simple renuncia sino a un desencanto con la clase política en general. “Cuando los que te caen bien son los narcos o los criminales, es obvio que algo no está yendo bien y es mejor retirarse de los temas políticos ––manifiesta Santiago con una notable resignación––. He llegado a ver hombres de corbata, volverse muy agresivos y amenazantes al hablar de un simple libro”.

Cuando la política ya no atrae, los sentimientos y las emociones se transforman en algo fascinante. El propio autor lo reconoce: siempre quiso hacer una historia de amor. Por eso se ha convertido ahora en el tema central de su última novela. Todos lo sabemos: el amor es un ingrediente inevitable de la felicidad. Pero también recalca Santiago Roncagliolo otra idea interesante: “cuando todo está mal, el amor es lo que te salva el pellejo”.

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