“Ciudad Juárez en las rocas”, relato de Aquiles Cuervo

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Xiomara trabaja desde hace diez años en una oficina de contadores en las afueras de Ciudad Juárez, en la Colonia “Lilith”. Limpia los pisos en las noches. Se acostumbró al oficio sin hacerse muchas preguntas. Llega hacia las nueve de la noche, cuando ya casi todos se han ido y pasa la primera media hora de su turno fumando los guijarros que dejan por ahí los directivos de la empresa. A veces, al empezar su turno, todavía hay un par de empleados trabajando horas extras. Apenas si se saludan e intercambian un par de lánguidas palabras sin importancia. Eso le gusta. Le gusta que la respeten y que no la anden acosando y lanzándole malas palabras, como en su barrio. Al menos aquí, se dice, me tratan como una “simple empleada”, y nada más.

Xiomara no cambiaría su trabajo por el de los contadores. Es cierto, no gana mucho dinero y debe trabajar más horas, pero se siente más independiente, por decirlo así. En sus noches, cuando sólo se escucha de vez en cuando el ruido de algún auto despistado al borde de la carretera, Xiomara puede sentarse un rato a leer y hasta charla cada dos o tres días con sus hermanas en Estados Unidos. Le gustan los poemas de Cernuda y Rimbaud. Odia los números y el olor de los maletines de los contadores. Por eso prefiere la poesía y el aroma de los líquidos de limpieza y mirar por las ventanas, hacia el infinito desierto que parece aullar sin descanso y extenderse inútilmente hacia el norte.

Su turno se termina a las seis de la mañana. Ese es el peor momento del día, pues debe irse a paso rápido hasta el paradero de buses “La leonera”, a unos quince minutos de su oficina y esperar a que sean las siete, para tomar el primer autobús. Muchas veces ha temblado de miedo, sentada en ese anden maloliente y desamparado, cuando recuerda a las mujeres que siguen matando desde hace casi veinte años en Ciudad Juárez. Muchas veces ha visto los mismos autos negros con vidrios oscuros, esos “peregrinos” de lujo que dan vueltas por las madrugadas por las calles de Ciudad Juárez. Pero Xiomara prefiere no hablar de esos temas. En su casa, su marido siempre le repite que sólo matan a las “mujeres de mala ley” y cree tranquilizarla, repitiéndole todos los días que el único que puede “levantarle la mano” es él. A veces, cuando llega borracho, cumple su palabra al pie de la letra.

Xiomara es una de las pocas mujeres jóvenes de su barrio que no ha probado su “chance” cruzando la frontera con uno de esos “coyotes infames” (que venden a unos “pasantes” a los policías gringos, para ganarse unos pesos extra, y además si te “pasan”, casi siempre te enciman un par de “palizas sexuales”, como suele decirse por aquí). Sus tres hermanas, igual, no dejan de insistirle en que se venga para los “States”, a dónde una de ellas, a Houston, a Filadelfia o a Boston. Le cuentan maravillas de esas ciudades y le mandan regalos y algunos dólares de vez en cuando. Las tres trabajan en el servicio doméstico, pero ganan cinco veces más dinero que ella. Xiomara siempre les pregunta: “¿y pueden pasarse horas leyendo poesía?, “¿y pueden fumar de cachete cigarros cubanos?, “¿y pueden mirar los destellos del desierto, como-si-no-pasara-nada?”. Son preguntas que se quedan siempre sin responder. Sus hermanas no la toman en serio y suelen gastarle un par de bromas pesadas, diciéndole que a lo mejor todos esos poetas que lee no eran más que unos “impotentes sexuales” que, incapaces de “vivir de verdad”, tenían que ponerse a escribir un montón de palabrejas raras para seducir mujeres. Nunca toman en serio a Xiomara, cuando les repite que Cernuda y Rimbaud y al resto de “sus” poetas no les gustaban las mujeres. “No les gustaban, pero no por eso las mataban”, agrega. Ellos no eran como los chacales que hay aquí.

A Xiomara no le gusta vivir en Ciudad Juárez, pero de alguna forma que ella misma no logra comprender del todo, se ha acostumbrado a la oficina de contadores: a ese silencio hospitalario de las madrugadas, a esas horas muertas que pasa entre libros y cigarros a medio-fumar, a esas llamadas telefónicas por cobrar llenas de recuerdos alegres y chistes de infancia. Mientras pueda conservar este trabajo, no se moverá de Ciudad Juárez. No es un buen lugar para vivir, pero mientras no le pase nada, no tiene porque preocuparse.

Todos los días, Xiomara reza una oración a la Virgen de la caridad del cobre siguiendo los consejos de una de sus hermanas. Aunque Xiomara no es muy creyente, se aferra a esos rezos cada vez que piensa en el anden del paradero del bus. Todos los días, antes de salir de su oficina, Xiomara se echa medio tarro de agua de colonia de hombre en todo el cuerpo (sobre todo en sus senos). “El olor a macho espanta a otros machos”, le dice una de sus hermanas, quien agrega que esa “poción mágica” es lo único que puede protegerla de los ataques de los asesinos en serie, de los “feminicidas” de Ciudad Juárez. Ella no está muy segura de la efectividad de la fórmula (una vez le pasó la receta a una vecina que, igual unos días, después encontraron mutilada en el desierto), pero se la sigue echando sagradamente, porque no se la ha ocurrido algo mejor, o porque no quiere contrariar a su hermana mayor. O porque, finalmente, esa es la única magia que parece funcionar por estos parajes.

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2 respuestas a “Ciudad Juárez en las rocas”, relato de Aquiles Cuervo

  1. Esas imágenes in-sonoras de Santa Teresa (por 2666 de Bolaño) resuenan sin parar en tantos espectros!
    Un relato que nos golpea sutilmente, con una fragancia de “artistas asesinos”…!

    Isidro Parodi
    29 octubre 2010 at 11:11 am

  2. Me gusta el juego intertextual con las figuras minimalista de Bolaño (pienso mucho en Auxilio Lacouture…). ¿De dónde es el autor? Aquiles Cuervo es un nombre curioso. ¿No hay un detective de una película con ese nombre?

    Rosario Cárdenas
    29 octubre 2010 at 11:23 am

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