Teatro Real: “Otra vuelta de Tuerca” de Benjamín Britten

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Por CGdlV.
Mucho antes de que “Los Otros” de Alejandro Amenábar tuviese un increíble éxito de público, o que la estética que cultivaba esta película se pusiese de moda, con la mezcla de mansión aislada, niños y una mujer atribulada como heroína, Henry James escribió en 1898 “Otra vuelta de tuerca” (“The turn of the screw”), una magnífica novella de terror psicológico donde una institutriz victoriana se enfrenta al mal encarnado en los niños que custodia. En 1954 Benjamín Britten puso música a esta novella, con libreto de Myfanwy Piper, y dio una vuelta de tuerca más a la perversión de la historia. Desde el 2 hasta el 16 de noviembre en Teatro Real de Madrid la historia se recrea en manos de un magnífico grupo de solistas de la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigidos por Josep Pons, y con la excelente y elegantemente siniestra puesta en escena de David McVicar.

Aunque quisiera hacer un “spoiler” (desvelar el final) de esta ópera sería imposible: Todas las interpretaciones son posibles, y queda abierto a la propia interpretación decidir si se está viendo fantasmas, personajes reales, sueños, alucinaciones, o realidad… No se trata tanto de dejarse atrapar por una historia con un final impactante y “epatante”, sino de dejarse embaucar por una atmósfera en la que el Mal, sea lo que sea, se nos presenta en medio de la cotidianeidad de Bly, la mansión donde transcurre la ópera. Lo que hace verdaderamente terrorífica la ópera es que el Mal viene de mano de unos niños, Flora y Miles, que rompen todos los esquemas sobre inocencia que la época victoriana y todavía hoy en día siguen adjudicándose a la infancia. En medio de las más plácidas circunstancias puede aparecer el horror en nuestras vidas, y la etiología de ese horror siempre es incierta y juega con nuestros prejuicios destruyendo sistemas ideológicos y vitales. La Institutriz quiere luchar contra lo que a ella le parece el horror personificado, pero ¿no podría ser ella el personaje neurótico que ve horror donde todos los demás sólo tratan de vivir como mejor pueden? Es sólo una pregunta de las tantas que uno se puede hacer si se adentra en este microcosmos, donde en definitiva lo que importa es que todos podemos reconocer la sensación de que la realidad se puede transformar, sin saber cómo, en una pesadilla.

Se trata de una ópera de cámara en la que la parte instrumental está cubierta sólo por trece músicos, y la parte vocal por seis cantantes, dos de ellos niños. Si bien es cierto que toda la música de Benjamin Britten es de una riqueza apabullante, a medio camino entre las tendencias vanguardistas que imperaban -y más bien imponían su estética- por los años cincuenta, y de una muy personal reinterpretación de la tradición musical del pasado, tanto de la música culta como de las músicas populares, hacen que sea uno de los compositores del siglo XX con una voz más particular, moderna, y que se ha incorporado a la tradición sin haber quedado obsoleto por más que le pasen los años. Más bien al contrario. También es cierto que las grandes óperas y las grandes obra sinfónico-corales de Britten son monumentos de música que subyugan al espectador, pero personalmente encuentro al Britten depurado, de de los escasos efectivos, como el de esta ópera, el más atrayente. Es donde su forma de acercarse a la música, por desnuda y sincera, resulta más penetrante. Instrumentalmente la “vuelta de tuerca” se resuelve con que el tema del prólogo revive en una variación en cada uno de los interludios entre escenas hasta llegar al final. Vocalmente los monólogos consecutivos entre los personajes con sus temas perfectamente reconocibles, en los cuales parece que cada uno habla solo, y que nadie se comunica con nadie, refuerza la sensación de terror de la que hablaba en el párrafo anterior. La música discurre con una belleza rota, extraña y distante que va desarrollándose hasta un sutil paroxismo conforme el personaje de la institutriz más angustiada está por unos acontecimientos que ella vive con creciente ansiedad.

La puesta en escena de McVicar es otoñalmente sobria, bella y contenida. Situada por el atrezzo y el vestuario en la misma época que en la novella de James, resuelve la continua sucesión de escenas con muy pocos elementos móviles que unos bailarines caracterizados como sirvientes mueven mientras suenan los interludios con estudiada parsimonia. Una cristalera, un par de camas, el piano, el pupitre de la institutriz, unas enredaderas son más que suficientes para sentirnos en Bly, la mansión que al principio resulta bella y evocadora, y que conforme transcurre la ópera cada vez resulta más inquietante. Los movimientos de los cantantes son acompasados y contenidos, las manifestaciones de miedo u horror muy sutiles, y todo ello está acompañado por una excelente iluminación, que destaca el plano visual de la altura de los niños y recrea eficazmente el ambiente opresivo que vive la institutriz.

Todos estos elementos conviven a la perfección en una producción absolutamente equilibrada donde todos los cantantes, incluidos, los niños, e instrumentistas están a la altura de ofrecer un espectáculo, que aun siendo de cámara, inunda de música, verdad y vida la sala del Teatro Real. Encabeza el reparto una soberbia Emma Bell en el papel de la institutriz (The Governess), el siempre solvente John Mark Ainsley como el malvado/fantasma (Peter Quint) y Marie MacLaughin en el papel del ama de llaves (Mrs Grose).

Las funciones serán los días 2, 4, 6, 8, 10, 12, y 16 de noviembre a las 20:00, y el domingo 14 a las 18:00. La función del día 6 será retransmitida en directo por Radio Clásica de Radio Nacional de España. El Teatro Real ha aumentado la política de descuentos de hasta el 90% para menores de 30 años con la compra de último minuto: cuatro horas antes de cada función se ponen a la venta las entradas no vendidas.

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